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La conmovedora historia de un rugbier que logró recuperarse de su adicción a las drogas después de 30 años

El camino de un rugbier que llegó al más alto nivel del país en medio de una situación crítica de consumo de drogas. La caída y la redención de Joaquín del Carril.

La adicción a las drogas no discrimina de clases ni de profesiones ni de espacios, pudiendo aparecer en el trabajo, en el colegio o hasta en el club. Así fue el caso de Joaquín del Carril, que consumió durante 30 años, pero finalmente pudo recuperarse y habló con MDZ para contar su historia.

Con la pelota, Joaquín del Carril, en un partido contra el SIC. Foto: Gentileza.

Ya retirado, el rugbier de CUBA, un histórico y tradicional club de Buenos Aires, relató como fue su vida con las drogas, cómo sanó y de qué forma lleva hoy su vida de recuperado. La relación con su familia, con sus hijas, con sus amigos y el apoyo que le dio el club a lo largo de su extenso proceso que lo llevó hasta una nueva vida.

-¿Cómo empezó todo?

-Siempre digo que no es un tema de sustancia, es un tema de armado de personalidad y de vidas no resueltas. Si yo voy a mi infancia, hoy doy clases en colegios y clubes de rugby, les cuento que yo tuve la misma vida que ellos, de un buen estándar económico, de familia unida, de amigos sanos. Si me preguntas si tuve una infancia feliz, te voy a decir que "muy feliz", porque tuvimos todo.

Pero en realidad no era feliz. Yo en el colegio la pasé absolutamente mal, porque fui al St. Brendan's, que es un colegio inglés muy exigente y yo tenía ADD, que es no tener la capacidad de prestar atención. Entonces yo iba a un colegio en el que a la mañana tenía Geografía y no la entendía, y encima a la tarde tenía Geography. Entonces yo la pasaba mal y decía: "Yo no pertenezco acá".

Obviamente, con ese largo proceso de siete años que estuve en el colegio, el autoestima va bajando, vas creyendo menos en vos y te vas queriendo menos. Mi único divertimento, la única parte en la que yo me sentía libre era en los recreos y en el deporte. Yo tuve el don de ser bueno en los deportes y ahí me sentía seguro, y eso me ayudo mucho en lo que fue mi recuperación. Yo los martes, jueves y sábados era muy feliz porque teníamos entrenamiento y partido de rugby, pero después la semana para mí era un suplicio.

-¿Cuándo se agravó la situación?

-El consumo empezó a ser cada vez más frecuente. Yo laburé en televisión toda la vida, 15 años en TyC Sports y otros 15 en ESPN, pero yo ahí la piloteaba y a la tarde iba y consumía. En el medio me casé con Laura, tuve a Lola y a Carmela y hasta ahí todo muy lindo, pero empecé a no poder controlar la situación.

Cuando uno consume y está en plena adicción, pierde todo. Perdí a mi mujer, dejé de estar con mis hijas y dejé de jugar al rugby. Se dio todo en conjunto. En mis charlas siempre cuento cinco momentos que me pasaron, cosas que hice por estar drogado, y uno fue ir a comprar droga con mi hija. Eso yo no sé si alguna vez me lo voy a perdonar. Me lo tengo que perdonar porque no era yo, pero yo el dolor que le causé a mi hija lo rezo todos los días.

-¿Qué es la droga y cómo te diste cuenta que tocaste fondo?

-Es el infierno mismo. No podés mirar a la gente a los ojos. Te cambia la respiración porque estás pensando en drogarte. Es inexplicable lo que se vive. Una tarde llegué al club a la tarde, pasé la garita de la barrera y me puse a llorar como un chico, y ahí dije: "basta". Ahí lo llamo a mi hermano que siempre quiso hacer algo por mí y yo me negaba, porque siempre hay una negación en el adicto por vergüenza o porque no puede parar.

-¿Cómo saliste del consumo problemático?

-Da la casualidad de que jugaban CUBA y Alumni, saludo a un amigo y le digo: "No estoy bien". El me respondió: "Tengo el lugar para vos". Así llegue al lugar que me abrió las puertas, la Comunidad Cenacolo, y allí viví durante un año y ocho meses, y la extraño horrores. Es una casa católica que creó una madre italiana y no se paga; todo es de la "divina providencia".

El pensamiento de la Comunidad Cenácolo era: "Ahora pensá en vos. Saná vos. Todo después se va a dar". Sin contacto con mis hijas, las primeras cartas me llegaron a los cuatro meses y ellas me decían que estaban contentas de que esté sanando. A los seis meses tuve la recibida de mi hija, Lola vino a buscarme y después fuimos al colegio  y Carmela no sabía nada. En cuanto me vio, vino corriendo y me abrazó. Escena de película de Hollywood y ese momento me lo acuerdo siempre.

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