CULTURA

Así es por dentro el Museo Fernández Blanco que esconde una colección única de arte hispanoamericano

En el barrio porteño de Retiro, los aficionados por el arte, la música y la historia podrán recorrer las salas del Palacio Noel, una de las sedes del mítico Museo.

Agustina Castro
Agustina Castro martes, 2 de abril de 2024 · 11:05 hs
Así es por dentro el Museo Fernández Blanco que esconde una colección única de arte hispanoamericano
El Museo Fernández Blanco se ubica en la calle Suipacha 1422 de Retiro Foto: Analía Melnik/MDZ

Caminando por la Ciudad de Buenos Aires, los ojos curiosos de cualquier turista y residente se quedan fijos, como maravillados, cuando toca apreciar la elegancia y la belleza de la arquitectura y del arte que se ostenta en la ciudad. Es que el eclecticismo arquitectónico impacta a cada recién llegado, como a aquellos que aún siguen conociendo las joyitas ocultas de la ciudad que siempre habitaron. A su vez, cada inmueble, sea llamativo por fuera, o no, cuenta con una historia fascinante, que data, en su mayoría, de décadas y hasta de siglos anteriores. Una vez que se abre la puerta de un edificio, uno se adentra en un mundo paralelo, donde la historia, el arte y, en ocasiones, la música, imperan.

Este es, sin dudas, el caso del Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco, un edificio histórico ubicado en el corazón del barrio de Retiro, que, al abrir sus magníficas puertas, da lugar a un recorrido histórico, musical y arquitectónico sin igual. El Museo recibe ese nombre en conmemoración al artista plástico Isaac Fernández Blanco que comenzó una invaluable colección artística en su hogar -que también se puede visitar como segunda sede del museo, en la calle Hipólito Yrigoyen 1420 de Congreso- y que, años más tarde, se llevaría al Palacio Noel, en calle Suipacha 1422.

MDZ se acercó a la sede del Palacio Noel, interesados por conocer a fondo su historia, así como las colecciones artísticas exhibidas en su interior. Allí, el director Jorge Cometti y el museólogo Gustavo Tudisco no recibieron con los brazos abiertos y miles de datos para contar. En el recorrido, que tuvo lugar una soleada mañana de marzo, pudimos distinguir el mítico jardín, las colecciones jesuíticas, la imaginería quiteña, la pintura altoperuana, la platería rioplatense, las devociones marianas y la exhibición de violines.

Museo Fernández Blanco: dos sedes, decenas de colecciones

El Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, en su sede Palacio Noel, se exhibe arte colonial hispanoamericano y una colección de instrumentos musicales. “Van a encontrar distintos tipos de disciplinas artísticas como imaginería, pintura, platería, textiles, joyería, entre todas las distintas manifestaciones del arte colonial”, manifestó Gustavo Tudisco en diálogo con MDZ.

Isaac Fernández Blanco vivió varios años en Europa junto a su familia, donde sintió la necesidad de adquirir una colección de instrumentos de cuerdas como violines y violas Landolfi, Guarneri, Mantegazza y Guadanini. De regreso en Buenos Aires, se emprendió a rescatar objetos coloniales como peinetones, mobiliarios, abanicos, platería, y mucho más. Así fue que nació, en 1907, en su casa, el primer museo privado de Argentina abierto para el público. “El museo abría dos veces a la semana, los días jueves y sábado. Eso se hizo cada vez más sistemático. Una de sus hijas era la que daba visitas guiadas”, evocó el museólogo.  

En 1922, Fernández Blanco dona su colección a la Ciudad de Buenos Aires y vende su casa a la comuna a un precio simbólico, con la condición de que el Museo, a donde sea que fuera a parar, siguiera llevando su nombre. Ahora bien, el cambio de sede al Palacio Noel se debe a los hermanos Noel, tal como lo explica Tudisco: “Diez años después, los hermanos Martín y Carlos Noel -Martín fue el arquitecto iniciador del movimiento neocolonialista en toda América y en España, y Carlos era intendente de Buenos Aires-, y construyen esta casa como domicilio privado para los dos hermanos”.

En la sede del Palacio Noel, el Museo exhibe colecciones del arte colonial hispanoamericano. Foto: Analía Melnik/MDZ

En el año 1936, los hermanos Noel también venden su casa a la comuna, dejando gran parte de su propia colección de arte colonial y español “con la condición de que haya un museo de arte colonial aquí y un instituto de investigación de arte colonial”. Enseguida, se hace la fusión de ambos museos gracias a la visión de Carlos Pueyrredón, cuando asume como intendente de la Ciudad de Buenos Aires. “Pueyrredón se da cuenta que tiene dos museos con el mismo tema: el Museo Colonial y el Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco. Entonces decide traer la mayor parte de la colección Fernández Blanco acá -Palacio Noel- y por el tipo de edificio neocolonial, ya que se cuadraba mejor con lo que se exhibía. En cambio, la casa Fernández Blanco es un palacio neorrenacentista típico de finales del siglo XIX”, sostuvo.

El Museo Colonial, ubicado en el Palacio Noel pasó a tener el nombre por el que se lo conoce en la actualidad. Un dato curioso es que Noel y Fernández Blanco se conocieron en vida, a pesar de ser de diferentes generaciones, puesto que se movían en la escena intelectual de la época y seguían la misma visión por coleccionar y estudiar el arte colonial como parte crucial de la historia hispanoamericana. Sin embargo, Isaac nunca vivió en el Palacio, ni se sabe si lo vio construir.  

Con el correr de los años, lo que fue inicialmente una unión de las colecciones de Noel y Fernández Blanco, fue creciendo, gracias a las donaciones de otros importantes coleccionistas. Luego, las colecciones del museo se fueron mudando a otros sitios hasta que, en el 2000, las dependencias del área de Economía del Gobierno de la Ciudad regresan la casa Fernández Blanco a pedido de los directivos del Museo, usándose, de ahí en más, como segunda sede.

Gustavo Tudisco es el museólogo del Museo de Arte Hispanoamericano. Foto: Analía Melnik/MDZ

Las salas del Museo: cultura de la selva, el mundo sur andino y la puerta del Atlántico

Martín Noel, arquitecto del Palacio que lleva su apellido, fue el mayor propulsor de movimiento nacionalista en la Universidad de Buenos Aires. “Que esta casa se inspire en toda la arquitectura colonial cusqueña, potosina, limeña y que tenga, también, elementos españoles, andaluces y castellanos, básicamente es una manifestación política de decir qué es la cultura argentina, de dónde venimos, qué es lo que hay que retomar, sobre todo, si pensás en el principio del siglo ‘20 donde, por ejemplo, en Buenos Aires la mitad de la población era extranjera. Entonces, había todo un movimiento de recuperación de las raíces españolas y americanas”, vociferó Gustavo.

Precisamente, en el interior del museo se percibe una unión de todas las culturas hispanoamericanas de la época colonial, por lo que la diversidad y la reivindicación de las raíces latinas toman protagonismo en los tres salones de colores estridentes. Por un lado, está el salón amarillo, conocido como La Puerta del Atlántico, que tiene que ver con la entrada de lo extranjero desde la época colonial al puerto de Buenos Aires. Según las palabras de Tudisco, se piensa a Buenos Aires como una de las ciudades más cosmopolitas del mundo: “Lo increíble es que uno cree que eso vino de la gran inmigración de fines del XIX y principios del XX, pero ya era una de las pocas ciudades junto con Potosí o México, llena de extranjeros no españoles”.

El arte jesuítico forma parte de la colección de la cultura de la selva. Foto: Analía Melnik/MDZ

Del lado derecho, se encuentra el salón rosado, color propio del mundo andino. “Ahí tenés toda la producción de lo que nosotros llamamos el mundo surandino, que es una región geopolítica que tiene su propia unidad en el mundo prehispánico durante la Colonia y, después de la colonia, va desde lo que es hoy Ecuador hasta Chile y el oeste de la Argentina y desde el Pacífico hasta las selvas orientales, ya sea el Amazonas, el Chaco. Era donde se extendió el Tahuantinsuyo, primero, el estado de Inca, y después el Virreinato del Perú”, enseñó el museólogo.

Finalmente, el salón azul representa la colección de la cultura de la selva, donde se pueden ver piezas del pueblo jesuítico guaraní de Paraguay, sur de Brasil, noreste argentino, y monkox chiquitano, que son los jesuitas instalados en el oriente boliviano. “Nosotros tenemos la hipótesis de que esos tres puntos, que son la puerta del Atlántico, el mundo surandino y la cultura de la selva, son las bases de la primera identidad cultural argentina. Todo eso se reúnen en la ciudad de Córdoba, porque en Córdoba era el final del recorrido del Camino de la Plata que venía de Potosí y estaba conectada con el mundo andino sin serlo. Córdoba es como el resumen de lo que es esa identidad argentina pre independencia”, declaró.

Colección histórica de violines: “Tocar los instrumentos antiguos es una forma de conservación”

Si bien en la mayor parte del museo, priman los objetos de la época colonial hispanoamericana, una sala rompe la regla. Es, precisamente, aquella que Fernández Blanco inició en sus viajes a Europa, comprando instrumentos cordófonos, siendo en su mayoría violines. “Tiene algunos pianos de principios de fines del siglo XVIII principios de siglo XIX, pero, sobre todo, tiene cordófonos y todos, por supuesto, responden al mejor momento de la producción de violines, que es el siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII, en el norte de Italia”, recordó Tudisco mientras recorría el salón amarillo.

Isaac fue músico y tenía su propio cuarteto, de allí su amor por ese arte. “La música fue su primera vocación antes de ser historiador y coleccionista. Se radicó cuatro años en Francia para que su hija mayor, Lía Fernández, tuviera una formación profesional”, dijo el museólogo, que, enseguida lamentó el fallecimiento de la joven en su adolescencia, sin haber podido terminar sus estudios: “Entonces él vuelve a Buenos Aires y funda un museo en memoria de su hija fallecida en París. En los periódicos de principio de siglo XX, él siempre habla de su hija como una gran violinista”.

La sala de los violines es una forma de honrar al padre y a su hija, motivo por el cual desde el museo trabajan constantemente en la conservación de los instrumentos que fueron donados siglos atrás, y que estuvieron por cincuenta años en el hall del Teatro Colón. Y, la mejor manera de conservarlos es tocando música con ellos. Por ello, el Museo Fernández Blanco organiza eventos con artistas consagrados que ejecutan las piezas con mucho cuidado y profesionalismo. “Los violines han sido restaurados y conservados por el mejor luthier que hay en el mundo, que es argentino, Horacio Piñeiro. Él vive en Nueva York, pero vino especialmente varias veces a lo largo de 15 años para ir restaurando, uno por uno, estos violines, y la mayoría suenan maravillosamente”, aseveró.

Los violines pertenecieron a músicos destacados de los siglos XVII y XVIII. Foto: Analía Melnik/MDZ

“Son tan nobles estas piezas, casi perfectas, que cuando los tratás un bien, te devuelven una música maravillosa. Hay conciertos especiales con los instrumentos más importantes. No todos se restauraron para tocarse, porque depende del valor de la pieza, pero los cuatro o cinco principales están preparados para ser tocados en todo momento. Además, tocar los instrumentos antiguos es una forma de conservación, a diferencia de lo que se cree. Pasa igual que las alfombras, que hay que pisarlas. Con los instrumentos antiguos es lo mismo. Si no los tocas, se deteriora; en cambio, tocándolos se mantienen vivos, porque son casi organismos vivos, ya sea por el tipo de madera, cómo se van dilatando, contrayendo. Todo eso tiene que ser vigilado y cuidado”, esclareció.

El peinetón, invento argentino que marcó tendencia en el siglo XIX 

Aquella persona que haya visitado el Museo Fernández Blanco alguna vez en su vida, sabrá que, en una sala del segundo piso, se mostraba una colección de muñecas antiguas. Mas, ahora, esa colección fue reemplazada por otra igual de interesante. Estamos hablando del peinetón del siglo XIX, invento creado en Buenos Aires, a diferencia de la tradicional peineta española. “La peineta española es vertical, mientras que el peinetón tiene forma de abanico o cola de pavo real. Este invento de Buenos Aires nace del crecimiento económico de la década de 1830. Se empiezan a abrir tiendas de peineros, los peineros fabricaban peinetas para las mujeres. A uno de ellos, a Mateo Masculino se le ocurrió poner los peines en la ventana de su negocio para que vinieran personas a comprar y, después, le empezaron a pedir unos más grandes. Y así se crea el peinetón”, vociferó el historiador antes de notificar que ese invento se puso de moda y se extendió hasta Uruguay, parte de Bolivia y Ecuador.

Inclusive, se dice que se llevó a exportar a Francia un cajón gigante de peinetones. Era un accesorio caro, por estar a la moda, pero que prevaleció entre los años 1829 hasta 1836. “Cuando uno piensa en una dama antigua o piensa en el peinetón”, razonó Tudisco.

Las devociones marianas en América Latina

Junto a la sala de los peinetones, se presenta la colección de las devociones marianas en América Latina, con el color verde fondo como representación de que se trata de un fenómeno cultural que incluye las tres regiones abarcadas en el Museo. Estas devociones forman parte de la tradición criolla de los pueblos americanos después de la conquista. “Hay toda una crisis de identidad muy importante durante los primeros 100 años de la colonia y. la primera identidad donde la gente empieza a reconocer su nacionalidad, sin pensar siquiera todavía en la Independencia, es en el culto mariano. Si uno piensa en México, la virgen de Guadalupe fue la primera forma de ser mexicano; lo mismo pasa con la Virgen de Copacabana en Bolivia; en Perú se da más con Santa Rosa, que no es la Virgen María, pero es como una copia humana de la Virgen María”, expuso.

Las devociones marianas se encuentran en la parte superior del museo. Foto: Analía Melnik/MDZ

También hay devociones marianas por regiones, algunos traídos de España, como los que son propios de América. “El primer lugar donde los criollos y los mestizos tuvieron altos cargos fue dentro de la Iglesia, cosa que el Estado no les daba. Estos cultos marianos tienen que ver con eso”, comentó Tudisco y agregó, ejemplificando: “La Virgen de las advocaciones múltiples porque está vestida con muchos títulos marianos, como la espada de la Dolorosa, la vela la Candelaria, el Rosario de la Virgen del Rosario, tiene el escapulario mercedario. Es como un resumen de las grandes devociones marianas que había acá en América”.

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