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Atentado a la embajada de Israel: el recuerdo de un sobreviviente, 32 años después

Martín Goldberg tenía 22 años cuando una camioneta colmada de explosivos se estrelló contra el edificio ubicado en la esquina de Suipacha y Arroyo. Su historia y el pedido de justicia.
Así quedó el edificio donde funcionaba la Embajada de Israel en Argentina Foto: Archivo MDZ
Así quedó el edificio donde funcionaba la Embajada de Israel en Argentina Foto: Archivo MDZ

El 17 de marzo de 1992 una camioneta Ford F-100 colmada de explosivos se estrelló contra un edificio ubicado en la esquina de Suipacha y Arroyo, en la ciudad de Buenos Aires. En ese edificio funcionaba la Embajada de Israel y la camioneta era conducida por un terrorista suicida. El reloj marcaba las 14:47 horas cuando Martín Goldberg sintió la explosión. 32 años después, él, las familias de las 22 víctimas fatales y los más de 250 heridos que dejó el atentado, siguen aguardando que se haga justicia.

Martín tenía 18 años cuando ingresó a trabajar en la sede consular del Estado de Israel. A los 22, su vida cambió para siempre. “Era un día normal. Vivía en un departamento con tres funcionarios más de la embajada, tres amigos israelíes. Teníamos mucha joda, mucha actividad. Éramos jóvenes, así que laburábamos y nos dedicábamos a pasarla bien y a estudiar en la universidad”, relata a MDZ.

Eran las 8:15 de la mañana de un martes como cualquier otro en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires cuando el entonces joven empleado administrativo ingresó al edificio en que se desempeñaba hacía 4 años. Ese día, estaba programada una conferencia de prensa que protagonizaría un diplomático israelí con el objetivo de informar sobre los avances de los Acuerdos de Oslo, la serie de acuerdos que firmarían a partir de 1993 el gobierno de Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en la búsqueda de una solución pacífica al conflicto que mantienen hasta hoy. La actividad estaba agendada para las 10 de la mañana y se realizó con total normalidad. “No teníamos noción que en Argentina podía ocurrir lo que ocurrió, no estaba dentro de las posibilidades ni de los pensamientos de nadie. Pero ocurrió”, sostiene Martín.

Una de las últimas fotos, antes del atentado.
Foto: gentileza Martín Goldberg

Por aquellos días, el orden y la tranquilidad de la embajada israelí se habían visto alterados por una serie de refacciones que se estaban desarrollando en el edificio. “Nos habían mudado a salas diferentes y el ingreso que se hacía habitualmente por la puerta que estaba en el medio, que era la puerta de seguridad, estaba anulada”, recuerda. Faltaban 13 minutos para las 15 cuando Martín, que en ese momento estaba en su oficina junto a tres “hermanos de la vida”, escuchó un ruido estremecedor.

“Mi sensación fue que me estaba electrocutando, fue lo primero que empecé a sentir. Internamente, mi pensamiento fue toqué un cable pelado y me estoy electrocutando, no podía parar de temblar. Después me explicaron que eso era la onda expansiva, que me hizo desplazarme unos 5 o 6 metros hacia atrás, o sea salí despedido y se cayeron muchos escombros y pedazos de muebles sobre nosotros, lo que nos dejó atrapados durante unos cuantos minutos”, relata.

La conmoción ante una situación tan desesperante y difícil de comprender, generó más confusión en los pensamientos que rodeaban a Martín. Afuera, fuerzas de seguridad, personal médico, transeúntes y familiares trabajan a contrarreloj para rescatar a las víctimas con la mayor celeridad posible. “En un momento entró un rayo de sol muy fuerte, no sabía si estaba vivo, si el sol era el otro mundo, era una sensación rara. Empezaron a sacar los escombros, recién ahí nos pudimos parar”, afirma.

En medio del caos, Martín entendió que había sido víctima de un atentado terrorista en el corazón de Buenos Aires. “Lo que no entendíamos, ni nunca pensamos, es que era un atentado de esa magnitud. No estaba dentro de ninguna hipótesis nuestra de conflicto que algo así podía pasar”, sostiene.

Revivir el terror, dos años después

Dos años después, Argentina volvía a ser noticia por un atentado terrorista. El 18 de julio de 1994, el recuerdo de lo ocurrido en la embajada Israelí aún estaba latente cuando otra camioneta cargada de explosivos colisionó contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) causando la muerte de 85 personas y dejando más de 300 heridas. Para Martín Goldberg, obviamente, fue revivir el terror, otra vez.

Martín Goldberg, 32 años después.
Foto: gentileza Martín Goldberg
 

“No lo podía creer. Fue una sensación de desprotección, de decir, cómo puede ser”, sostiene, mientras recuerda que el día del ataque se encontraba realizando tareas para la embajada en un stand de la Feria Rural. Además de revivir una situación tan trágica, tuvo que llevar adelante tareas de enlace con las fuerzas de seguridad.

32 años sin justicia

Los atentados cambiaron la percepción de Martín para siempre. Sostiene que empezó a mirar la vida desde otro lado, aunque con el tiempo se vuelve a la rutina y suelen aparecer preocupaciones más mundanas e insignificantes. Cuando eso sucede, afirma que lo primero que se le ocurre es pensar “acordate de los amigos que no están y que el 17 de marzo de 1992 fueron asesinados. Y que vos estuviste ahí de ser uno de ellos”.

Con el paso de los años, ese joven de 18 años que ingresó a trabajar en la Embajada de Israel se convirtió en un hombre. “Terminé mis estudios, me casé, formé una familia muy linda. Sin embargo, que no haya justicia es algo que me duele todos los días”, dice, sobre los 32 años en el que las víctimas, familiares y miembros de la sociedad argentina, llevan esperando sin ningún tipo de respuesta a lo que ocurrió en territorio nacional.

“Muchas veces pienso que, quizás, a quienes ayudaron a hacer el atentado me los cruzo por la calle y se matan de risa, me da mucha bronca. Es incompresible que 32 años después, no haya una sola persona detenida. Siempre digo que no fue un atentado contra Israel o contra la comunidad judía, fue un atentado contra la Argentina donde murieron personas que nada tenían que ver con Israel”, finaliza Martín, el sobreviviente que aún aguarda Justicia por él y todos los que padecieron el terrorismo hace más de tres décadas.