La recompensa, un cuento para cortar la semana
Fernán Vicente Hernández había nacido en la ciudad de Pergamino, en la Provincia de Buenos Aires, en octubre de 1912. Destacado alumno, terminó sus estudios secundarios en la ahora centenaria Escuela N° 16, Gral. José de San Martín.
Te puede interesar
La Vendimia reparte amores, entre estrellas y oscuridades cómplices
Orgulloso pergaminense, hervía de rabia cuando algún pícaro leído se burlaba de “La Dormida”, curioso nombre con el que también se conocía su lugar de origen. “¿Cuántos parajes y pueblos pueden jactarse de haber sido descanso y solaz de los héroes de la Independencia a sólo cuarenta y pico de leguas de Buenos Aires?”, repetía furioso. Luego, acometía con una serie de improperios que había aprendido de chico y que le resultaban particularmente apropiados para mandar al diablo al atrevido en cuestión.
Pasados los años y ya doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires, se interesó especialmente en el movimiento científico que lideraba el Dr. Enrique Romero Brest, quien entre debates y congresos en Buenos Aires y París, se codeaba entre otros con el Barón Pierre de Coubertin -pavada de codo diría mi abuela-, y contribuía en la fundación de los principios de una educación física moderna en la Argentina.
En esto estaba el Dr. Hernández, y con el paso del tiempo se transformó en un fiel discípulo de Romero Brest.
Volviendo a Coubertin sólo nombrarlo es decir olimpismo, y con ello el acontecimiento deportivo más importante del mundo, con todas sus aristas culturales, y entramados políticos que han sido y serán historia.
Los primeros juegos de la era moderna, en Atenas 1896, despertarían un monstruo de semejante magnitud que ni el mismísimo Julio Verne con su desmesurada imaginación, podría haber soñado. El propio capitán Nemo sería capaz de abandonar su subacuático ostracismo sólo para presenciar este acontecimiento tan fantástico como la enigmática Atlántida que él perseguía.
Volviendo a nuestro Dr. Fernán Hernández, se había convertido, a la manera de los naturalistas de fines del siglo XIX, en un estudioso crónico, siempre atento, tomando notas o dibujando. Esta última práctica la había adquirido a partir de los trabajos de un
notable misionero jesuita, Florian Paucke, quien poseía la admirable habilidad de ilustrar todo aquello que hubiese pasado por sus ojos. Hombres, animales, plantas, construcciones y paisajes. Todo ello guardaba en su memoria y volcaba al papel con la fidelidad de una fotografía, finísimos detalles y colores que sólo él había alcanzado a identificar. De esta manera llevaba un registro lo más riguroso posible de aquellas novedades que las tierras de Colón dejaban ver para el asombro de los conquistadores.
Siendo el Dr. Hernández un hombre de ciencia, se había convertido también en un ciudadano del mundo. Respetado en varios ámbitos, de una cultura exquisita, comenzaba a recorrer el planeta al ritmo de congresos, conferencias, cursos y cualquier ocasión posible de completar el colorido álbum de su pasaporte.
Respecto a su vida personal, permanecía soltero, no obstante no podría darse fe de que no tuviese descendencia, y si así fuera, de qué parte del globo provendría.
Era de aquellos hombres que entendían que la relación fe y razón superaba la mismísima Física. Las concebía paralelas, aunque sin punto de contacto ni aun en el mismísimo infinito.
No quisiera con esto pretender que las cuestiones morales son exclusivas de aquellos que profesan una fe religiosa, pero a mi modesto entender y a diferencia del pergaminense, estimo que el punto de encuentro entre la conciencia y la moral es bastante más cercano que el mismísimo infinito al que negadoramente él apelaba.
Todo aprecio y admiración que pudiera generar esta particular figura de Fernán Hernández, no lo excluye, por elevada que fuera su estatura intelectual, de “las generales de la ley”. Dicho esto, la teoría de las paralelas que nunca se juntan, lo eximía a su juicio de algunas normas morales, cuestión que le quedaba tan cómoda a él en su vida personal como a Isidoro Cañones en sus célebres historietas.
No era hombre de fortuna. Siempre invitado, viajaba por el mundo y se alojaba y comía en sitios bastante más acomodados que el ejercicio de su profesión de médico le hubiera permitido en Buenos Aires.

Cierto es decir que no había olvidado su Pergamino natal. Mantenía una nutrida correspondencia con sus dos hermanas, Rosaura y Felicitas, ambas considerablemente más jóvenes que él, aunque todavía solteras.
Respecto a sus amigos, su naturaleza inquieta y sus particulares intereses, tan lejanos de los propios de la edad escolar, no lo habían ayudado a hacer amistades, aunque guardaba algún aprecio especial por Carlos Urretazabala, aquel compañero de clase
que generosamente asumía como propia cuanta obligación pendiente dejaba Fernán.
No quedaron rastros muy precisos del médico entre el 42 y el 45. Tampoco necesariamente debería haber ocurrido algo tan significativo como para guardarlo en la memoria y eventualmente traerlo a este relato.
Pero a comienzos del 46 podría decirse que retomó su vida pública.
Recaló nuestro doctor Hernández en Checoslovaquia, más precisamente en la ciudad de Praga. Hasta allí, nada particular para un hombre de ciencia que recorría el mundo con un programa revolucionario en Educación Física.
Pero un hecho de una magnitud insospechada cambiaría radicalmente toda esta historia. El Dr. Hernández había sido reclutado y entrenado por el servicio de inteligencia de la entonces Unión Soviética.
La URSS sabía que Checoslovaquia no era una presa fácil, para doblegarla necesitaría mucho más que su poderío militar. La experiencia de la anexión de la Rutenia Sucbcarpática, había dejado en el Kremlin algunas heridas profundas.
En este contexto, las tareas de inteligencia adquirieron una importancia determinante.
La misión de los agentes rusos era reclutar a los más destacados en ciencias, letras, artes y en cualquier manifestación cultural que otorgase a estos notorios algún predicamento sobre la población checa. Luego, con poco tiempo y riguroso profesionalismo habría que adoctrinarlos en las ideas marxistas. Ya llegaría el tiempo de recoger esa siembra.
En el caso de Hernández, y más allá de las tareas propias de cualquier informante, su misión particular era vincularse con el mundo del deporte.

En aquellos tiempos, las medallas olímpicas despertaban un enorme fervor popular, traducido inmediata y naturalmente en los más acendrados espíritus nacionalistas. Claramente los Juegos tenían un volumen político que había que capitalizar. Si no lo hacía uno, lo haría otro.
Este último aspecto representaba el gran desafío que se le había encomendado a Hernández, hacerse dueño de ese ungido, de ese notable que un pueblo tan orgulloso de su identidad como lo es el checo, llegara a divinizarlo.
Considerando las circunstancias, no tenía el médico pergaminense la menor posibilidad de error. Su jugada de ajedrez, su jaque mate, sería “arrebatarle” la medalla olímpica a Checoslovaquia, en favor de aquel atleta que la hubiera logrado. Había que construir
un becerro de oro, para que el pueblo adorara. El nombre suplantaría a la bandera.
Pero no podía ser cualquier “nombre”. Ese objeto de culto, ese dios pagano, habría sido previamente una inocente víctima del paciente adoctrinamiento de la inteligencia soviética. Entonces, la palabra de ese héroe nacional, lograría más predicamento que
cien libros de historia checa. Claro que estaría lo suficientemente bien entrenado por el médico argentino, como para decir lo que debía, en el momento que correspondía.
Era un trabajo profesional y artesanal al mismo tiempo. Como bien sabemos, Fernán era un hombre inteligente, y a todas sus capacidades naturales y el rigor de su carrera, se añadía la preparación mental, técnica y física que recibía sistemáticamente un
agente soviético.

Literalmente el doctor Hernández se había convertido en una misión ordenada a una causa. Poca o ninguna humanidad quedaba en él. Ninguna espontaneidad, sólo cálculo y ficción. Ya no era un hombre de ciencia, era un espía, un informante, una caricatura
de ese médico nacido en Pergamino y lanzado al mundo por sus investigaciones en la Medicina aplicada a la Educación Física.
Lo habían vaciado. No tenía patria, pasado, familia. Era sólo un eslabón de una cadena tortuosa, que despersonalizaba, deshumanizaba y destruía todo a su paso.
Mientras tanto, en el mundo del deporte destacaba un tal Emil Zátopek, un atleta fantástico que ya había logrado records y medallas en múltiples competencias. De hecho, en los Juegos Olímpicos de 1948 había obtenido la medalla de oro en 10.000 metros y la de plata en 5.000.
Volviendo a Hernández, pasados seis meses de su llegada a Praga, ya había logrado algún predicamento en el mundo del deporte y la medicina aplicada, lo cual le permitió formar parte del equipo técnico del atleta.
El médico hizo todo lo que estaba a su alcance para acercarse a Zátopek, todo menos aquello que pudiera ponerlo en evidencia.

Para 1952 Emil ya había deslumbrado al mundo. Fernán había utilizado todas sus herramientas para influir fuertemente en él para convertirlo en un hábil estandarte de la propaganda soviética.
El checo se preparó para correr los 5.000 y 10.000 metros, dos carreras de pista, tan exigentes física como mentalmente. Puede resultar extraño a los oídos de quienes no conocen el fascinante mundo del Atletismo, pero para estas pruebas se entrenan y
ejecutan tácticas y estrategias. Nada puede salir mal, las distancias son cortas y largas al mismo tiempo. Cualquier error, en cualquier tramo, puede ser garantía de fracaso.
Qué decir del maratón, 42 kilómetros y 195 metros, la distancia que recorrió Filípides para anunciar en Atenas la victoria sobre los persas en el monte Maratón. Una prueba para pocos y sobre todo, radicalmente distinta a las otras dos que también correría.
Fue en los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952 donde consiguió que su nombre pasara a la historia del atletismo, tras vencer en el plazo de una semana, en 5.000, 10.000 metros y en el mismísimo maratón.
Aun hoy Zátopek es una de los atletas más importantes de la historia.
Un elemento no menor es que Emil era oficial del ejército. De alguna manera, y en el mismo sentido de influir con un discurso propio que lograse poner a un costado el sentir nacional en la población civil, lograr cierto predicamento entre la oficialidad del ejército, podría allanar los caminos a una Unión Soviética dispuesta a avanzar sobre toda Europa del Este.
El desafío iba en creciente aumento, pero de lograrse, y así lo entendía Hernández, sería una misión perfecta.
Finalmente Zátopek era checo, de lo que estaba profundamente orgulloso. Nunca se doblegó realmente ante las maniobras del espionaje soviético. Más aun, en algún momento tuvo la lucidez de dudar de la figura de Hernández.
La paradoja es que este admirable atleta pasó de ser un militar con honores, a un barrendero. Tal el castigo que le propinó la URSS por su participación antisoviética en la Primavera de Praga.
Del médico pergaminense nada se supo después del 53. No es precisamente necesario ser un agente de inteligencia para intuir que habrá pasado el resto de su vida, si es que no la perdió, en la cruda Siberia.
Hernández había asumido un desafío demasiado grande, mucho más que su novedoso y científico modelo de Educación Física moderna.
Pasados muchos años, ya en la actualidad, todo este extenso relato, con mayor o menor detalle, repetía en cada curso nuestro profesor de Historia, so pretexto de introducir dos de sus temas preferidos, la historia del deporte y su influencia en la Guerra Fría.
Un día cualquiera Carlos Urretazabala, nuestro profesor de Historia, el mismo que cancelaba cuanta obligación pendiente hubiera dejado su entrañable amigo Fernán Hernández, cometió algunos errores fundamentales en el relato.
Todos conocíamos esta historia, aun antes de cursar la materia, por lo cual la menor distorsión habría sido advertida.
Fernán era en cierto sentido un héroe pergaminense. No importaba si había fracasado o no en su misión de agente soviético, el caso es que había logrado ser un personaje de notable importancia en términos científicos y a nivel internacional.
Aquella foto que accidentalmente mostró Urretazabala, y en la que con mucho orgullo identificó al Dr. Hernández recibiendo, según él mismo relató, la Orden de la Legión de Honor de la República Francesa en 1952, obtenida por “su invaluable aporte a la
Educación en más de veinte a su servicio en París”; fue lapidaria.
Fernán Hernández era un científico de renombre, pero nunca había sido un agente soviético.
Nos decía luego un profesor de Psicología: “engañarse a sí mismo es un acto voluntario destinado al fracaso. ¿Quién podría obtener algún beneficio de la distorsión voluntaria de la realidad? Para peor, la repetición sistemática de este tipo de argumentos falsos desdibuja las referencias y provoca una gran confusión entre la única verdad y la construcción de otra, que nunca será la primera. No obstante, existen determinadas situaciones de esta naturaleza que admiten un tratamiento distinto, menos riguroso. Si
bien son una representación, un recorte, una nueva versión; no buscan ventaja, en su mayoría son inocentes, y hasta románticas en el sentido épico”.
Días después, los más grandes nos reunimos con nuestro profesor de Historia. Sin someterlo al ridículo le pedimos que nos ayudara a entender qué había pasado realmente. ¿Por qué alguien, quizás él mismo, había pensado una trama tan intrincada para un relato que aparentemente tampoco necesitaba ser reinventado? Recordemos el prestigio que tenía Hernández, para qué inventarle una vida que no había sido la suya.
Un poco avergonzado nos contó que siempre había soñado ser espía, que todo el misterio de una vida secreta lo fascinaba, que la narrativa de la Guerra Fría le resultaba extraordinariamente interesante.
Por último, con una media sonrisa nos dijo que quizás esta historia, ficticiamente protagonizada por su amigo, le había permitido en cierto modo, recibir en recompensa algo de todo lo que él había hecho siempre por Hernández.

* Mariano D'Onofrio, docente. [email protected]

