Un sánguche de pasión, con un cacho de razón en el relleno
El fueguito del asado seguía hipnotizando a quienes lo observaban, mientras una botella de plástico giraba entre las personas presentes, recortada por el medio y con sus bordes finamente soldados a fuerza de encendedor, cumpliendo su rito silencioso, sin principio ni fin; en su interior, el fernet bajaba lentamente y los hielos cada vez más derretidos tintineaban suavemente. Podría decirse que era un asadito tardío, entradas ya las horas de la siesta; pero la verdad era que el grupo de amigos y amigas estaba recién arribando a la ciudad, a la que habían llegado para asistir, una vez más, al recital de su banda de rock predilecta.
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Los choris estaban ya a punto y la piba a cargo del asado los iba entregando en mano, a falta de bandeja, a cada una de las personas que esperaban ansiosas por degustar ese manjar, como una previa de las costillas, a las que aún les faltaba un rato. Uno de los amigos observó entre sus dedos el sánguche que le acababan de dar: un pan a la izquierda, un chori al centro, y otro pan a la derecha; aunque, la verdad, por debajo del chori y fuera de la vista del comensal, los panes se juntaban en uno solo, porque el corte en el bollito había sido parcial, con solo la profundidad suficiente como para introducir al chorreante chacinado entre ellos.
El tipo observó al choripán entre sus manos, y quizá por el efecto del fernet, o de puro filósofo nomás, lanzó la frase:
-Me encanta el pan, y cuando empiezo a comerlo no puedo parar, me resulta irresistible, casi como un vicio; pero la verdad es que el alimento que le da sustento es el chorizo del medio. Esto es como una metáfora de la vida: tengo entre mis manos a un sánguche de pasión, con un cacho de razón en el relleno.
La asadora lo miraba mientras daba vuelta las costillas a las que ya no les faltaba tanto, y sin prestar del todo atención a lo que acababa de escuchar, ya que de todos modos su ocupación principal estaba siendo la de mantener a la carne sin que se pasara de punto, por lo cual es posible que su respuesta no haya sido acorde a la declaración de su amigo:
-¿Eh?
-Que la vida es así che, una mezcla de pasiones con cosas razonables. Veo pasiones por izquierda y por derecha, pero que en definitiva se juntan en un punto en el que no está del todo claro, y en el medio, el raciocinio: el chori, que es el que finalmente nos alimenta.
-Me parece que el fernet está medio petrolero, que querés que te diga; te pegó muy rápido, a este paso no llegas en pie al pogo.
-Estoy bien, solo reflexiono sobre lo irracionales que somos al hacer tantos kilómetros para disfrutar de una banda que nos gusta; y está buenísimo que lo hagamos, pero somos como el pan de la izquierda, apenas manchados por el raciocinio del chori, que nos separa de las pasiones de la derecha, que cada vez son más visibles, y me parece que más peligrosas que las nuestras.
Un tercer amigo se acercó para escuchar mejor, y se apresuró a intervenir:
-Che, quedamos en que no hablábamos de política… evitemos el quilombo.
-Es que me estoy refiriendo al choripán -retrucó el que había hablado primero, mientras la grasa del chacinado le chorreaba razonablemente entre los dedos -está bien la pasión, me encanta disfrutar con ustedes de estas salidas, pero en definitiva, para poder seguir adelante con la vida, después del último pogo tenemos que volver a ser seres razonables, ¿o no?
-No jodás, que se derrite el hielo, dale con la recortada, que gire…
El pibe le pegó un trago a la bebida y pasó el recipiente a quien seguía en la ronda, relajando ligeramente el ambiente.
-Es que somos de quejarnos acaloradamente de los que tienen otras pasiones, y de los tibios del centro, pero en definitiva, si tenemos que convivir entre todos, como este chori con sus dos panes de los extremos, ¿qué otra nos queda? Si no razonamos, si el alimento del medio no nos llena, seguro que terminamos a las piñas.
-Tibio está el choripán ese, que está ya aburrido de que lo mires; dale, comé que se vienen las costillas, y después… ¡rocanrol!
Sonriendo a sus amigas y amigos, el pibe se encogió de hombros, y se dedicó con poca delicadeza a deglutir su sánguche, con pasión, y a la espera de que la ronda le pusiera nuevamente a la botella recortada entre las manos. Ya habría tiempo de razonar, pensó, mientras dejaba que sus instintos lo guiaran, una vez más, hacia ese extremo pasional en el que tanto disfrutaba de la vida.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
IG: @prgmez

