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Manuel Mujica Lainez: ¿conocés su plaza homenaje en Buenos Aires?

En la Ciudad de Buenos Aires existen innumerables lugares particulares, donde pasaste más de una vez y no sabés cómo se llaman.
Manuel Mujica Lainez Foto: cultura.gob.ar
Manuel Mujica Lainez Foto: cultura.gob.ar

En Vicente López y Junín, Barrio de Recoleta Ciudad de Buenos Aires, más precisamente en la esquina en que se encuentran las dos calles, una pequeña plaza lleva el nombre de Manuel Mujica Láinez. Paradójicamente es de las que llaman plazas secas. Extraño el destino que el égido urbano le reservó a Manucho. Que ni de árida, ni mucho menos de escasa, nada tuvo su obra. Claro que la plaza en cuestión no tiene la culpa -si es que alguna hubiere- que los adoquines grises hayan reemplazado al pretensioso verde de sus primas más acomodadas.   

Pero en esto de no hacer diferencias, y como para que reine la paz entre ellas, los encargados del espacio público la han remozado más de una vez. Y a juicio de verdad, parece haber llegado ahora a una equilibrada madurez. La estética y la funcionalidad se complementan. Canteros de un verde profundo cobran relieve en el morado que los completa. Más allá, las palmeras se señorean en su exótica presencia. Lejos quedó aquella pirámide egipcia que presidía el lugar. Dicen algunos que ella misma escogió el destierro, y que fue de madrugada, cuando el aire húmedo de la ciudad se hace humo; y así las siluetas pierden forma, se confunden y finalmente, desaparecen.  

En Vicente López y Junín, Barrio de Recoleta. Ciudad de Buenos Aires, más precisamente en la esquina en que se encuentran las dos calles, una pequeña plaza lleva el nombre de Manuel Mujica Láinez.

Respecto a los juegos, parecen ser una verdadera novedad, una aventura materializada en tubos, aros, ruedas y otros varios desafíos. En definitiva, muchos niños, que para eso también se han hecho las plazas.  

Volvamos a Mujica Láinez, que es el tema que nos convoca

Buscando algún material, y en procura de evitar lugares comunes a la hora de hablar de Mujica, seleccioné un párrafo de una nota periodística en la que María Esther Vázquez, amiga del escritor, decía: “Manucho fue un hombre de su siglo, irreemplazable y único, en un país que no lo conoció bien y que -a veces pienso- ya lo ha olvidado”.

Qué decir de la obra de Mujica Láinez, nombrar unas es omitir otras, y rescatar esas otras podría atentar contra el sitial de las primeras. Corramos el riesgo: Misteriosa Buenos Aires, La Casa, Cecil, Bomarzo y tantísimas más. Su pluma privilegiada se cargaba de Historia, Arte y una cultura digna de toda admiración. Una sensibilidad estética propia de algunos elegidos. 

Homenaje a Mujica Láinez.

Elegimos una, para que no sean todas. En Milagro 1610 de Misteriosa Buenos Aires, la santidad, la evangelización, la música, la historia, la mismísima poesía, se encuentran todas en tan maravilloso texto, que al alma desborda. El hermano portero abre los ojos, pero esta vez no es la claridad del alba la que, al deslizarse en su celda, pone fin a su corto sueño. Todavía falta una hora para el amanecer y en la ventana las estrellas no han palidecido aún. El anciano se revuelve en el lecho duro, inquieto. Aguza el oído y se percata de que lo que le ha despertado no es una luz sino una música que viene de la galería conventual.

Es música indefinible, muy simple, muy fácil, y que empero hace pensar en los instrumentos celestes y en los coros alineados alrededor del Trono divino. Va por el claustro del convento de Buenos Aires, aérea, como una brisa armoniosa, y el hermano portero la sigue, latiéndole en el corazón.

El hermano se frota los ojos y se llega a la puerta de su habitación. Todo calla, como si Buenos Aires fuera una ciudad sepultada bajo la arena hace siglos. Lo único que vive es esa música singular, dulcísima, que ondula dentro del convento franciscano de las Once Mil Vírgenes.

El portero la reconoce o cree reconocerla, mas al punto comprende que se engaña. No, no puede ser el violín del Padre Francisco Solano. El Padre Solano está ahora en Lima, a más de setecientas leguas del Río de la Plata. ¡Y sin embargo”…! ...

¿Quién toca el violín así en esta ciudad? Ninguno. Ninguno sabe, como Solano, arrancar las notas que hacen suspirar y sonreír, que transportan el alma…

Manuel Mujica Láinez.

Es una música indefinible, muy simple, muy fácil, y que empero hace pensar en los instrumentos celestes y en los coros alineados alrededor del Trono divino. Va por el claustro del convento de Buenos Aires, aérea, como una brisa armoniosa, y el hermano portero la sigue, latiéndole el corazón…  En el patio donde se yergue el ciprés que cuida Fray Luis de Bolaños, el espectáculo de encantamiento detiene al hermano lego que se persigna…  El hermano portero se pellizca para verificar si está soñando. Pero no, no sueña. Y los acordes proceden de la celda de Fray Luis…

El lego empuja la puerta y una nueva maravilla le pasma. Inunda el desnudo aposento un extraño clamor. En el medio, sobre el piso de tierra, se recorta la estera de esparto que sirve de lecho al franciscano. Fray Luis de Bolaños se halla en oración, arrobado, y lo estupendo es que no se apoya en el suelo sino flota sobre él, a varios palmos de altura. Su cordón de hilo de chahuar pende en el aire…

El hermano portero cae de hinojos, la frente hundida entre las palmas. De repente cesa el escondido concierto. Alza los ojos el hermano y advierte que Fray Luis está de pie a su lado y que le dice:

-El santo Padre Francisco Solano ha muerto hoy en el Convento de Jesús, en Lima. Recemos por él…

Plaza Manuel Mujica Láinez.

—Pater Noster… —murmura el lego.

Si se leyera mil veces, todas ellas mejorarían la anterior. Todas y cada una. ¿Quién pudiera ser el hermano portero, testigo de la levitación de Fray Luis de Bolaños?  ¿Quién pudiera escuchar el violín de San Francisco Solano? ¿Quién pudiera?

Para terminar, y un poco más acá del espíritu, definitivamente ya en el mundo de los hombres y las cosas, encontró Mujica en el tango, otro pretexto para su poesía:

“Te he tenido y no te tuve

Pero estás siempre en mi sangre,

Y está latiendo en mis venas

La tibieza de tus tardes.

Tan dulce sos, dulce mía,

Que no sabría cantarte,

Y si lo ensayo será

Por esas cosas de los bailes,

Porque sabés que te quiero

Como nadie, como nadie,

Como nadie, Buenos Aires.

Porque yo te guardo en mí

Con la tibieza de tus tardes,

Y vos sabés que es así

Buenos Aires, Buenos Aires.

Mariano D’Onofrio.

* Mariano D’Onofrio, docente. [email protected]