Presenta:

De lo veloz del paso de los Andes a la calma mortal de Boulogne Sur Mer

En esta provincia, San Martín está presente en cada calle, en cada esquina, en cada plaza. Y nos gusta que así sea
En esta provincia, San Martín está presente en cada calle, en cada esquina, en cada plaza. Foto: Municipalidad de Mendoza
En esta provincia, San Martín está presente en cada calle, en cada esquina, en cada plaza. Foto: Municipalidad de Mendoza

Quizá este sea el momento indicado para aclarar que la presente no es una nota sobre el general don José de San Martín, antes de que se me ponga celoso el Profesor Gustavo Capone, historiador oficial de este prestigioso medio de difusión. Pero es que, en esta provincia, San Martín está presente en cada calle, en cada esquina, en cada plaza. Y nos gusta que así sea, lo disfrutamos, y hasta nos simplifica el aprendizaje de los nombres de las arterias céntricas. Porque la verdad es que la gran mayoría de las calles de por acá tienen que ver con el Libertador de medio continente, y bien merecido que lo tiene. Y de eso se trata el presente escrito, de dos calles, en el oeste de la ciudad capital de Mendoza, que en algunas partes de su recorrido llegan a estar separadas tan solo por una cuadra por lo que, como se puede ir hacia el norte por una de ellas y luego volver hacia el sur por la otra, bien merecen ser comparadas. 

Por un lado, me resulta necesario resaltar la magia de Paso de los Andes, de la que un foráneo podrá decirme que su nombre no necesariamente tiene que ver con San Martín, porque los pasos de los Andes existían desde antes y siguieron existiendo después de que el Libertador los cruzara; pero quienes habitamos en Mendoza sabemos con certeza que, si el Padre de la Patria no los hubiera atravesado con su ejército, bajo ningún concepto tendríamos una calle con ese nombre, así es que sí: la calle Paso de los Andes se llama así gracias a San Martín. Más allá del origen de su nombre, la onda verde que esa calle posee (y que supo estar señalizada en cierto tiempo) permite recorrerla, con rumbo norte, y a través de los aproximadamente cuatro kilómetros y medio que tiene en su paso por la Ciudad de Mendoza, casi sin interrupciones. Tiene dos carriles, reducibles circunstancialmente a uno por obra y gracia de los despistados, de los camiones parados en doble fila y de algún que otro arreglo municipal, pero en general ese carril restante es de permitir avanzar a la velocidad promedio que permite sortear las luces rojas, sin necesidad por ello de ir atropellando a peatones o ciclistas, de esos que se olvidaron de aprender las leyes del tránsito, y que nunca captaron la importancia de la física cuando explica que (palabras más, palabras menos) si vas en bici y chocas contra un auto, siempre llevás las de perder.

Me resulta necesario resaltar la magia de Paso de los Andes. Foto: Pablo Gómez.

Por otra parte, y un poco más al oeste, que en Mendoza es más arriba, (aunque se quejen los turistas que no entienden que las calles sí suben cuando van para el lado de la montaña) allí, más arriba de Paso de los Andes, está la avenida Boulogne Sur Mer. Esta arteria pareciera también tener dos carriles por lado, sobre todo si uno la toma con rumbo sur, en donde no hay en general autos estacionados. No sé si es la falta de sincronización de los semáforos, la bella vista del parque San Martín (sí, se llama así en honor a don José, y qué, acá somos así), la escasez de calles perpendiculares que permitan abandonarla, o quizá la suma de estas razones más otras que escapan a mi raciocinio, pero en definitiva, Boulogne Sur Mer me resulta eterna, lenta, mortal, tan mortal como su nombre lo indica: el de la ciudad en la que el mismísimo Libertador pasó a mejor vida. Y mi ser racional escapa de mí cuando voy por Boulogne Sur Mer, y si bien intento evitar expresarlo con bocinazos y cambios de luces, compartir vehículo conmigo en ese trance no es una situación que parezca ser agradable: me quejo, sí, mucho y continuo, mientras mi respiración se acelera, mis nervios se quiebran y la taquicardia me asalta, porque la verdad, esa calle es para el infarto.

Boulogne Sur Mer me resulta eterna, lenta, mortal. Foto: Pablo Gómez.

O quizá no sea para tanto; tal vez sea suficiente con que yo salga cinco minutos antes y que aproveche los eternos semáforos en rojo para observar al parque, con sus portones majestuosos y su verde interminable, con sus runners esquivando a las familias que disfrutan relajadamente de la tarde. Como si no necesitaran a la onda verde que fluye a solo cien metros de distancia, esa hermosa sincronización semafórica que permite a los vehículos discurrir mansamente hacia su destino para allí sí, al llegar, lograr que sus ocupantes sigan adelante con sus vidas, contando en su haber con un par de minutos adicionales, comparado con el tiempo que habrían perdido si hubieran tomado la lentísima avenida de más arriba. Tiempo adicional que bien puede ser utilizado para quejarse del tránsito, cerrando de este modo el círculo perfecto, derrochando los minutos ganados con charlas realmente intrascendentes: que también de eso se trata la vida.  

Pablo R. Gómez

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido. 

IG: @prgmez