Caída y ocaso de un viejo tornillo oxidado
En un frasco sin tapa, en el segundo estante de la piecita del fondo, un viejo tornillo lloraba en silencio mientras se lamentaba.
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- Esto no es vida- repetía tristemente mientras movía la cabeza -no es vida...
Nadie prestaba atención a su queja. Ni el clavo torcido de al lado, ni la arandela oxidada que yacía, como si nada, sobre el fondo vidrioso del frasco. Pero el tornillo igual continuaba con su lamento:
- No tengo futuro. Nací, como todos, en una miserable fábrica. Uno más del montón. Y de ahí, a un cajón. ¡La mitad de mi existencia guardado, esperando! ¡Cuántos sueños, cuantas ilusiones en vano! Que ojalá me toque una compu berreta, que me toque un mecánico mediocre, alguien que con su incapacidad ilumine mi existencia. Alguien que obligue a otro a atornillarme y desatornillarme... volver a atornillarme, volver a desatornillarme... pero no.
La queja se sentía como un leve chirrido de metal sobre el vidrio del frasco, opacado por la distancia que separaba al lamento de cualquier oído que pudiera quizá haber llegado a escucharlo.
-A la mayoría de nosotros nos esperan solo quince segundos de fama -filosofaba para sí mismo el pobre tornillo -viene el tipo, te saca de la caja, te pone en un agujero, tuerca, rosca y chau. Otra vez la monotonía. Otra vez la inactividad. A esperar al paso del tiempo para terminar, como siempre, como todos. Viejo y oxidado. Solo o mal acompañado por un par de clavos torcidos, en un frasco del estante.
El clavo de al lado lo miró de reojo, y no quedó del todo claro si es que le levantaba un hombro como diciéndole “qué me importa lo que decís”, o si es que estaba torcido nomás, y esa era su postura ante todo en la vida. El tornillo posó levemente la mirada sobre el que estaba siendo su compañero de penurias con cierto aire de superioridad, sintiendo hasta quizá un poco de lástima por el pobre clavo: de todos modos, no era su culpa si su vecino no había tenido la suerte de haber sido creado como él, con una serpenteante rosca que recorriera su cuerpo y una profunda raya al medio en la cabeza. Pero pasado un momento, recobró el control de sus pensamientos, y su propia situación volvió a ser el centro de la chirriante queja.
-Y en definitiva dependemos de ese tipo que, como mucho una vez por semana, aprovechando el descanso del sábado a la tarde quiere arreglar algo. Y busca en el frasco y hurga, y ninguno de nosotros lo conforma, por lo que al final va al super y compra tornillos nuevos. No valemos nada che, somos objetos de consumo…
En esos lamentos andaba cuando, sin previo aviso, la puerta de la piecita se abrió: la luz comenzó a iluminar tenuemente al entorno, con su foquito sucio y de baja potencia. Las sombras, que hasta recién nomás reinaban a sus anchas, se escondieron bajo las bases de las cajas que rodeaban al frasquito, desde cuyo interior el tornillo observaba silenciosamente la situación. En ese momento, como sincronizado, pretendiendo que las casualidades no fueran parte de evento, entró el tipo, el de la casa; y ahí nomás, como si nada, agarró al frasco y volcó todo su contenido sobre la mesa.
Silbando bajito, sin apuro, como que no tuviera mucho más que hacer en lo que restaba del día, se dio a la tarea de separar a los elementos más nuevitos por un lado, que bien podría decirse que eran los menos oxidados, y por qué no agregar a esa selección discriminatoria, también los menos deformados por el uso. Por el otro lado, como de descarte, iban quedando los más veteranos: allí sobre la mesa, todos mezclados, tornillos oxidados, clavos torcidos, tuercas con la rosca robada y arandelas baqueteadas, observaban a la distancia cómo sus ex compañeros de frasco iban a parar a una nueva cajita, más linda pero más chiquita, en la que ellos, los viejos y achacados, claramente no tenían lugar; no solo por tamaño, sino también por obra y gracia de la voluntad tendenciosa del tipo que, sin tener un manual a mano, sin respetar la historia, simplemente había abusado de su condición de humano para separar a los unos de los otros.

Una vez finalizada la tarea, y mientras los elementos salvados volvían al estante, los descartados terminaron cayendo, con un simple movimiento de mano, a la bolsa de la basura. El hombre salió de la piecita con la bolsa en la mano, mientras desde su interior solo se escuchaba un tintineo de metales, entre los que no llegaba a diferenciarse el lamento del tornillo:
- Esto no es vida- se quejó por última vez el anciano -no es vida...

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

