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Vocación docente y la necesidad de hacer cambios en política educativa

La vocación docente es una inclinación natural y profunda por la enseñanza y el aprendizaje. Ser docente significa tener la responsabilidad de transmitir conocimientos, habilidades y valores.
Para ser docente, hace falta tener el perfil personal adecuado. Foto: Santiago Tagua/MDZ
Para ser docente, hace falta tener el perfil personal adecuado. Foto: Santiago Tagua/MDZ

Vocación docente ha sido definido, como concepto, como una “inclinación natural para dedicarse a la actividad profesional de enseñar, con entusiasmo, compromiso y confianza en el poder de la educación, dedicación especial y de servicio hacia los demás”. Qué interesante la definición: enseñar con entusiasmo, compromiso y confianza en el poder de la educación. Entusiasmo, como docente que tiene ilusión por enseñar y que el prójimo aprenda; Compromiso, como obligación contraída consigo
mismo – su profesión y con la educación.

Confianza en el poder de la educación

Esperanza firme que tiene el docente para que se logre el pasaje del no saber al saber, del no ser al ser, de poner en acto lo que está en potencia; en aquellos que están en la esperanza de aprender. Como definición es maravillosa. La realidad, como muy bien lo indica Zamora, todo docente vivencia una profesión “que, como el dios Jano, tiene dos caras que coexisten al mismo tiempo. Una de ellas es la satisfacción por el desarrollo de una vocación que genera muchos logros personales. La otra, la de una profesión preñada de malestares y dolencias que la sociedad no termina de percibir en su justa medida”.

Jano, uno de los dioses más interesantes en la mitología de la Antigua Roma, es representado bajo la forma de un ser con dos caras contrapuestas, que miran en direcciones contrarias.

El docente tiene la ilusión por enseñar y que el prójimo aprenda.
Foto: MDZ.

Los profesionales docentes no todos tienen vocación docente

Esto también es una realidad. Muchos profesionales, muy bien formados académicamente carecen de vocación, y lo compensan de manera sensata y prudente con la responsabilidad y el respeto hacia sí mismo y hacia el otro, en este caso el que aprende, brindando conocimientos y espacios de aprendizaje. Con relación a esta afirmación, también se observa en lo cotidiano que hay quienes ejercen estos espacios sin vocación docente y sin formación profesional.

García Garrido expresa claramente “No todo el mundo sirve para esta profesión, en contra de lo que tan a menudo se cree;
hace falta tener el perfil personal adecuado”. 

El docente con vocación, es aquel que domina su disciplina

A través de distintas metodologías, ofrece las herramientas necesarias a sus alumnos para que comprendan el mundo desde diversos lenguajes, aprendan a vivir con los demás y sean productivos en su vida y en la sociedad. Es aquel que logra desarrollar el pensamiento crítico en sus alumnos.

El docente con vocación, es aquel que domina su disciplina. Foto: MDZ.

Aquí la teoría sigue siendo ese “deber ser” que no se puede observar, en general, en lo cotidiano; vuelven las dos caras del dios Jano. La docencia se ejerce como profesión en una sociedad a cambio de un salario. Muchos que ejercen la docencia lo hacen por
vocación y otros, “dan clases” mientras consiguen un “mejor empleo” o hacen de la docencia una rutina sin brillo ni vida, intentan reproducir textos, ajustarse a programas, realizar lo mismo siempre, sin importar que la contraparte de la relación, los alumnos, son personas que merecen contar con profesionales con vocación docente.

El salario es un elemento clave para la motivación o “desmotivación” en la elección de la profesión docente, en la elección de
estudiar y formarse como docente, más allá de la existencia o no, de la vocación, del llamado o inclinación a dedicarse a la actividad profesional de enseñar. El salario, no es el único elemento, hay muchos otros. La consideración de la sociedad, el “serás lo que debas ser o serás docente” terrible y dolorosa frase que leí una vez en un mural de un profesorado.

Hay una investigación sumamente interesante del Dr. C. Expósito, realizada hace no mucho tiempo, en profesorados del Nivel
Superior de la Provincia de Mendoza, que en relación a los futuros docentes y la elección de la carrera pudo constatar, entre otros indicadores; “La elección de la carrera docente se da por motivos altruistas en la mayoría de los casos (vocación), mientras que un cuarto de la población (estudiantes de profesorados) refiere a necesidades pragmáticos (salida laboral). El 63% de los estudiantes mendocinos de profesorados, egresó del nivel medio hace más de 7 años y el 30% hace más de 10 años.

Un tercio de los estudiantes mendocinos fracaso´ en carrera/s anterior/es (una o varias carreras, antes de ingresar a un   profesorado). En la investigación del Dr. Expósito se comparan datos de la provincia, con datos nacionales y no varían  sustancialmente.

Estos datos duros llevan a pensar y cuestionar, si existe relación entre la vocación docente, los salarios, los motivos que llevan a
elegir la docencia como profesión y los resultados de los aprendizajes en los alumnos y, en consecuencia, la calidad de la educación en la sociedad.

Carlos Torrendel, secretario de Educación.

Como bien dice el nuevo Secretario de Educación de la Nación, Dr. Carlos Torrendel, en una reciente entrevista,  “nuestros docentes somos mejores que los resultados que obtenemos, en realidad el problema es la política educativa. El gran desafío es mejorar las condiciones laborales del sistema”. No es tarea fácil, pero es imprescindible realizar cambios sustanciales en el sistema, para que nuestros estudiantes puedan recibir educación de docentes con vocación docente.

Un sistema en el que los docentes que puedan ejercer su vocación, estando reconocidos socialmente, económicamente. Que los mejores egresados elijan la carrera como primera opción. Docentes que sean felices en su tarea y que la otra cara del dios Juno sea menos potente, menos fuerte que la cara de satisfacción propia del desarrollo personal al ejercer su vocación.

María Alejandra Oteo.

* María Alejandra Oteo, profesora y Licenciada en Ciencias de la Educación – UCA