Literatura

Desde el espacio: un cuento breve para cortar la semana

Cada tanto es recomendable tomarse unos minutos, hacer un alto y leer un relato literario.

Mariano D'Onofrio miércoles, 10 de julio de 2024 · 07:00 hs
Desde el espacio: un cuento breve para cortar la semana
Su pasión por el conocimiento se había convertido en su razón de ser.  Foto: Santiago Tagua/MDZ

Joven, no más de treinta y cinco años tendría Ignacio cuando lo conocí. Gran jugador de squash, tenía la particular característica de no modificar su expresión en ninguna de las circunstancias que supone pegarle a una pelota pequeña, que se derrite sobre el suelo y con una raqueta del tamaño de una panquequera. Y todo esto entre cuatro paredes de diez por seis. Es decir, el equivalente a un departamento mediano, sin paredes divisorias y con dos personas que alternativamente se paran en el mismo lugar, procurando un golpe que exija al otro un movimiento tan veloz y elástico, como insólito. 

Todo un arte este juego que según la leyenda nació en el siglo XVIII en las cárceles de Londres. Dicho de este modo, no puede negársele cierto aire de misterio, diría más, de sofisticación; claro, tres siglos después, y del otro lado de la reja. 

Volviendo a Ignacio, era un hombre bueno. Me fascinan estas dos palabras, tan simples como profundas. No conocí en mi vida muchos “hombres o mujeres buenos”, aunque sí me crucé y compartí con mucha buena gente. 

Veámoslo de este modo: un gran cocinero puede servir un lenguado con papas al natural con la precisión de un tres estrellas Michelin. No necesita trufas, ni patos atrofiados, ni cremas dobles con nueces pecanas para completar un plato o armar un postre. 

Un “hombre bueno” tiene algo de esta imagen, su condición es honradamente simple, abrumadoramente transparente y noble. 

Claro que no es condición necesaria la imagen de un sencillo lenguado con papas, exquisitamente servido para representar a un ser bueno. Se puede ser exquisito y bondadoso a la vez. 

Pienso en Ratatouille, el fantástico personaje de la era inocente de Disney, dueño de aquel memorable olfato que lo hizo rey del  Gusteau, tanto que hasta el despiadado Anton Ego tuvo que caer rendido a sus pies. Definitivamente en el “Chefcito” convivían la excelencia con la nobleza de espíritu. Si no, pregúntele a sus amigos.

Pienso en Ratatouille, el fantástico personaje de la era inocente de Disney.

En cuanto a nuestro Ignacio, era ingeniero agrimensor. Cierto es que había coqueteado en algún momento con la arquitectura. De alguna manera fue su puerta de entrada al mundo al que quería llegar pero todavía no conocía. 

Pasó a la Ingeniería Civil luego de un año y medio de estudio. En su rígida concepción del mundo, esta opción le resultaba más sólida que la primera. Casi como que el ingeniero venía a sostener de pie, y para siempre, el esmerado dibujo de un arquitecto. 

¿Y cómo convencer a Ignacio que los arquitectos no eran ingenieros frustrados? Quizás no lo pensaba exactamente de ese modo, pero es cierto que procuraba evitar cualquier contacto profesional con ellos.

Sí, todo un desatino. Un exceso por parte de Ignacio, pero así estaba configurada su relación con el universo. 

No hizo falta mucho tiempo para reconocer en él lo que en un principio advertí como costumbres, y luego confirmé como obsesiones. 

Si bien era un curioso nato, fascinado por saber, no tenía especial interés en hablar de las cuestiones profesionales, ni de la universidad, ni de su carrera. 

Respecto a la Ingeniería Civil, en esta oportunidad hubo dos años de recorrido, lo que superó en seis meses su primer intento con la Arquitectura. 

No tenía especial interés en hablar de las cuestiones profesionales, ni de la universidad, ni de su carrera. 

El tiempo pasaba e Ignacio no encontraba el rumbo. Sus padres, entre liberales y desentendidos, comenzaron a tomar nota de la situación en este segundo intento fallido. Habían pasado ya cuatro años de recorrido universitario, e Ignacio sólo tenía en su haber una foja de servicio impecable, con destacadas notas tanto en su primera como en la segunda carrera, pero lo que no tenía aún era una profesión. 

La cuestión económica estaba relativamente resuelta para un joven de su edad. En esto, como en varios aspectos de su vida, había sido muy prolijo y ejecutivo. 

Su primer trabajo fue en el Instituto Geográfico Militar, un organismo estatal que lo sumergió entre papeles, sobres, sellos y otras burocracias. Pero lo que para otro podría haber sido una pesadilla, o un simple primer empleo, para Ignacio fue la posibilidad de sumergirse en toda clase de mapas y planos, incluso imágenes satelitales. 

En más de una oportunidad se le llamó la atención, no porque no fuese eficiente, de hecho lo era, y mucho, sino porque esta obstinada fascinación suya lo desconectaba del mundo, y en este caso particular, de sus tareas. 

Pasado algún tiempo dejó el Instituto. Había llegado el momento de estudiar, mucho más de lo que su educación universitaria le requiriera. Leer, aprender, viajar, dibujar, medir, navegar, observar o graficar. 

Estaba maduro para todo eso y mucho más. 

Fue así que abandonó la Ingeniería Civil por la Topográfica. Quizás ésta última se acercaba más a sus intereses, aunque éstos superasen cualquier plan de estudios que pudieran ofrecerle. 

Para mayor seguridad, incursionó luego en la Ingeniería Geodésica, carrera que también completó en tiempo y forma. Nunca se interesó por sus calificaciones, de hecho podría haber logrado una medalla de oro al mérito académico si se lo hubiera propuesto. Pero sus obligaciones con la universidad estaban en segundo plano, con excepción de aquellas materias que lo deslumbraban. Para ellas no tenía medida. Estudiaba, investigaba, leía cuanto material de referencia pudiese encontrar, además de participar en cuanta jornada, congreso o charla hubiese sobre el tema. 

Siendo estudiante se había convertido literalmente en un colega, cuando no un maestro, de sus mismos profesores. 

Siendo estudiante se había convertido literalmente en un colega, cuando no un maestro, de sus mismos profesores. 

Su pasión por el conocimiento se había convertido en su razón de ser. 

Así fue que descuidó amistades, lazos familiares y hasta cualquier proyecto de compartir su vida con una mujer con quien eventualmente llegase a formar una familia. 

Su madre lamentaba especialmente esta cuestión. No podía aceptar la vida de su hijo en soledad, rodeado sólo de libros, modelos a escala, instrumental científico, computadoras y otras tantas cosas que tan rápidamente lo habían alejado del mundo. Ese mismo mundo que obsesionaba a Ignacio, aunque desde otra mirada. 

En cuanto a su economía, había logrado una posición acomodada. Era consultor para algunos organismos internacionales, privados y estatales. A los treinta años había publicado ya dos trabajos de investigación que se convirtieron en material de referencia en distintas universidades del mundo. 

Su programa de navegación satelital hubiera resultado una verdadera competencia para Google Maps si no fuera porque en ese frenético mundo en que vivía, no había espacio para distracciones, o lo que él consideraba como tales. 

Podría haberse convertido en millonario, pero no tenía tiempo ni interés en dedicarse a  esa vida. No quería ser tapa de Times ni de Forbes, aunque reconozco que las publicaciones que sobre su trabajo aparecían en las revistas científicas más calificadas, eran su única y tímida manifestación interior de vanidad.      

Contar en detalle su vida profesional sería realmente tedioso. Baste decir que regularmente era consultado por la NASA. También en más de una oportunidad lo tentó la ONU para asesorarla en materia de cambio climático, Agenda 2030 y otras prioridades que ocupaban a la Organización. El caso es que Ignacio tenía una opinión bastante crítica respecto a la seriedad de varios de los trabajos sobre los que se sostenían estas iniciativas, y más por descuidado que por jactancioso lo había hecho saber públicamente. 

Llamaba la atención el sitial que ocupaba en el mundo científico internacional un hombre que no parecía tener compromiso alguno que no fuera el de la ciencia. Un científico que sin levantar las banderas del statu quo, era respetado y más aun, admirado. 

Pasaban los años e Ignacio parecía no tener medida. Vivía en un estado de insatisfacción permanente. 

En el último tiempo había incursionado en la Oceanografía, y su tesis doctoral sobre una representación digital completa del océano. Otro Summa Cum Laude, distinciones que poblaban las paredes de su casa materna. 

Pero no conforme con ello se especializó también en Astronomía e Ingeniería Espacial. 

¡Qué maravillosa inteligencia y dedicación la de Ignacio! Su pasión por el conocimiento admiraba al universo científico en general. En cuanto a él, parecía no importarle, y hasta en cierta medida, incomodarlo. 

Respecto a su vida personal, si es que había alguna otra que no fuera la académica, y por prescripción de su médico, inició con bastante fastidio una actividad deportiva. 

De esa forma fue que llegó al squash, empujado por uno de esos amigos que por ausencia, iba perdiendo por el camino. Pero éste en particular, Pedro, había tomado la iniciativa, y estaba decidido a hacer cuanto se pudiese para reavivar esa amistad.    

Pedro era un buen jugador de squash, incluso competía en algunos torneos. Del otro lado estaba Ignacio que todos esos años no había movido otros músculos que no fuesen los necesarios para leer y escribir. 

Sin embargo aprendió rápido, en poco tiempo ya jugaba “socialmente” y, para sorpresa del buen Pedro, con cierta habitualidad. 

Había adquirido una costumbre bastante particular, tomaba notas y fotografías de otros partidos. En un principio se pensó que era parte del aprendizaje, pero pasado un tiempo considerable y teniendo en cuenta que ya dominaba el juego, resultaba realmente extraño. 

Los habitués de ese horario se miraban entre sí y en más de una oportunidad fue tema de conversación en el vestuario. Pero, como sabemos, Ignacio era un hombre bueno, condición que no pasaba desapercibida, y que le daba crédito, tanto como para que nadie se burlase detrás de sus espaldas. 

Las notas, las fotografías eran su materia prima para las estadísticas, los índices de probabilidad y, principalmente para la cuestión que lo desvelaba, la ocupación total del volumen de la cancha, tanto para la pelota como para los movimientos de los jugadores. 

Lo que comenzó como una distracción, una cuestión de su salud, y el reencuentro con algún amigo, Pedro en este caso; terminó como un disparador para un nuevo tema de interés. 

La cuestión del volumen, la tercera dimensión del espacio, desde ya que no era ninguna novedad para un estudioso formado en las “ciencias duras”. 

Pero, ¿habría encontrado en una caja de diez por seis, con una pelota y dos jugadores, una fuente de información para vaya a saber uno qué tema? 

Pasado un tiempo abandonó el squash, también las horas de estudio, las pruebas de laboratorio y las jornadas científicas fueron perdiendo espacio en su nutrida agenda. 

Pasado un tiempo abandonó el squash, también las horas de estudio.

Ignacio había entrado en una especie de observación permanente del comportamiento humano respecto a esta tercera dimensión, el espacio. 

Todo era objeto de observación y especulación. ¿Por qué alguien podría eventualmente elegir una vivienda sólo por preferir los techos altos o bajos? Y en todo caso, ¿lo habría tenido en cuenta al momento de elegir? ¿Por qué a la gente no parecía importarle el eco producido por las características morfológicas de determinado espacio? ¿Por qué alguien compraría una propiedad con más baños de los que necesitaba? ¿Qué impacto tenía la construcción de un nuevo edificio? ¿Por qué los locales comerciales de algunas determinadas zonas tenían superficies muy superiores a las necesidades que parecían cubrir? ¿Se respetaba la relación entre espacios verdes y habitantes, y en todo caso, con qué criterio se habían determinado? ¿Cuánto material se utilizaba para envolver un producto de un tamaño considerablemente menor a su continente? ¿Cuánto espacio ocupaba la chatarra? ¿Cuánto de ella se reutilizaba? ¿Cuánto los residuos? ¿Cuánto espacio ocupaba una escalera mecánica y qué nivel de demanda cubría? ¿Qué superficie ocupaban los espacios deportivos ociosos? ¿Y el armamento de cada nación? ¿Y las zonas en conflicto? ¿Para qué tener un océano inmenso y una parte del mundo sedienta? ¿Cuál era el conocido “espacio personal”? ¿Por qué la gente elegía no compartir asientos dobles vacíos en el transporte público?

Ignacio había dejado la ciencia por la obsesión. Dedicaba largas horas del día en formularse preguntas estériles con respuestas tan innecesarias como aleatorias. 

Tomaba notas compulsivamente. Cientos, miles de preguntas que quizás no tenían respuesta, no las necesitaban, y no era él por su formación, el que podía ensayarlas. 

Tantos años de estudio, tanta introspección, un envidiable nivel de abstracción, todo desperdiciado, sin rumbo, tristemente sin razón. 

Tantos años de estudio, tanta introspección, un envidiable nivel de abstracción, todo desperdiciado, sin rumbo, tristemente sin razón. 

En poco tiempo Ignacio fue diagnosticado con un trastorno obsesivo compulsivo. Aun medicado y especialmente tratado, no supo, o no pudo superarlo. Una cosa dio lugar a la otra y al poco tiempo era un paciente tratado por esquizofrenia.

El avance de su enfermedad no es objeto de esta historia, pero sí lo es el hecho de que hace ya diez años que está internado en un hospital psiquiátrico. 

Sigue siendo tan bueno como lo conocí. Cuando lo visito procura por todos los medios refrenar sus impulsos. Pedro jamás lo abandonó y también lo acompaña cuantas veces pueda. Le llevó una brújula, compases y algunos instrumentos de medición. 

Progresivamente lo autorizaron a utilizar parte de la tecnología de su laboratorio.

Últimamente se había propuesto ensayar modelos probabilísticos y estadísticos sobre la esperanza de vida, la densidad de población recomendada por kilómetro cuadrado, las pirámides poblacionales, la capacidad mundial de producción de alimentos, la población económicamente activa, la niñez, la vulnerabilidad social, los adultos mayores, la desnutrición, el aborto y la eutanasia como fieles de la balanza. 

Llegó a elaborar una herramienta de cálculo digna de un Premio Nobel. 

Al momento de cargar datos, números, porcentajes y otros valores, abandonó el proyecto. 

Concluyente y drásticamente volvió sobre sus pasos. No había balanza, producción, superficie, edad, pirámide, cifras ni porcentajes que pudieran anteponerse al derecho a la vida: por nacer, joven, adulta, pobre, rica, culta, analfabeta, del sur, del norte, del este u oeste, sana o enferma. 

Ignacio no era un hombre de fe, era un gran científico; y como tal, a los pies de la verdad se rendía.

Mariano D’Onofrio.

* Mariano D’Onofrio, docente. marianodonofrio@gmail.com

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