Algunos vuelos angelicales calman miserias
Atravesando los grises cielos de la ciudad, cubierto por una rara invisibilidad, el ángel volaba bajito, calmando las miserias de aquellas personas que eran alcanzadas por su tenue suspiro. Aunque más que un suspiro, era un airecito típico de ángel: o sea, algo raro, muy raro de explicar. Era un soplo fresquito, tirando a frío, por lo que la primera reacción de las personas alcanzadas por ese humilde vientecito era la de encogerse de hombros, escondiendo el cuello y las zonas descubiertas del cuerpo, guardando las manos en los bolsillos y hasta, de ser necesario, cerrando los ojos. Pero para ese entonces ya las miserias habían sido alcanzadas en profundidad y la vida, según se cuenta, se tornaba menos desgarradora.
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El ángel era de andar volando bajito principalmente en invierno, por lo que más de una vez ocurría que sus suspiros se sentían de forma similar al simple viento de las mañanas; la manera de saber cuál de los dos era el que te había alcanzado resultaba muy simple: todo consistía en detectar si las miserias mermaban o no, luego de que el chiflete de frescura pasaba por tu cuerpo destemplado.
Las virtudes del ser celestial eras más conocidas en el centro de la ciudad que en los barrios populosos de la periferia; por esos lados sus acciones no resultaban tan efectivas. Al parecer era tanta la gente y tan profundas las miserias, que el suspiro angelical no era en lo más mínimo suficiente: solo frío y más frío era percibido por quienes habitaban en esos barrios, para tristeza del alado ser y desconsuelo de su pobre alma sanadora.
La ciencia médica y la industria de las bebidas espirituosas eran también algo así como competidoras del ángel, aunque a él no le molestaba en lo más mínimo la forma en que las personas calmaran sus males; sentía que las pastillas con receta archivada y los líquidos de alta graduación alcohólica eran sus aliados, aunque no alados, en la dura lucha de quitar las penas a la humanidad toda. La oferta de soluciones era de todos modos insuficiente para tanta demanda de angustias, por lo que el mercado, lamentablemente, alcanzaba para todos.
En sus primeras incursiones el ser de luz se elevaba a grandes alturas, e intentaba dilucidar en qué zonas mandarse en picada, a vuelo rasante, para sosegar a las personas desposeídas de calma y comprensión. Pero con el paso del tiempo notó que realizar una preselección resultaba como mínimo discriminatorio, ya que las miserias estaban alcanzando a todas las gentes que componían la humanidad: a estas de por acá por falta de dinero y a aquellas por ausencia de mimos, a las de más allá por maltratos psicológicos, y a las otras por violencia física; las causas eran varias, y en muchos casos superpuestas, pero en definitiva, a nadie le resultaba excesivo un soplo de piedad angelical que le calmara la cotidianeidad.
En cierto momento, todo indicaría que algo ocurrió, o quizá no: no queda del todo claro el desenlace final. Aunque lo perceptible es que ya los suspiros del ángel no parecen estar llegando a refrescar las almas de quienes habitan en el lugar o, si es que llegan, los cuellitos de polar estarían minimizando su utilidad hasta niveles indetectables. Algunos tratados escritos por renombradas personalidades de las ciencias específicas relacionadas con la materia, utilizan páginas y páginas para intentar decodificar el problema, en búsqueda quizá de un diagnóstico que permita finalmente solucionar el inconveniente. Por el momento, las penas y las miserias parecen estar ganando la batalla.
De todos modos, y por las dudas, cada vez que un chiflete de aire frío me pega en la cara, me desabrocho el abrigo a gran velocidad y elevo mis ojos bien abiertos a las alturas: no seré yo el que deje pasar el aliento angelical, aunque el frío me congele hasta las pupilas, aunque la esperanza sea poca, aunque el invierno continúe avanzando en las almas, como si no hubiera una primavera aguardándonos ahicito nomás, a la vuelta de la esquina.
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
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