Rincón literario

La grieta cotidiana te hunde y te aplasta

Lo bueno y lo malo se enfrentan a ambos lados de la grieta, aunque cada vez es menos claro cuál de los lados es el correcto, si es que hay alguno que realmente lo sea.

Pablo Gómez domingo, 14 de abril de 2024 · 07:00 hs
La grieta cotidiana te hunde y te aplasta
Aunque hasta ahora había sobrevivido en el límite, estaba ahora cayendo junto con uno de esos pedazos de terreno que antes había formado parte de su lado. Foto: Freepick.

El tipo se hundía. Mentalmente, pero se hundía. Se desbarrancaba entre los bordes de la grieta, cada vez más ancha, al extremo de que le resultaba imposible de saltar, y humanamente complejo de sobrevivir en medio de ella, entre sus lados cada vez más ríspidos y más distantes.

-Es como que estamos divididos en tres grupos -pensaba el hombre mientras su mente derrapaba a las profundidades -en uno de los lados de la grieta están quienes se auto consideran buenos, mostrando sus brillos refulgentes, mirando a los de enfrente y
descubriéndolos en su oscuridad como claro ejemplo del error. Del otro lado, están quienes se auto consideran buenos, mostrando sus brillos refulgentes, mirando a los de enfrente y descubriéndolos en su oscuridad como claro ejemplo del error. Y en el medio, cayendo cada vez más profundo, los que vivimos en las distintas gamas de grises.

Se desbarrancaba entre los bordes de la grieta, cada vez más ancha, al extremo de que le resultaba imposible de saltar. Foto: Freepick.

El tipo sonrió para sus adentros al corroborar lo que su propia mente había armado:

-¿Ah, hay una frase repetida dos veces?.

Si, claro, así era la cosa: todos creían estar del lado de los buenos. Pero en definitiva, él seguía pensando en su problema, que no era solo de él sino de toda la sociedad, aunque era su propio ser, una vez más, el que había perdido a un amigo por culpa de la grieta. En su mente repasaba la discusión que había tenido recién con ese nuevo ex compinche, y recuperaba del recuerdo su fundamento más fuerte:

-La vida no es en blanco y negro, ni mucho menos las ideas; pero a medida que el tiempo pasa, vos está más y más convencido de tu verdad, cada vez más rodeado por quienes opinan igual que vos, y olvidándote de escuchar a quienes pensamos distinto.

Así ocurría, lamentablemente: la certeza absoluta de su amigo de sostener que tenía “la verdad”, de afirmar que estaba del lado de los buenos y que los de enfrente eran los malos, terminó por hacer calcados los discursos de ambos, al punto de que más de una vez, si se sacaban los nombres de los personajes involucrados, podía llegar a desconocerse de qué lado de la grieta estaba quien hablaba.

Pero ahora, ya desbarrancado, él estaba en el medio, cayendo en cuerpo y alma.

-“A los tibios los vomitaré de mi boca” dicen que dijo una vez un dios sobre la gente que es como yo -se replicó el tipo a sí mismo mientras pateaba amargamente unas piedritas -gracias che, acepto con alegría el lugar que me das en tu discurso, desde tu necesidad celestial de marcar claramente tus diferencias con los otros.

Pero la charla con su queridísimo amigo, que ahora era solo parte del pasado, le volvía a la mente a cada instante:

-¿Y si no es así, pero tampoco de la otra forma? -había retrucado él ante una nueva certeza absoluta que había salido de la boca de su interlocutor -¿y si hay que consensuar y mezclar un poco de esto con un cacho de aquello?

Las palabras dichas retumbaban en su cabeza mientras las lágrimas de impotencia caían por sus mejillas. Lucha de pobres contra pobres, eso era nada más (y nada menos).

-A mí me gustaría que fuera como yo quiero, pero en fin, convivo en esta sociedad con personas que claramente piensan diferente -había argumentado él hacía tan solo unos minutos -entonces, ¿qué hacemos, vamos como idiotas de un extremo al otro del péndulo, por los siglos de los siglos, o intentamos algo más parecido al consenso, aunque nadie quede conforme del todo? Quizá acordar resulte más aburrido, probablemente así sea. Pero qué se yo, podríamos probar, por las dudas, si total, la polarización extrema ya mostró sus limitaciones.

Pero sus palabras habían rebotado en su compañero, sin penetrar mínimamente en su interior. La grieta entre ellos se había ampliado y los bordes se desbarrancaban hacia el abismo. Y aunque hasta ahora había sobrevivido en el límite más cercano (o quizá menos lejano) a los de enfrente, él estaba ahora cayendo junto con uno de esos pedazos de terreno que antes había
formado parte de su lado. Mientras más terreno se desmoronaba, menos quedaban en pie entre quienes podían llegar a creer que los del otro lado tenían quizá algo de razón.

-Ellos son antipatria, ladrones, delincuentes, gente de mal, y nosotros somos las personas de bien -le había retrucado su amigo.

-Eso te va a durar hasta que empecemos a definir qué es el bien, y ahí te quiero ver - dijo el tipo entre lágrimas contenidas -vamos a terminar aislados unos de otros, en islas en donde nuestra verdad lo será todo, y en las que pensemos que tenemos de nuestro lado la razón absoluta, pero vamos a tener también la soledad absoluta, la disolución absoluta de la sociedad, de la cordura, y del respeto por lo diferente…

Mucho habían compartido en esta vida como para que no fuera posible lograr mínimamente empezar a acercarse nuevamente. Foto: Freepick.

El hombre, que hasta el momento había venido avanzado en una inexorable caída, frenó en su avance hacia la lejanía y finalmente se volvió sobre sus pasos: esa amistad bien merecía otra charla. Se secó las lágrimas con el antebrazo y arrancó nuevamente, en dirección contraria, hacia la casa de su amigo: quizá en definitiva no eran tan diferentes.

Y con esa convicción deshizo lo andado, hasta llegar a golpear en la puerta de la vivienda de su compinche de siempre, con miedo, pero no con poca alegría. Mucho habían compartido en esta vida como para que no fuera posible lograr mínimamente empezar a acercarse nuevamente, a tender puentes entre sus opiniones relativas, para intentar sacar adelante a la vieja amistad, y con ella, por qué no, a la sociedad en su conjunto. Sobresaliendo no ya por hundir a quien piensa distinto, sino poniéndose de pie y ayudando a subir la ladera a quien esté más abajo… quizá valía la pena intentar un nuevo punto de encuentro.

Pablo R. Gómez.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

 

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