La importancia de la música para evitar problemas
La orquesta ya tocaba los últimos compases de la Sinfonía N° 40 de Mozart y el público, más que conforme, sonreía de satisfacción. Durante varios minutos, los aplausos obligaron a los músicos a permanecer en el escenario, saludando una y otra vez a la multitud que los aclamaba.
Luego, volver a casa. Con tanta gente, salir del teatro principal de la ciudad era otro espectáculo. Saludándose entre sí, a medida que se acercaban a la puerta de calle, las luces azules y rojas que titilaban en el exterior les anticiparon lo de siempre: afuera en la vereda de enfrente, con bastones largos, cascos y escudos antimotines, la policía los esperaba.
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A medida que salían, un poco por miedo y otro por precaución, las personas se apretaban contra las paredes del teatro. A unos veinte metros a la izquierda de la entrada principal, un sargento y dos agentes se llevaron a un tipo de frac y a su esposa para averiguación de antecedentes, suponiendo que probablemente no tenían, aunque esta detención caratulada como “escándalo en la vía pública” o tal vez como “actitud sospechosa”, sería el primer antecedente a encontrar en la próxima entrada que tuvieran en la seccional.
Un tipo flaco, de unos cincuenta años, vestido de rigurosa etiqueta y peinado a la gomina, generó el primer encontronazo con los vigilantes. Nervioso por los dos gramos de cocaína que llevaba en el bolsillo, y bastante excitado por el último saque que se acababa de pegar en el baño antes de salir a la calle, trató de escabullirse por la vereda derecha. La reacción fue inmediata. La policía se abalanzó, primero sobre él y después sobre toda la gente, con los bastones en alto y los ojos inyectados en sangre y bronca.
La multitud se apelotonaba tratando de esquivar los golpes, y algún que otro viejo copetudo le hacía frente a la paliza, defendiéndose con patadas y piñas, provocando una reacción peor de los representantes de la ley, que aparte de apalear a los rebeldes, tiraron un par de granadas de gases lacrimógenos sobre el grueso de la gente.
Diez minutos después, la batalla había concluido: veintisiete contusos, dos traumatismos de cráneo, un detenido por portación de drogas y casi cien por alteración del orden público, todos del bando de los perdedores; del lado de los defensores de las libertades
individuales, un cabo mareado por los gases lacrimógenos, que se recuperaba junto al colectivo que lentamente se llenaba de prisioneros de guerra.
Cuatro horas después, en las afueras de la ciudad, la seccional hervía. Los primeros liberados circulaban a respetuosa distancia de la entrada de la comisaría esperando a sus amigos, demorados por los trámites correspondientes o por algún oscuro interrogatorio que intentaba develar quien es el cabecilla de la supuesta patota.
A dos cuadras del lugar, un grupo de pibes empezaban a salir de un recital de rock que, con los intervalos correspondientes, los tuvo pogueando y saltando por casi tres horas.
El oficial de guardia en el barrio, detuvo a la parejita que enfilaba para el lado de la comisaría.
-Disculpen jóvenes- dijo respetuosamente el hombre de azul -sería conveniente que tomaran otro camino, porque en la puerta de la seccional hay unos inadaptados que podrían causarles algún inconveniente. Estaban ocasionando disturbios cuando los detuvieron, y a los primeros que soltaron, ya están haciendo líos en el barrio.
-Viejos de mierda- dijo el pibe mientras abrazaba a su novia -¿cuándo van a aprender a comportarse como la gente?
El policía se encogió de hombros, aceptando su ignorancia también en este tema. El muchacho sacó la petaca del bolsillo de su campera de cuero, le dio un trago, y se fue con la chica, puteando bajito, por otro camino; enfrente, en la pared semiderrumbada de un baldío, un tipo de faja y moño rojo, aerosol en mano, pintaba la clásica: “Mozart not dead”.
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido. Instagram: @prgmez