Cómo enfrentar con humor el tránsito de las horas pico
El bip bip de la alarma no dejaba de sonar, y así siguió hasta que, finalmente y aturdida por el ruido, la mujer se puso el cinturón de seguridad del automóvil que acababa de sacar del estacionamiento.
-En la época de mi viejo manejar era más fácil -dijo, mientras miraba a su hijo y a su pequeña hija por el espejo retrovisor -él se subía al auto y arrancaba nomás…
Eso de llevar los pibes a la Escuela le generaba un malhumor interesante. Y no era nada contra su descendencia, sino que, a esa hora, el tráfico en la ciudad se ponía altamente insoportable.
-Bueno Ma, ¿no estarás exagerando como cada vez que hablás del abuelo? –le replicó el mayorcito desde el asiento trasero.
La mujer carraspeó intentando buscar objetividad en sus recuerdos, cosa imposible al parecer, ya que somos más selectivos de lo que creemos con el pasado. Pero, de todos modos, continuó con la queja mientras ponía el guiñe para doblar en la esquina.
-Claramente, las cosas han cambiado con el paso de los años. Para empezar, ahora tengo que abrir la puerta del auto con la alarma, por esas cosas de la inseguridad. Luego de eso, ponerme el cinturón y prender las luces, aunque sea de día; poner marcha atrás y esquivar los obstáculos, con el pitidito ese que me avisa si se acerca un objeto, taladrándome la cabeza, como si yo no viera con mis propios ojos.
Seguían los reclamos de la mujer a medida que llegaba a la otra esquina, en donde frenó para mirar a ambos lados antes de cruzar, aunque la calle era de una sola mano.
-En esa ciclovía de ahí, a veces los ciclistas vienen en la otra dirección, a contramano del tránsito vehicular, y pasan sin mirar, ni frenar. ¡Como si manejaran un tanque blindado, como si no fueran ellos los que sufrirán las consecuencias de un choque contra un auto! Movió la cabeza a ambos lados, sin encontrar respuesta a su reclamo, aunque quizá, sin siquiera buscar esa refutación. Igual desde el asiento de atrás le llegó el retruque:
-Y, pero los ciclistas tienen prioridad de paso…
-¡Sí, pero si yo no se las respeto, no por mala, sino porque no los veo, me los llevo puestos y después los tengo que pagar por buenos!
-Es que si no respetás su prioridad de paso, son los buenos…
La madre resopló sin terminar de definir si responder o dejarla pasar. Pero no, no la podía perder.
-Es que, en esta vida, vos podés tener derecho a muchas cosas, pero si los demás no te los dan a esos derechos, de los guardas en…
-¿En el bolsillo?
-Ahí mismamente.
-Bueno, mejor seguinos contando del abuelo.
Parado el automóvil en la esquina con el semáforo en rojo, y luego de más que tan solo algunos pocos segundos, la mujer colocó la primera, aprovechando que la señal lumínica se ponía en amarillo para la calle del costado que estaba por cruzar, mientras el hombrecito del paso peatonal empezaba a titilar: claramente, se le venía el verde a la brevedad.
Luego de eso, siguió con sus recuerdos:
-El abuelo manejaba fumando, con los vidrios cerrados, como si nada. Más de una vez nos fuimos hasta la costa, por más de mil kilómetros, sin saber que éramos fumadores pasivos, jajaja.
La risa por el recuerdo se interrumpió a poco de empezar, con esa tos profunda que le entraba sin saber por qué, ni a cuenta de qué. Las dos personitas del asiento de atrás se miraron entre ellas, sin argumentos contundentes, pero suponiendo que sí sabían de dónde venía ese cof cof de fumadora pasiva, que al parecer su madre arrastraba desde niña. Pero mejor no hablar de
ciertas cosas. Superado el ataque respiratorio, la voz de la mujer siguió llegando desde adelante, como si nada.
-¡Pero fijate cómo cruzan sin mirar!¡Si no te cuidás ni al cruzar la calle, páfate, te morís, y ahí sí que nada más te calienta!
La respuesta le llegó desde el asiento de atrás, desde la voz de la pequeña niña, que casi no había participado hasta el momento:
-Salvo que te cremen Ma, ahí sí que te calientan, aunque te hayas muerto…
Las carcajadas en el automóvil surgieron desde todos los costados, y los ojos llorosos de tanta risa le dificultaban a la mujer ver con claridad, aunque en el interior de su mente, captó que la charla había tenido un remate perfecto.
-Bueno… tal vez estamos exagerando un poco -declaró la madre a su descendencia, mientras ponía las balizas y paraba en doble fila frente a la Escuela para que bajaran la niña y el niño.
Observó a los hermanitos ingresar con alegría al establecimiento educativo de la mano, y respondió a su saludo en silencio y con una sonrisa; ya en soledad, y por obra y gracia de la ocurrencia de la pequeña, encaró al resto del día con otro humor.
El sol parecía estar brillando más y los problemas no se veían ya tan graves; al parecer, las cosas simples de la vida pueden llegar a darnos algunos oasis de felicidad, que bien cubren a ese desierto inhóspito al que creemos enfrentarnos cada mañana...
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
IG: @prgmez