La venganza del cero: un cuento para cortar la semana
Moría ya la década del noventa, estremecedoramente amenazada por la escenografía futurista y dantesca de los dos mil.
De este nuevo milenio, impensada, sorprendente y pasmosamente; el cero, ovoide huérfano de madre, ponía de rodillas a los grandes imperios.
Autoritarios, demócratas, plutócratas, aristócratas y republicanos, empresarios, gremialistas, holgazanes, fracasados y heredados, todos aterrados por un número. Y de él, sólo el perfil derecho.
Haciendo algo de historia, podríamos decir que este cero, hijo no reconocido del señor nueve, acumulaba años de indiferencia y destrato. Su lado izquierdo, reducido a la nada misma, ni siquiera se nombraba. Más aun, sistemáticamente se enseñaba a los
niños que este medio ente, no tenía valor alguno, no agregaba ni quitaba; tristemente, nunca debía haber nacido.
Hasta aquellos capaces de mucho bien, entregados, desinteresados y generosos, pertenecían a las milicias del daño sistemático a este pobre infeliz, nacido antes del uno.
¿Pero qué culpa tenía él? ¿No era acaso ese lado bobo, una condición genética propia de su especia? Ya bastante tenía con la burla que su segundo apellido “Guarismo” causaba en los demás.
No había remedio ni descanso para su dolor. Recibía el mismo trato en Escandinavia que en Sudamérica; en Asia que en África. Hasta en el mismísimo Pacífico, de quien podía esperarse alguna consideración distinta, era testigo y cómplice de sus islas tan
crueles como las del Atlántico.
Soñaba el cero que ese estigma, aquel veneno, tendría un antídoto. Y aquella poción, ese elixir podría hallarse en los círculos polares. ¿Dónde más podría encontrarse un fenómeno similar a su media existencia? Pues no, los Círculos eran círculos y ningún
lazo familiar ni mucho menos amical, tendrían con este pobre diablo, el óvalo izquierdo.
El dolor era ya insoportable, sus últimos novecientos noventa y nueve años de espera, mucho más de lo que cualquiera de esas longevas especies hubiera podido soportar, habían trocado dolor en ira.
En el mismísimo primer milenio había coqueteado con la idea de una venganza, pero si bien era ya tan víctima como en este segundo, no tenía poder alguno para convertirse en una amenaza.
Agazapado, escondido y jadeante, sus ojos saltones encendidos de fuego, habían esperado estos últimos años para el día final.
Se encontraba en su mejor condición física y psicológica. Su carácter, su personalidad, su madurez, largamente trabajada en mil años, habían logrado asimilar uno y otro lado. Por fin el cero había comprendido su lugar en el cosmos.
Ya no habría una mitad execrable y otra triunfante. No más desintegración, no más bipolaridad.
¿O acaso no le bastaba su soberana naturaleza para girar sobre sí mismo y convertirse en uno u otro? ¿Quién podría darse cuenta? Ninguno de aquellos tiranos, niños, adultos, financistas, negros, blancos, orientales, musulmanes, budistas, lanzadores de
jabalina o concertistas de piano, hubieran identificado izquierda o derecha.
El triunfador y el derrotado ya eran uno mismo. Tanto poder tenía el derecho, como ira tenía el izquierdo. Combinación letal entre dominio y cólera. Y ambos conviviendo en un infinito.
La aterradora amonestación del cero comenzaba a gestarse.
Sí, aquel ominosamente ubicado a la izquierda del universo, el más pobre entre los pobres; y el otro, el derecho, el más astuto entre los notables, eran ya uno mismo. Y así se reconocían, y así darían batalla.
“Siéntate en el umbral de tu puerta y verás pasar el cadáver de tu enemigo” repetía el cero. Paciente y espantosa sería su venganza. ¿Acaso alguien había reparado en su silueta infinita? Lo que él había comprendido, era todavía ciego para la soberbia de sus verdugos.
Su primera estrategia fue mirar alrededor. Los números, aquellos seres de su especie, podrían ser sus aliados. Ayer, cómplices de los enemigos, comenzaban a sentirse amenazados por el escarnio cruel que había mutilado al cero.
Pero no, fue sencillo reconocer en estos primos de sangre, la burguesía que había penetrado ya en su naturaleza.
Pobre el uno, flaco desgarbado y con media visera. Qué decir del dos, tierno miembro del grupo, patética figura de un pato inmaduro. El tres, un ocho fracasado. El cuatro, una hache prematura. El cinco, ni marcial ni artista. El seis, pobrecito, tan pueril como un gancho. El siete, geométricamente deforme. El ocho, un exceso, un cero giboso. El nueve, un semáforo abatido. Del diez en más, pobres cobardes que no resisten la soledad.
Para fines del segundo milenio, nuestros reconocidos noventa, y casi como una muestra gratis de su propia naturaleza, aparecía en el horizonte una amenaza que los yuppies, los workaholics, los gurúes de la tecnología, comenzaban a pronosticar.
Claro que lo hacían para su propio regodeo. Instalar en la opinión pública algo que ni ellos entendían demasiado. Ni algunos genios de la “manzanita” ni la mentada “doña Rosa” argentina, podían siquiera imaginar el peligro, la devastación que se cerniría sobre el mundo.
Diluvios, volcanes, aludes, terremotos, huracanes, tsunamis, tifones, incendios, sequías, inundaciones, guerras y holocaustos podrían ser sólo anécdotas frente a la aterradora amonestación del cero.
Los más hermosos poemas, las más inspiradas páginas, las más bellas obras de arte y las partituras más admiradas; todo ello, y mucho más, podría perderse en el éter, en el inmaterial mundo que livianamente llamamos “la nube”.
¿Qué decir de los avances científicos, la medicina, la biología, la astronomía, las ciencias duras? ¿Cuántas bibliotecas de Alejandría se desintegrarían inmaterialmente en su propia condición intangible?
¿Y la humanidad? Vaya esta cita literal como muestra gratis: “Algo así como el apocalipsis informático, el caos total. Eso es lo que esperaba el planeta entero en el instante mismo en el que pasáramos del segundo al tercer milenio de nuestra era. El "Efecto 2000", el "error del milenio" o la "bomba del milenio" fueron algunos de los nombres que se le dieron a la hecatombe que se preveía por la supuesta incapacidad de los microprocesadores de las administraciones públicas y empresas privadas, para
reconocer y adaptarse al cambio de fecha entre el 31 de diciembre de 1999 y el 1 de enero de 2000”, se lee en el prestigioso diario El País, de España. Y continúa: “Un caos en el control del tráfico aéreo internacional; … un error en los sistemas informáticos
podría dar al traste con el esfuerzo de conversión monetario, que afectaba no sólo a los países del euro, sino a la práctica totalidad del sistema monetario mundial.”
Esta fue la venganza del cero, el de la izquierda y el de la derecha, es decir, el mismo.
Nunca se sabrá si no fue capaz de ejecutar tanto daño como el que amenazó, si su verdadera venganza fue sembrar el terror y darse por hecho con ello, o si fue su dramática forma de recordarle al mundo que la Tierra es redonda, que gira sobre sí
misma y alrededor del Sol.
Ciencia básica, para niños, yuppies, workaholics, hipsters, hippies, CEOs, artistas y artesanos.
* Mariano D’Onofrio, docente. marianodonofrio@gmail.com