A 42 años de Malvinas: eyección a 5 metros del suelo
El 2 de abril de 1982 alrededor de las 16h aterrizaron en el aeropuerto de Puerto Argentino, que ahora era la BAM Malvinas (BAM quiere decir Base Aérea Militar), cuatro aviones IA-58 Pucará, convirtiéndose en los primeros aviones de ataque en tocar suelo
malvinense, y con el destino de quedarse allí, conformando el Escuadrón Aeromóvil Pucará Malvinas.
El Pucará es un avión contrainsurrección (COIN), concebido para el ataque a tierra. En un escenario de guerra convencional, también puede ser muy efectivo como cazador de helicópteros y como apoyo de tropas terrestres, por eso utiliza turbohélices para
propulsión, ya que necesita poder operar a baja velocidad y altura. Cuenta con una gran potencia de fuego, compuesta por 4 ametralladoras FN Browning M2-30 de 7,62 mm que cargan 900 cartuchos cada una, y dos cañones de 20 mm Hispano Suiza HS 404 MK4 capaces de disparar 270 municiones cada uno, como armamento fijo. Además, cuenta con tres posiciones, una debajo de cada ala, y la tercera ventral, en donde puede llevar distintos tipos de bombas, y coheteras LAU 61, que cargan cada una 19 cohetes de 70 mm.
Además de la BAM Malvinas, también operaron en la BAM Condor, que se encontraba en Darwin, justo en la mitad de la Isla Soledad, en un istmo que une el sector norte de la isla, con el sur, llamado Lafonia. Desde allí los Pucará llevaron a cabo numerosas misiones de reconocimiento ofensivo, y de ataque a posiciones terrestres.
El entonces Mayor Carlos Tomba, que como su apellido lo indica, es mendocino, por aquellos días se encontraba en el segundo año del curso superior de la Escuela de Guerra y el 2 de abril lo sorprendió como a todos. A lo largo de su intensa carrera en la Fuerza Aérea, Tomba había sido instructor de vuelo, pero además, algo muy particular: piloto de pruebas en la Fábrica Militar de Aviones en Córdoba, actualmente FADEA.
Allí se dedicó a testear en profundidad a los Pucará recién salidos de la línea de producción, y también a realizar todo tipo de pruebas con el armamento que allí también se fabricaba por entonces, logrando incrementar y profundizar sus conocimientos sobre
ese sistema de armas.
A los pocos días de llegados los Pucará a la BAM Malvinas y a la BAM Condor, las bajas temperaturas y la salinidad del aire comenzaron a provocar un sinfín de problemas en los distintos y muy diversos contactos eléctricos de los aviones.
Paralelamente a esto, Tomba le confiaba a su esposa que quería cruzar, que debía cruzar, por lo que al enterarse de estos inconvenientes, supo que ellos serían la excusa perfecta para argumentar que con sus conocimientos del avión y su armamento, él podría colaborar con la solución in situ.
El 22 de abril su jefe no lo pudo ubicar, y de alguna manera supo en donde estaba. El Mayor Tomba tomó un vuelo de línea al sur y una vez allí se metió en un F-28 de la FAA y cruzó a Malvinas, en donde se presentó al Brigadier Castellanos, quien hizo intentos de retenerlo para su Estado Mayor, pero sin éxito.
El Mayor Tomba llegó a la BAM Condor para colaborar en la solución de problemas que ya habían sido solucionados, por lo que solicitó de esa forma en la que cuesta mucho decir que no, sumarse al escuadrón Pucará como piloto.

Había sido instructor de varios, y otros lo conocían también, por lo que no tuvo inconvenientes en integrarse. Incluso logró que unos kelpers le “presten” una moto para realizar reconocimientos en el terreno cercano a la BAM Condor.
El 1 de mayo fue testigo directo del ataque de los Harrier con que los británicos dieron inicio a las acciones bélicas (junto al bombardeo del aeropuerto de Puerto Argentino, la BAM Malvinas, ese mismo día). Vió caer las bombas beluga y el caos en el que murieron Jukic y los mecánicos y armeros que rodeaban su avión por despegar.
Debió asimilar con dolor que ya estaba en guerra, y también fue testigo el 4 de mayo del derribo del Sea Harrier piloteado por el Teniente Taylor por parte de la artillería antiaérea y variados disparos de infantería.
Durante todos esos días realizó numerosos vuelos de patrulla ofensiva, esto quiere decir, salir armado para explorar determinadas zonas geográficas en donde se sospecha que puede haber presencia enemiga, a fin de reportar información de ubicación y tipo de
presencia, y atacarla.
El día 21 de mayo, se tuvieron noticias del inicio del desembarco británico en Bahía San Carlos, al oeste de la Isla Soledad. Al mismo tiempo que el desembarco comenzaba, la fragata HMS Ardent abría fuego sobre la BAM Condor, intentando de esa forma aferrar a tierra a los Pucará. Las fuerzas argentinas detectaron que el fuego de artillería naval de la Ardent estaba siendo reglado desde alguna posición oculta en tierra cerca de la base, al sur, en la región de Lafonia.
Se alistaron entonces 4 aviones armados con sus ametralladoras, cañones y coheteras con el objetivo de buscar helicópteros en la zona del cerro Bombilla, y de buscar y atacar esas posiciones que estaban dirigiendo el fuego de artillería naval.

Los alistados bajo el indicativo “Tigre” fueron el Cap. Jorge Benitez en el A-531, el Teniente Néstor Brest en el A-509, el Teniente Juan Micheloud en el A-533, y el Mayor Carlos Tomba en el A-511. Saldrían en 2 secciones, la primera compuesta por Benitez/Brest y la segunda por Micheloud/Tomba.
La sección integrada por Micheloud y Tomba luego del despegue se dirigió hacia el cerro Bombilla, zona por la que volaron sin detectar presencia enemiga, por lo que giraron al oeste, hacia San Carlos. Al acercarse vieron el gran despliegue británico y comenzaron a recibir disparos desde tierra de las fuerzas adelantadas, incluso vieron las estelas blancas de dos misiles Stinger, que pudieron esquivar.
Fueron redireccionados antes de que pudieran marcar un blanco para atacar, dirigiéndose al sur a Lafonia, donde se tenía información de que los británicos estarían utilizando una casa kelper perdida en el páramo.
A los pocos minutos divisaron la casa y prepararon sus coheteras con las que hicieron fuego de manera simultánea los dos aviones, reduciendo a cenizas la casa en segundos. Al instante les ordenaron poner rumbo sudoeste para buscar otro posible puesto de
observación.
En ese momento de su vuelo, la HMS Brilliant que se encontraba en el estrecho San Carlos, los detectó en su radar y guió a una PAC (Patrulla Aérea de Combate) de Sea Harrier del Escuadrón 801, compuesta por los capitanes de corbeta Alasdair Craig y Nigel
Ward.
Cuando Micheloud y Tomba advirtieron que serían interceptados intentaron un brusco viraje rompiendo formación y se pegaron al piso. El Harrier de Craig enfiló hacia Micheloud utilizando la versatilidad que le daban sus toberas direccionables, pero el Pucará se internó rasante en un cañadon, obligando a Craig a utilizar toda su pontencia para evitarlo y no estrellarse contra las rocas.
Al mismo tiempo, Ward se lanzó en persecución de Tomba, quien se alejaba hacia el norte pegado al suelo. El Harrier hizo una primera pasada disparando sus cañones de 30 mm que lograron varios impactos en el avión argentino. Sin embargo, el Pucará continuaba su vuelo rasante. Una segunda pasada logró nuevos impactos a pesar de las maniobras evasivas de Tomba. Ward ya lo daba por muerto y esperaba verlo estrellarse o eyectarse, pero vio con asombro cómo seguía volando con dificultad.
Se preparó para una tercera ráfaga y esta vez impactó en motores y tanque de combustible, lo que tornó casi ingobernable al Pucará, que siguió volando. Años después Ward declararía que admiraba el valor de ese piloto que no quería abandonar su avión.
Una cuarta pasada logró que el Pucará se volviera incontrolable y comenzara a prenderse fuego en vuelo, por lo que Tomba comprendió que ya no podría recuperarlo y a 5 metros de altura tiró de la palanca de eyección.
El asiento de los Pucará es un asiento de eyección 0/0, esto quiere decir que el piloto puede accionarlo y lograr una eyección exitosa (en la teoría al menos), a cero velocidad, y cero altura. Tomba tenía presente esta capacidad al tomar la decisión de eyectar, como también sabía que la explosión lo elevaría 90 metros, que primero saldría un pequeño paracaídas cuya fuerza de frenado haría que el principal se desplegara y abriera, al mismo tiempo que un sistema automático cortaría las correas que amarran al piloto al asiento.
Todo esto lo sabía gracias a su entrenamiento, pero pudo comprobarlo solo al despertarse cuando tocaba tierra, ya que las brutales 12 G de la eyección lo desmayaron.

palanca de eyección superior. Foto: reconquista.com.ar
Ya en tierra, se quedó quieto esperando que se alejaran los aviones enemigos. Una vez que se alejaron poniendo rumbo de regreso a su portaviones, el HMS Invincible, Tomba se incorporó, verificó que estaba entero y buscó el rumbo hacia Darwin/Pradera del
Ganso, para regresar a la BAM Condor, distante unos 20 kms.
Luego de 7 horas de caminata y semi congelado, encontró una pequeña casa de madera, era uno de esos refugios ovejeros que utilizaban los kelpers. Comenzaba a anochecer y supo que esa pequeña pocilga le salvaría la vida. Entró y se abrigó con lo que pudo, que no era mucho, pero era suficiente.
Una hora después y cuando ya se aprestaba a pasar la noche refugiado en esas paredes de madera, escuchó un lejano ruido que creyó reconocer. Salió como pudo y disparó una bengala, rogando que fuera un helicóptero propio intentando rescatarlo. La bengala era parte de su equipo de supervivencia.

Era el Bell 212 matrícula H-85 al mando del Teniente Longar y el Teniente Brea como pilotos, y el Cabo 1ro Palacios como mecánico y el Cabo 1ro Quiñones como operador de carga, que desobedeciendo las órdenes de regresar a su base debido a la caída del sol y
la oscuridad nocturna, continuaron su búsqueda porque habían localizado al Pucará de Tomba. Vieron su bengala y se aproximaron lentamente hasta llegar a proximidades del refugio kelper, en donde pudieron recuperarlo y devolverlo sano y salvo a su base, en donde fue recibido con alegría por sus camaradas, en especial por los entonces Mayor Jorge Zaporta (su cuñado) y el Teniente Darío Rosas.
El 21 de mayo y en memoria de este rescate nocturno (los Bell 212 no tenían capacidad de vuelo nocturno) se conmemora el Día del Helicopterista, y el ahora Brigadier Carlos Tomba lo celebra con razón.
Luego de ese día agitado y lleno de experiencias que se convertirían en recuerdos imborrables, la guerra continuaba. Los británicos desembarcaron y un regimiento de paracaidistas, el Para 2, tuvo la misión de atacar Darwin-Goose Green.
Entre el 27 y el 29 de mayo la guarnición argentina combatió denodadamente y lo que había sido planificado por los británicos como una operación a resolver en 6 horas, debió lograrse a un alto costo en casi 36h, incluida la caída en combate del Teniente Coronel
Herbert “H” Jones, el británico de mayor rango caído en combate en toda la guerra.
Como no podía esperarse de otra manera, la abnegación y amor por su Patria hicieron que Tomba se incorporara a los soldados de Fuerza Aérea y de Ejército, y fusil en mano combatió como un infante más.
Luego del fin de esa batalla, fue “seleccionado” por los británicos junto a 11 oficiales más para ser prisioneros apartados del resto. Ellos se autodenominaron los doce del patíbulo, y fueron trasladados a instalaciones pequeñas e incómodas, hasta que días después fueron llevados a bordo de buques de la flota. Una vez terminada la guerra, fueron llevados al frigorífico abandonado de Bahía Ajax, en frente del Establecimiento San Carlos, adonde se unieron a otro grupo más grande de prisioneros.
Allí, su capacidad de comunicarse en inglés le permitió asistir al médico militar británico Rick Jolly (único Veterano condecorado por ambos países), en sus diagnósticos de heridos argentinos.
Su etapa como prisionero de guerra terminó con su cruce al continente el 14 de julio de 1982, por lo que fue parte de ese contingente de prisioneros que volvieron exactamente un mes después de terminada la guerra.

Televida.
Su carrera en la Fuerza Aérea continuó y su vida de posguerra fue posible gracias al amor y apoyo constante de su familia. Pasó a retiro en 1999 con el grado de Brigadier y es un activo divulgador de la gesta de Malvinas y los valores que los llevaron a él y a sus
camaradas a combatir como lo hicieron.
En las redes sociales hay numerosas entrevistas, solo basta poner su nombre y buscar para verlo contar sus historias y llenarnos de orgullo una vez más.
* Lic. Alejandro Signorelli, Investigador de la Guerra del Atlántico Sur.


