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Los rostros de la pobreza: el refugio mendocino que refleja el avance de la crisis

Ubicado en el corazón de Mendoza, cada vez llegan más personas solicitando ayuda. El avance de la droga, la violencia de la calle y cómo es vivir afuera del sistema.

Mauro Sturman
Mauro Sturman martes, 9 de abril de 2024 · 09:23 hs
Los rostros de la pobreza: el refugio mendocino que refleja el avance de la crisis
El refugio queda en la calle Patricias Mendocinas Foto: Santiago Tagua/MDZ

Mendoza tiene los índices de pobreza más altos de Cuyo. Según el último informe del Indec, el 47% de los mendocinos es pobre y en la provincia viven 146.277 indigentes. Los números asustan, claro. Pero no tienen rostro. Detrás de las cifras inscriptas en planillas de Excel, se esconden miles de historias de gente que vive en la miseria desde hace años. En un contexto marcado por la marginalidad, el consumo de drogas, la violencia y la esperanza por volver a soñar con una vida digna, el refugio para personas en situación de calle El Camino, refleja una realidad que duele, pero que muchos eligen no ver. Casi como si nadie quisiera hacerse cargo de aquellos a los que el sistema abandonó hace tiempo.

A pocas cuadras de la Casa de Gobierno, de la pomposa calle Arístides Villanueva y de la turística Plaza Independencia, arriba cada noche un grupo de hombres buscando un plato de comida y un lugar para dormir. Es que, en una vieja casona ubicada en la calle Patricias Mendocinas, entre Colón y Pedro Molina, funciona el albergue que hace malabares para ayudar a personas en situación de calle, mientras una nueva crisis made in Argentina multiplica pobres e indigentes a lo largo y ancho del país.

“Actualmente, recibimos a unas 85 personas, pero desde enero aumentó la demanda”, explica Sergio Aciar, referente de la Fundación El Camino y encargado de coordinar el funcionamiento del lugar. El contexto en el que eso sucede no es fácil. En la casona conviven habitualmente personas con problemas de consumo, hombres que mantienen viejos problemas de la calle y adultos mayores que perdieron contacto con sus familias. Ante la consulta de MDZ, el pastor no duda: el principal problema que observan es el avance de la droga. Sin embargo, nadie mejor que los habitantes del lugar para explicar una realidad que debería alertar a la sociedad, pero muchos deciden obviar.

Cinco historias que conmueven

Cuando MDZ llega al albergue, un grupo de personas aguarda para cenar. No hay mujeres, ni niños. El refugio solo recibe hombres. Son las 20 horas y en el patio ubicado en la parte delantera del inmueble, contamos unas 30 personas. Aún falta para que lleguen muchas más. Hace minutos conocimos a Lucas, un joven de 23 años que accede a contar su historia.

“Llegué acá por medio de Contingencias. Fui a pedir refugio porque no tenía donde dormir, estaba en situación de calle. Acá me dan un techo, desayuno, almuerzo, media tarde y cena. Estoy muy agradecido”, comienza. Lucas tiene problemas de adicción, un infierno que arrancó cuando tenía 16 años. Hoy está atravesando un tratamiento en el Centro de Prevención de Adicciones, pero antes durmió en el Parque San Vicente y en la puerta de una Iglesia.

Lucas quiere otra oportunidad.
Foto: Santiago Tagua / MDZ

“Después de desintoxicarme me gustaría volver con mi familia y trabajar. Yo tenía laburo en una empresa de riego”, cuenta, mientras nos muestra la remera que usaba cuando se desempeñaba en la firma. En la calle, Lucas recibió una golpiza y perdió el bazo. Estuvo internado y lo tuvieron que operar.

“A los chicos que se están metiendo en la droga les diría que la dejen. Van a perder familia, van a perder amigos, van a perder todo. La pasé muy mal en la calle, una noche estaba lloviendo y yo tenía mucho frío. Estaba empapado y empezó a llover cada vez más fuerte, tenía hambre y solo podía llorar, creo que lloré toda la noche, no se lo deseo a nadie”.

Hugo Calderaro, el ex integrante de la barra de Huracán Las Heras

Hugo Calderaro no sonríe, pero en su mirada hay tranquilidad. Esa que no consiguió encontrar cuando comenzó a tener problemas con el consumo de cocaína. Llegó al hogar hace 4 años, pero en el medio tuvo que renunciar a su familia. “Los perdí por la droga. Llegué al albergue y las cosas comenzaron a cambiar. Al principio mi cuerpo tiritaba, me columpiaba todo el día en la silla, tomaba 12 pastillas y no podía dormir. Fue el peor momento que pasé desde que llegué acá. Un día empecé a orar, a creer, a leer la Biblia, empecé a congregarme en iglesias, me bauticé y mis cosas cambiaron totalmente”, relata el hombre que, como muchos, encontró en la Fe un camino para seguir adelante.

Hugo posa ante la lente de MDZ
Foto: Santiago Tagua / MDZ

Antes de la droga, Hugo tuvo buenos trabajos, aunque todo comenzó a cambiar cuando se acercó a la barra de Huracán. “Trabajé en una minera, en YPF y en IMPSA. Así como la ganaba, también me la gastaba, solo pensaba en mí. En la calle anduve poco tiempo porque me tuve que internar y después vine a este lugar. Empecé con un tratamiento en el CPA, con psicólogos, psiquiatras, todavía sigo yendo”.

Cuando se le pregunta sobre sus sueños, contesta: “No son tan solo sueños, son metas y objetivos. Voy a volver a trabajar en la empresa donde estaba antes. Sé que voy a poder porque con el señor todo se puede. Me gustaría poder ayudar a los demás, también”.

José, el enfermero que echaron tras un cambio de Gobierno

José Carlos Eduardo Sabatini tiene 67 años y es una de las personas que más tiempo lleva en el refugio. Según cuenta, su vida comenzó a desmoronarse cuando lo despidieron en 1984 del hospital Lagomaggiore, donde se desempeñaba como enfermero. En su relato, el hombre sostiene que formaba parte de una lista negra y fue echado junto a otras 50 personas. Con el tiempo, terminaría en la calle.

José, una de las personas que más tiempo lleva en el refugio.
Foto: Santiago Tagua

“La calle te enseña, todos los días te enseña algo nuevo. Pero tenés que conocerla para saberlo. Tenés que sobrevivir, yo trataba de pasar lo más desapercibido posible. Tuve que andar en grupo porque aprendí que si andas solo, perdés”, afirma. Durante la charla con José surge una de las tantas realidades que hay que el albergue El Camino. Es que en el edificio, hay robos constantes entre quienes habitan el lugar. “Sí, pasa. La juventud no tiene códigos, los que tienen entre 30 y 60 sí, pero en los más jóvenes ha cambiado”.

A diferencia de los demás, José ya no tiene sueños. Resulta inevitable no conmoverse con su respuesta sobre qué le gustaría hacer durante los próximos años. “No tengo nada para soñar a esta altura. Tengo 67 años. Si tuviera 30, bueno, sabés que la podés pilotear y salir, pero con esta edad, solo quiero terminar en paz”.

Gustavo Tomás, el plomero

Gustavo Tomás es plomero y está separado hace 18 años. Cuando la ruptura se confirmó, se fue a vivir con su madre. Allí tuvo problemas y su hermana decidió ir a la Justicia; le aplicaron una restricción de acercamiento. Por aquel entonces, lo internaron el hospital Pereira mientras atravesaba una crisis por sus problemas de consumo de alcohol.

“Un día no me recibieron más. Mis hermanos me alquilaron una pensión, cerquita del hospital. Yo venía consumiendo alcohol desde los 17 años. Cuando era joven no lo sentía, no me daba cuenta. Se fue agravando de a poco. Un día me echaron de la pensión, después de otra, hasta que ya no hubo ninguna que me recibiera, así terminé en la calle”, cuenta.

Gustavo Tomás, tras charlar con MDZ
Foto: Santiago Tagua / MDZ

Gustavo siempre anduvo solo. Un día, la policía lo encontró tirado sobre un puente. “Habré tenido unos 53 años. Así fue como llegué acá, donde me recibieron muy bien. Me bañaron, me cambiaron y me dieron ropa, porque no tenía nada. No estuve mucho tiempo en la calle, pero puedo decir que es algo muy complicado, ahora está muy jodida, muy violenta”, explica.

El hombre dejó de consumir hace poco. Comenzó a ir a la iglesia y sostiene que eso lo alejó del alcohol. La mayoría del tiempo, lo pasa dentro del refugio. “Estoy acá hace tres años y medio, no me gusta salir a la calle. Si me gustaría irme a una pensión, donde pueda estar más tranquilo porque acá hay mucha gente.”.

Sergio Abraham, el licenciado en periodismo

“Necesito y quiero volver a trabajar, me gustaría que alguien pueda ayudarme”, afirma Sergio mientras charla con MDZ. Según relata, es licenciado en Periodismo y durante 30 años se desempeño en puestos relacionados con la comunicación. Sin embargo, los avatares de la vida provocaron que se separara y se fue a vivir a una pensión. Un día, lo desvalijaron y terminó durmiendo en la calle.

Sergio, en su dormitorio
Foto: Santiago Tagua

“La calle de Mendoza ha cambiado mucho estos meses. A veces mis amigos me pagaban una noche en un hostel. Lo que más recuerdo es lo que te cuesta dormir, cuando cae el atardecer te cae depresión, te parte, estuve al borde del suicidio”, afirma sobre su experiencia a la intemperie.

“El Hospital Pereyra me ayudaron mucho, gracias a ellos llegué hasta acá. Estoy acá hace 8 meses, pero me gustaría empezar a trabajar de nuevo. Ahora voy a tener un puesto en la radio de Maipú, eso es mucho para mí. A veces pienso en los momentos más difíciles y el recuerdo que tengo es que cuando vivís en la calle tenés que estar todo el tiempo alerta, la droga ha avanzado mucho y se está notando cada vez más”.

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