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Analía Kalinec: "Me encantaría que mi papá pudiese reconocer sus crímenes"

Es la hija "desobediente" de Eduardo Kalinec, excomisario de la Policía Federal durante el Golpe de Estado. En diálogo con MDZ, Analía contó qué la llevó a crear la agrupación Historias Desobedientes.
Analía Kalinec fundó Historias Desobedientes en 2017 Foto: Gentileza Analía Kalinec
Analía Kalinec fundó Historias Desobedientes en 2017 Foto: Gentileza Analía Kalinec

Uno de los períodos más tristes de la historia argentina reciente sucedía aquel 31 de octubre de 1979, cuando Analía Kalinec llegaba a este mundo. Tres años antes de su nacimiento, el 24 de marzo de 1976, había sido el inicio del último Golpe de Estado a manos de dirigentes que preferían llamarlo como “Proceso de Reorganización Nacional”, una dictadura cívico militar que provocó la persecución, desaparición, tortura, asesinato, secuestro de personas y bebés nacidos, y el exilio de miles de personas.

El final de la dictadura, en 1983, marcó el inicio de un movimiento social que se mantiene vigente en la actualidad, en reclamo de justicia por las víctimas del terrorismo de Estado y en contra de las violaciones de los derechos humanos. El lema “Nunca Más” se repetía en las calles, por aquellos que pedían que los responsables de tanto dolor recibieran la pena correspondiente por lo que hicieron. En consecuencia, cada 24 de marzo se conmemora el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

Pero no son solamente los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado los que se reúnen en esta fecha, acompañándose en un día tan movilizante. En los últimos años, también, los familiares de los genocidas se animaron a levantar sus voces y hacerse cargo de su propio rol en este capítulo de la historia. Así fue que, la misma Analía Kalinec decidió crear la agrupación Historias Desobedientes, en mayo de 2017, con el objetivo de que tanto ella como otras personas pudieran conectarse y cuestionarse el lugar que ocupaban sus respectivos padres y abuelos en la concreción de la dictadura.

Mirá el video de Historias Desobedientes

Analía es hija de Eduardo Kalinec, más conocido como el “Doctor K”, quien fue comisario de la Policía Federal durante el Golpe de Estado. El agente de seguridad trabajó en los centros clandestinos conocidos como Atlético, Banco y Olimpo. Eduardo lleva más de 18 años preso por haber cometido delitos de lesa humanidad, sin querer colaborar con la justicia al mantener, aún, silencio acerca del paradero de los desaparecidos. Hace años, quiso declarar a Analía, la segunda de sus cuatro hijas, como “indigna” para que no recibiera la herencia de su madre. En una entrevista exclusiva para MDZ, la licenciada en Psicología y maestra contó cómo pasó de tener un padre “normal” a enterarse de lo que hacía puertas hacia afuera.

¿Como veías a tu padre cuando eras niña? ¿Cómo era su relación?

Yo nací en el año ’79. Mi casa era la de una familia tradicional; mi mamá era ama de casa; papá, el que trabajaba; y las cuatro hijas -yo soy la segunda de cuatro hermanas mujeres, todas muy seguiditas en edad-. Como en la típica familia tradicional, estaba la figura del padre importante que es el que pone la ley, el padre proveedor; la figura de la mamá todo el tiempo referenciándose al padre: “De esto se va a enterar tu padre”; “lo tengo que hablar con papá”.  Estaba la figura del padre, todo el tiempo, engrandecida.

Y, después, era un clima armonioso. Todas las hermanas nos sentíamos contenidas emocionalmente. Este padre que, cuando aparecía los fines de semana o en vacaciones, era un papá afectuoso, un papá al que disfrutábamos en el juego, en las salidas y al cual también sabíamos que no teníamos que hacer enojar. Era ese padre muy querido al cual, uno tampoco quería defraudar. Queríamos estar siempre bien, tener buenas notas en el boletín, para mostrarle después a papá y para que no se enoje.

De niña, Analía se iba de vacaciones con la familia como cualquier otra persona. Foto: Gentileza Analía Kalinec

¿Vos tenías conocimiento de lo que estaba pasando y de lo que hacía él?

No tenía conocimiento, de ninguna manera. Yo era muy chiquita aparte. Cuando empecé la edad escolar, yo siempre vivía en círculos como muy endogámicos donde estas cosas no se trabajaban y menos en las escuelas a las que yo asistía. En mi casa mucho menos. No era un ambiente donde se discutía en la mesa o donde se veían los noticieros ni lo que se leía en los diarios, sino todo lo contrario. Era un ambiente muy chico, muy cerrado, donde había poco acceso y poca información a lo que pasaba fuera de la casa.

¿Cómo te enteraste? ¿Cómo reaccionaste al conocer las acusaciones contra tu padre?

Yo me entero cuando veo la noticia de que mi papá estaba preso, que fue como un baldazo de agua fría. Fue como un desconcierto total acerca de qué podría estar pasando, en pensar que seguramente se estaría tratando de un error, pensar en que todo se iba a esclarecer; siempre con la confianza de que mi papá es una persona buena y que seguramente nada de eso sería verdad. Entonces fue como un momento de mucho desconcierto cuando él se queda detenido.

Y, después, un trabajo muy doloroso de poder ir asumiendo su condición de genocida, a partir de empezar a interiorizarme un poco más con la causa de los testimonios de sobrevivientes y de empezar, yo también, a transitar mi vida adulta, en la universidad pública o en otros círculos sociales muy diferentes al familiar. Allí me fui encontrando con otros relatos y con otras historias.

La familia de Analía, cuando era una niña. Foto: Gentileza Analía Kalinec

¿Cómo fue tu proceso de pasar de verlo como un padre normal a un represor?

A mí me empieza a hacer un poco de disonancia cuando entro en la universidad pública. Por ejemplo, darme cuenta de que había gente que no era católica para mí fue un montón, porque yo nunca había estado por fuera de un ambiente que no fuera el católico. Entonces, ingresar a la universidad pública me empieza a hacer cuestionar un montón de cosas vinculadas a mi formación, a mi modo de crianza. Fue interesante también recorrer esos espacios.

Yo lo veía a mi papá policía con orgullo, como nos lo inculcaban en mi casa o en los círculos donde yo estaba. Pero, de repente, me di cuenta de que no era bien visto en todos lados. Entonces, esa mirada la empecé a percibir, mucho más acentuada, cuando los medios públicos empezaban a publicar el nombre de mi papá y noticias vinculadas a la causa, cuando se eleva la casa juicio oral o cuando sucede algún hecho dentro de la causa.

Yo empecé a sentir como cierta vergüenza o cierto temor de ser reconocida como la hija de. Si bien, no era algo que ocultaba, tampoco era algo que yo manifestaba abiertamente. Hasta el punto en el cual me entero de lo que hizo mi papá y asumo en su condición de genocida. Lo reconozco como tal, no como defensor de la patria, como él se presentaba, sino como un criminal de lesa humanidad.

En ese marco, yo ahí sí me vi compelida y sentí el impulso de explicar. Sentía que, si no lo decía, no estaba siendo honesta. Entonces pasé a tener que explicar: “Sí, mi papá está preso, pero yo pienso que está bien que esté preso”. Fue como pasar por distintas etapas.

En 2017, Analía fundó Historias desobedientes. Foto: Gentileza Analía Kalinec

¿Hubo alguna confrontación o charla con él luego de enterarte?

La última vez que lo fui a visitar a la cárcel, sin saber que iba a ser la última vez, él intenta justificarse diciendo que tenía que defender a la patria y que torturar gente era parte de su trabajo para obtener información. Y, después, en un juicio que me hace para declararme indigna y desheredarme de mi mamá, aparece otra vez como este mandato de que los hijos tenemos un deber de honrar a los padres. Este mandamiento mi papá, incluso, lo pone en su alegato final, como reprochando eso, poniéndome en el lugar de ser desobediente a los mandatos familiares como algo malo, mal visto.

¿Cómo llega la necesidad de fundar el colectivo de Historias desobedientes? ¿Qué buscan transmitir?

El nombre de Historias Desobedientes surge de un escrito mío, algo autobiográfico. Una compañera que tenía un tío desaparecido, me deja un comentario en Facebook diciendo “qué buenas esas historias desobedientes que le contás a tus alumnos”. Yo estaba haciendo referencia a un cuentito que nos relataba mi papá cuando éramos chicas, que hablaba de "Colita de algodón", que era un conejito muy picarón y que, por desobediente, se cae y se lastima. Está esta cosa que se ha reforzaba, incluso inocentemente, en un cuento para niños, de que, si uno desobedece, se lastima.

Entonces, en ese escrito que publico en las redes, yo digo que ese cuentito ya no se lo cuento más a mis hijos ni a mis alumnos, sino que busco otras historias donde los protagonistas cuestionan, preguntan. Entonces esta compañera de trabajo, que también era maestra y a veces me escuchaba como narradora, me dice “qué buenas esas historias desobedientes que le contás a tus alumnos”.

En el año 2017, yo ya había armado una página en Facebook que se llamaba Historias Desobedientes, donde subía cuestiones mías, autorreferenciales y de reflexiones personales. El grupo toma ese nombre como nombre creativo y artístico, y se constituye como nombre de la agrupación de común acuerdo. Se funda el 25 de mayo del 2017. Tiene su correlato con ese argumento de la obediencia de vida que tanta impunidad trajo durante tantos años, al contrarrestar la desobediencia, como un deber de desobedecer frente a los mandatos criminales, los mandatos de silencio o las órdenes cuando son contrarias a la dignidad humana. Se habla de un deber de desobediencia contrario a ese deber de obediencia que ellos esgrimen como argumento.

Foto: Gentileza Analía Kalinec

¿Cómo fue la respuesta de los organismos de derechos humanos a su iniciativa?

Por parte de los organismos de derechos humanos y de algunas víctimas que en particular se han acercado, primero nos recibieron con asombro y con perplejidad. Y, después, con mucho beneplácito, en esto de decir “nuestra lucha tuvo sentido porque si los propios hijos están reconociendo estos crímenes, quiere decir que la verdad pudo trascender frente al negacionismo, frente a los discursos de odio”. Que haya habido juicios, que haya habido sentencias, que haya habido condenas, habla de una sociedad que siempre siguió trabajando para que la memoria, la verdad y la justicia prevalezca.

Y eso es lo que hace que Historias Desobedientes pueda existir. Que la propia sociedad haya podido traspasar los muros de silencio que imperan dentro de estas instituciones como son las fuerzas armadas y de seguridad, y dentro de estas familias, habla muy bien de la construcción social que hicimos en materia de derechos humanos. Las víctimas creo que han transmitido cierto alivio e, incluso, lo han visto como un acto de reparación de emergencia a este colectivo, como algo bueno.

¿Cuáles creés que fueron las consecuencias de romper vínculos con tu papá a nivel familiar?

Por parte de los familiares de los genocidas, en mi familia mi mamá -que ya falleció- también tenía sus reproches; dos de mis hermanas también me hacen juicio junto con mi papá. Pero, las siguientes generaciones, como los hijos de mis hijas o mis propios hijos, empiezan a tener otras referencias, otros cuestionamientos para poder ver que no hay una sola versión o no hay una sola forma de contar la historia, sino que hay distintas y que uno, en última instancia, tiene que optar dónde se para frente a los distintos relatos.

El costo emocional es en términos familiares. Imaginate que tu propio padre y tus hermanas te hagan un juicio para declararte indigna y desheredarte de la herencia de tu mamá, en el fondo, lo que hace es reproducir la lógica de pensamiento que ellos proponen: “No pensás como nosotras, te eliminamos de la familia”. Este pensamiento es el que llevó a que tengamos 30.000 desaparecidos. Es el pensamiento de derecha, el pensamiento neonazi, el pensamiento extremista que entiende esto: “Nosotros somos dueños de la verdad; hay que proceder de determinada manera y el que no lo hace está equivocado, hay que eliminarlo”.

Es la imposibilidad de aceptar la diversidad, hasta en distintas formas de escribir. Bueno, ahora que están prohibiendo el lenguaje inclusivo, me parece que tiene que ver con ese pensamiento autoritario, quizás retrógrado hasta anacrónico, que está vigente y que todo el tiempo busca conservar estos modos que tanto daño hacen a la humanidad y que benefician a un sector que busca conservar sus privilegios.

Analía es licenciada en Psicología y profesora de Enseñanza Media y Superior en Psicología. Foto: Gentileza Analía Kalinec

Sabemos que es difícil enfrentar a toda una familia y sus mandatos de lealtades. Pero, también entendemos que muchas veces sostener esos silencios o querer mirar para otro lado y hacer de cuenta que no pasa nada frente a la gravedad del crimen, también tiene costos muy altos. Entonces, buscamos espacios alternativos, de contención, talleres de escritura, espacios de reflexión al interior o colectiva, la militancia también como forma de tramitación de la propia historia, que hacen que nosotros podamos transitar mejor nuestra propia historia.

¿Creés que él se arrepiente en algún punto?

Él está lejos de lo que uno podría esperar. Después de haber tenido una sentencia, de haber cumplido una condena, de haber tenido a toda una sociedad que lo ha señalado como responsable, está lejos de poder asumir que lo que hizo está mal. Por eso pensamos en la prisión domiciliaria o las salidas transitorias como contraproducentes frente a estas estructuras que siguen creyendo que están bien. Además de que siguen reteniendo información acerca del destino de los desaparecidos, acerca de los bebés nacidos en cautiverio. Es un daño que eligen seguir generando desde un lugar del mal, desde un lugar cruel, desde un lugar perverso.

A mí me encantaría que mi papá pudiese reconocer sus crímenes, contar lo que sabe, poder abrirse, poder pedir perdón; aunque podamos decir que es imperdonable lo que estas personas hicieron, me parece como una posibilidad de acercamiento a él. Mientras esto no suceda, el encuentro es innegociable. Lo que él ha hecho en este tiempo es reconocer más su postura, incluso presentar argumentos tergiversados desde los lugares muy oscuros, que lo vuelven a posicionar en este lugar de crueldad que tanto me aleja de él.

No estoy en diálogo con él. Lo que nosotros decimos en Historias Desconocidas es que el vínculo que nosotros tenemos con los genocidas como familiares que somos, como hijos biológicos o como nietos, como sobrinos o como hermanos, no nos exime. Más allá de algún vínculo, de cariño que pueda existir y que es genuino, eso no nos exime de reconocer la gravedad de los crímenes y de denunciarlos también. Me parece que el trabajo que tenemos que hacer los familiares de los genocidas es el de asumir qué responsabilidad tenemos y qué rol cumplimos dentro de la construcción de la memoria colectiva.

Hay hijos de genocidas o familiares de genocidas, como Victoria Villarruel, que eligen pararse del lado obediente del genocidio, donde lo que hacen es reproducir estas lógicas sin poder discriminar los deberes de silencio y de lealtad familiar, que muchas veces se impone, contrario al deber ético y social de defensa de la divinidad humana y de los derechos humanos.