Rincon literario

Tristeza de la ciudad, hoy no quiero verte

Las lloviznas otoñales pueden ser muy lindas, o no tanto, dependiendo de cómo te agarren

Pablo Gómez domingo, 21 de abril de 2024 · 07:40 hs
Tristeza de la ciudad, hoy no quiero verte
Camino por una de esas calles de mi ciudad que están cercanas a las avenidas principales, pero un par de cuadras más allá, en donde solo el alumbrado público me priva de las tinieblas eternas Foto: Freepick.

La llovizna comienza a cubrirme con su triste manto, mientras camino por una de esas calles de mi ciudad que están cercanas a las avenidas principales, pero un par de cuadras más allá, en donde solo el alumbrado público me priva de las tinieblas eternas. Un pibe pasa pedaleando cuesta arriba, cargando una mochila con forma de cubo inmenso que va destruyéndole poco a poco la espalda, mientras él piensa que es socio de la multinacional que lo explota. En fin, si no fuera por la malaria, uno diría simplemente “sarna con gusto no pica”, pero no, pobre pibe, apuesto a que no tiene chances; y el ciclo se cierra como siempre, y el hilo se corta por lo más delgado.

Para aquel lado, a una distancia no tan lejana (podría hasta ir caminando si me diera el coraje) empieza la zona más compleja, en donde las casas ya no pasan de ser tan solo “soluciones habitacionales”, y los techos se llueven, y la comida no alcanza, y los niños húmedos y hambreados lloran en silencio, de sueño y dolor de panza, pero bajo un techo (pongámosle), a la espera de que los años transcurran, y puedan finalmente pasar hambre ya como hombres hechos y derechos, pero eso sí, sin llorar, que los hombres no lloran. Ahí al ladito, la abuela del pibe se está muriendo; no le pasa mucho, pero no da la cosa como para andar comprando remedios, y el turno se lo han dado para la otra semana, y no es culpa de la salita, lo que pasa es que no dan abasto, ya nada alcanza.

Yo era de ser del “Team invierno”, con mis camperas y mis estufas, mis paf y mis descongestivos, y mi techo en buen estado. Porque la verdad, es lindo ver lloviznar, y más lindo ver nevar, siempre que uno esté bajo un buen techo, bien abrigado y con una taza de chocolate caliente entre las manos. Pero bueno, la garúa nos demanda abrigos, aunque la frazada corta (nunca tan bien dicho) no alcance para ser ofrecida a todas las personas… Y ahí están, en esa solución habitacional acá cerquita nomás, el pibe que se desnutre un poquito más con cada comida que se saltea y la abuela con neumonía, y al parecer no les estaría dando
para esperar hasta que la cosa cambie, cuando todo indicaría que sí vamos a estar bien. De todos modos, en las estadísticas no son de salir las abuelas que tienen esas clases de “muertes naturales” y casi ni aparecen los pibes que tienen deficiencias de aprendizaje por falta de olla. Es que son pobres, y hasta hay quien dice que quieren ser pobres che, qué se le va a hacer.

Yo era de ser del “Team invierno”, con mis camperas y mis estufas, mis paf y mis descongestivos, y mi techo en buen estado.

Pero bueno ya volveremos a ser un país rico y próspero, en donde mientras uno se come el doble de lo que necesita, el del otro lado del cerco electrificado no come; y ahí sí que la cuenta nos va a dar bien: dos comidas, dos personas, da en promedio una comida por persona, y al parecer todos comen (aunque no comen) por obra y gracia de las estadísticas macroeconómicas.

Cuando yo era un niño (y aunque a mí nunca me pasó) se contaba por ahí que, cuando un pibe no quería la comida, su mamá le decía: -¡Comé o te lleva el hombre de la bolsa!

Y el pibe, asustado, masticaba mientras se imaginaba a un viejo sucio y andrajoso, con barba y totalmente despeinado, que lo agarraba, lo mataba, y lo metía en la bolsa para llevarlo vaya uno a saber dónde… Ahora sabemos que los hombres de la bolsa no son necesariamente viejos, y son de andar de saco y corbata, bien peinados y con su rostro recién afeitado y perfumado… eso sí, en el fondo nada cambia. Al compás del dólar y el Merval, día a día matan a decenas de niños que no comen.

La garúa se ensaña conmigo, ya no me está gustando. Me moja, me enfría: me vuelvo a mi casa. Pero no hay estufa que logre sacarme el frío de adentro, no hay ropa seca que aguante las lágrimas, no hay alimentos que me eviten el dolor de panza. Tengo de todo eso, sí, mi cuerpo descansa; pero mi alma se escapa, angustiada, hacia la mismísima nada.

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