Símbolos de la historia

Guerra de Malvinas: el escuadrón que se mantuvo en “secreto” durante casi 40 años

El brigadier retirado VGM Luis Alberto Herrera fue integrante del Escuadrón Fénix, que participó en la guerra de 1982. La misión que terminó en tragedia y un reconocimiento tardío a su labor.

Nicolás Montenegro
Nicolás Montenegro lunes, 1 de abril de 2024 · 07:01 hs
Guerra de Malvinas: el escuadrón que se mantuvo en “secreto” durante casi 40 años
Miembros del Fénix con uno de los aviones Lear Jet detrás. En total, cumplieron 440 misiones Foto: Luis Alberto Herrera

A las 4 de la mañana del 2 de abril de 1982, la vida de Luis Alberto Herrera cambiaría para siempre. Tenía 29 años e integraba la II Brigada Aérea con asiento en Paraná, provincia de Entre Ríos. Era teniente piloto de aviones de reconocimiento cuando, de pronto, su compañero de cuarto lo despertó a la madrugada con una noticia. “Están por desembarcar en Malvinas”, dijo el actual brigadier retirado recordando las palabras que escuchó. El veterano de guerra tampoco se olvidó de su respuesta: “Dije ´que macana, pero vamos a tener que ir´”.

A 42 años de ese momento, su espíritu comprometido ante el conflicto no parece haber desaparecido. Pese a que no es la primera vez que comparte su testimonio, el entusiasmo y la colaboración que muestra en la nota son reveladores, un símbolo de que no acepta la idea de que ya no hay nada nuevo que revelar sobre esta fecha. En ese marco, lo que contará el veterano piloto es sinónimo de emblema universal de la Fuerza Aérea Argentina: el Escuadrón Fénix.

“Nadie que se encontraba dentro de la Fuerza Aérea sabía el propósito de nuestras misiones. Éramos aviones secretos. No teníamos contacto con otros escuadrones ya desplegados”, relata Herrera sentado en un café al aire libre de Palermo.

Utiliza un servilletero para sujetar unas fotos en la mesa, frente al viento fresco que levanta una mañana otoñal. Son imágenes de aquella época, en una reconstrucción visual que mantiene vigente a los integrantes que fueron parte de ese escenario bélico. Ya sea en reuniones para planificar los vuelos o solo posando delante de los aviones, el piloto mantiene gratos recuerdos tanto de sus compañeros como de sus superiores: “Todos teníamos una excelente relación. Nunca hubo una reunión conflictiva”.

El escuadrón quedó constituido el 28 de abril de 1982 y fue la única unidad que estuvo conformada por personal militar (la Segunda Brigada Aérea) y civil. Estuvo a punto de nacer 4 años antes, cuando la crisis del Canal de Beagle llevó a la Argentina y Chile al borde de la guerra. La mediación del enfrentamiento detuvo al proyecto antes de iniciar sus operaciones.

Fue integrado por 133 hombres que, a bordo de 31 aviones militares y civiles -la gran mayoría Lear Jet privados-, protagonizaron “acciones de carácter secreto” durante la guerra de Malvinas. La dependencia de sus operaciones surgía de la Fuerza Aérea Sur (F.A.S.), que tenía su base y su Centro de Información y Control, en Comodoro Rivadavia. Además, también desarrollaba tareas desde otras bases como San Julián, Río Gallegos y Río Grande, entre otros puntos.

Herrera (primero desde la izquierda) en Rio Grande junto al Capitán Narciso Juri y el cabo primero Alejandro López. (Créditos: Luis Alberto Herrera)

Cómo eran las misiones

El 1 de mayo, cuando comenzaron los combates, el Fénix llevó a cabo siete misiones. En ese marco, cada avión Lear Jet 35A tenía una tripulación básica de un comandante de Aeronave, Copiloto y Mecánico de Aeronave. Para determinadas misiones, se incluía un Oficial de Reconocimiento Aéreo y un Suboficial con especialidad en Fotografía Aérea. 

Los Lear Jet eran de última generación, ya que contaban con modernos aparatos de navegación. Esto les permitía no solo ganar en velocidad y autonomía, sino también ser confundidas por las naves inglesas con aviones de combate. Por otro lado -y a diferencia de estas últimas maquinas- ninguna de las aeronaves del escuadrón estaba artillada y no contaba con paracaídas. Por eso, sus tripulaciones sabían que, en caso de ser alcanzados por el enemigo, no tendrían nada más que hacer.

Una nave del Escuadrón Fénix guiando a aviones Mirage M.5 Dagger a una misión. Era una de las tareas de la unidad. (Créditos: Luis Alberto Herrera)

“Volar siempre es riesgoso para el piloto y toda la tripulación”, sostiene el expiloto militar, uno de los que acumuló más misiones de vuelo de la Fuerza Aérea sobre las Islas Malvinas (26). Para él, había un “componente extra de riesgo” por la falta de equipamiento en comparación con el armamento británico. Además, varias operaciones se realizaban durante la madrugada, con “poca visibilidad” y donde “había que volar a ras del agua" para no ser detectados. Su único socio en el aire era el radar que operaba en Malvinas ya que los informaban de patrullas aéreas enemigas.

Por eso, cada integrante -que incluía también a mecánicos, fotógrafos y auxiliares- no fue ajeno a la tensión que significaba la puesta en marcha de cada misión: las camas vacías se fueron sumando y el silencio se instaló como una dura costumbre. Herrera piensa que fue clave descomprimir esa carga emocional mediante jornadas de mate, jugando al truco o con la escritura.

La historia en imágenes: Herrera mira al vicecomodoro De la Colina, jefe del Escuadrón Fénix.(Créditos: Nicolás Montenegro)

“Siempre tratábamos de que la tripulación esté contenta. Mientras que en vuelo buscábamos que se cumpliera todo el procedimiento, en tierra hacíamos chistes para descontracturar el ambiente. Había que predisponer a la persona que estaba al lado para no angustiarlos y que no entren en pánico”, recuerda.

Pese a todo, resalta que todos los miembros del Escuadrón Fénix estaban “altamente calificados”, además de que los pilotos habían tenido una “preparación especial” durante años para volar los aviones. 

“Para llegar a un Lear Jet teníamos que haber pasado por muchos otros aviones y entrenado con simuladores de vuelo en este modelo en los Estados Unidos. Éramos todos profesionales y de primera línea, que se prepararon muchísimo para estar ahí. Pese a que había gente joven, no había improvisados”, remarca.

Su relato se compagina junto a dos imágenes de la época con referentes de la aviación: una en Comodoro Rivadavia junto al Capitán Jacinto Despierre (con un mapa de las Islas Malvinas de fondo) y otra en Rio Grande con el Capitán Narciso Juri durante una fría mañana patagónica (“la pista de aterrizaje estaba congelada”, recuerda). “Eran excelentes pilotos", destaca.

19 de marzo de 1982. Un Lear Jet simuló una avería en su tren de aterrizaje. Faltaban dos semanas para el inicio de la guerra. (Créditos: Luis Alberto Herrera)

En total, alcanzaron 440 misiones: sus tareas incluyeron guiado de escuadrillas, de “diversión” (dejarse detectar por los radares ingleses para provocar el despegue de los Sea Harrier ingleses y determinar su punto de partida), de retransmisión de comunicaciones, búsqueda y rescate, patrullaje a lo largo de la costa patagónica y transporte de personal y armamento.

Previamente, hubo dos misiones secretas que realizaron los aviones del Escuadrón Aerofotográfico de la II Brigada Aérea de Paraná entre febrero y marzo de 1982. Mientras que la primera fue una serie de pasadas sobre la capital de las islas, la segunda pudo aterrizar en el aeródromo de Puerto Stanley: era el primer Lear Jet que llegaba ahí. “Fue el Tango 23 que iba a buscar personal de LADE (Líneas Aéreas del Estado). Pero en realidad, estaban haciendo fotografías de reconocimiento sobre las islas”, suma Herrera, quien todavía guarda un viejo artículo de Inglaterra sobre este episodio.

"Era una persona impecable", dijo Herrera sobre Rodolfo de la Colina (de pie en la foto), uno de los pilotos fallecidos el 7 de junio. (Créditos: Luis Alberto Herrera)

“Sabíamos que algo iba a ocurrir”: la fatal misión del 7 de junio

Hay una imagen en color sepia que pertenece a una de las reuniones de coordinación de los vuelos. De pie aparece el vicecomodoro Rodolfo De la Colina, quien parece escuchar con atención a uno de los pilotos presentes. Acerca de cómo lo recuerda, el veterano aviador exhibe un gran respeto por quien fue su jefe en Paraná. “Era una persona impecable y muy capaz, venia de volar los aviones Boeing. Muy calmo. Muy buen piloto y seguro de sus acciones”, define con precisión.

Precisamente, De la Colina fue uno de los cinco integrantes que estaba a bordo del Lear Jet LR-35 T-24 en aquella fatídica misión del 7 de junio. Ese día, el comodoro y parte de su escuadrón partieron en misión de reconocimiento y relevamiento fotográfico. Despegó a las 8 de la mañana desde Comodoro Rivadavia junto a otra nave, comandado por el primer teniente Eduardo Blanco. Desde Río Grande, se sumaron dos aviones: Herrera participó junto al comando del capitán Narciso Juri y el cabo primero Alejandro López.

Herrera señala el mapa de las Islas Malvinas. Fue en Comodoro Rivadavia junto al Capitán Jacinto Despierre. (Créditos: Luis Alberto Herrera)

La misión era para corroborar si los ingleses estaban construyendo una pista de aterrizaje para sus aviones. Los dos Lear alcanzaron un nivel superior a los 41 mil pies y enlazaron contacto con el radar de Malvinas. Hasta ese momento, recordó, la información que disponían era que los misiles ingleses tenían un techo de alcance de 40 mil pies.

Sin darse cuenta, estaban entrando en el alcance de los nuevos misiles Sea Dart, que superaban los 50 mil pies. Poco antes del ataque, recibieron interferencias de comunicaciones en inglés. Habían pasados unos minutos de las 9 de la mañana. “Sabíamos que iba a ocurrir, estábamos arriesgando demasiado”, dijo el expiloto al rememorar el hecho: solo a la excelente visibilidad de ese día pudieron observar las estelas de los dos misiles lanzados del buque inglés Exeter, desde la bahía de San Carlos.

El entonces teniente iba unas millas atrás cuando uno de los misiles Sea Dart impactó en la parte posterior del Lear Jet Tango 24. Cayó dando vueltas en tirabuzón en la isla Borbón, envuelto en llamas. “Me dieron, no hay nada que hacer”, fue lo último que dijo De La Colina.

 En 1995 se realizó el entierro de restos humanos hallados en el lugar donde impactó el avión. (Créditos: Luis Alberto Herrera)

Perdieron la vida el comandante, el Vicecomodoro Rodolfo Manuel de la Colina, junto con su tripulación: el copiloto, mayor Juan José Falconier, el aerofotógrafo capitán Marcelo Pedro Lotufo, el operador de comunicaciones suboficial ayudante Francisco Tomás Luna y el mecánico de aeronave suboficial auxiliar Diego Antonio Marizza.

Otra imagen que preservó nuestro protagonista: esta vez de 1995, cuando se realizó el entierro de los restos humanos hallados en el lugar donde impactó el Lear Jet. Sobre ese momento, destacó el reconocimiento de los ingleses a los caídos y agregó: “Ellos saben que hasta el día de hoy somos respetados en el mundo. Va a quedar en la historia”.

Herrera (en el centro) en la Base Aérea Militar de Morón. Fue en 2022, durante la ceremonia por el 110 aniversario del Día de la Fuerza Aérea. (Créditos: Luis Alberto Herrera)

Un reconocimiento que tardó casi 40 años

El vicecomodoro Rubén Román tomó el mando del jefe fallecido y el Escuadrón Fénix realizó algunas misiones más hasta que el 14 de junio, fecha de finalización del conflicto armado, fue disuelto. El ex aviador aclaró que nunca se rindieron, sino que fue el jefe de la Fuerza Aérea quien puso el alto al fuego. “Fui uno de los primeros que despegó y uno de los últimos en irme”, recordó.

Actualmente, los veteranos siguen en contacto e incluso dan charlas en los colegios para contar sobre sus vivencias. Además, se organizó una asociación civil en homenaje. Tuvieron que pasar 39 años para que la Fuerza Aérea los reconozca oficialmente como unidad: fue en abril de 2021, donde se estableció el 7 de junio como el día de conmemoración y homenaje a los caídos.

Para el veterano aviador, este gesto era necesario y remarcó que en los últimos años el rol de los excombatientes ganó importancia por iniciativa del brigadier general Xavier Isaac. Jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea entre 2020 y 2024, Isacc es hermano del reconocido piloto de Malvinas, comodoro (RE) VGM Gerardo Guillermo Isaac. “Su hermano era muy jovencito cuando participó (de la guerra). Él quiso que nosotros participemos de los desfiles, que demos a conocer lo que pasó”, explica.

Cuando dice que es necesario transmitir la importancia que tuvo el Escuadrón Fénix, se refiere a la idea de que sea recordado por “dar valor, profesionalismo y amor por la patria”, ganando el respeto de sus enemigos. Con bajo perfil y la simplicidad de un grande, el anhelo de Herrera es que el drama de la guerra y de los que no volvieron se transforme en un “sentimiento de unión para la nación”.

En la memoria de la Fuerza Aérea. Algunos de los integrantes del Escuadrón Fénix. (Créditos: Luis Alberto Herrera)

“Sabiendo que era un riesgo terrible, tratamos de hacer lo mejor posible para la grandeza de la Nación. Hay alumnos de la aviación militar, policía, gendarmería, armada, ejercito y personal civil que son patriotas. No nos fue bien en el conflicto, pero lo positivo es que dejamos un testimonio de patriotismo para las futuras generaciones”, sentenció.

La charla termina y mientras Herrera invita al mozo a tomar unas fotos de la entrevista, también le cuenta con entusiasmo la existencia de un escuadrón “del silencio” que cobra vida todos los años. Una proeza insignia que quedará en la memoria grande de las hazañas de la aviación.

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