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El alma de la casa: un cuento para cortar la semana

Cada tanto es recomendable tomarse unos minutos, hacer un alto y leer un relato literario.
Pero que motivo los había llevado a escoger la Casa de la Punta como prueba de su poder. ¿Porque estaba vacía? Ciertamente no era la única en esas condiciones.  Foto: MDZ
Pero que motivo los había llevado a escoger la Casa de la Punta como prueba de su poder. ¿Porque estaba vacía? Ciertamente no era la única en esas condiciones.  Foto: MDZ

Si no lo hubiera escuchado yo mismo, no daría crédito a aquel diálogo del que fui testigo privilegiado. 

Aunque frenéticamente quiero recordarlo, no sé exactamente cuándo sucedió. Más tarde entendí que el tiempo, medido en la jaula del calendario, sólo es útil a fines burocráticos, estadísticos, pura mediocridad con pretensiones de luna llena. 

Paulatinamente fui comprendiendo algo -muy poco- de lo que había sucedido. Fui enhebrando los hechos y las palabras. ¿Qué sería de nosotros sin ellas? Hacer es efímero, nombrar es eterno. 

Aquel bendito día, juro que mil corceles cabalgaron mi pecho. El miedo me paralizó. El vértigo me despeñó en un abismo; y por fin la curiosidad, madre de todos los bajos afanes, me devolvió la conciencia. 

Aquel bendito día, juro que mil corceles cabalgaron mi pecho. El miedo me paralizó. Foto: MDZ.

Claro que las sensaciones no se sucedieron ordenadamente, no hubo una secuencia, ni siquiera un preludio. Fue una orquesta sinfónica, ochenta y dos instrumentos interpretando cada uno su propia partitura.

De tanto todo, pudo ser nada. Aunque ciertamente fui testigo material, y por qué no calificado, de toda esta tragedia, parodia, fábula, leyenda o como quiera nombrarla nuestra distinguida lengua española, si es que existe tal palabra para ello. 

En lo material, no tengo pruebas que confirmen lo ocurrido. Sólo puedo ofrecer esta crónica insípida, lavada y fría, es que todo será poco ante semejante historia. 

El caso es que cierto día, pasaba yo por “la Casa de la Punta”, así se conocía la más próxima al mar, la que destacaba en lo alto del risco. Hasta ese punto, nada había de novedoso siendo que era el camino más corto para llegar al molino. Es que molinero era mi oficio, y bien orgulloso estaba de ello.

Moler el grano es multiplicar el pan, lo que era uno se convierte en mucho, y nuevos unos y muchos, resultan otros tantos. 

Respecto a la casa en cuestión, era de piedra, particularmente angosta, aunque profunda y alta. En el frente se destacaba una puerta doble y colorida, novedosa para aquella época. En las paredes laterales, dos ventanas con sus respectivos postigos; y en
el techo, la chimenea más maravillosa que jamás había visto. 

Casi ocho años habían pasado ya desde que se había desocupado. De sus antiguos moradores, nada se sabía hoy. No habían dejado rastro alguno, no se habían despedido de sus vecinos, ni del jefe de estación, ni del encargado del correo, del médico o el párroco. Sabe Dios qué habrá pasado.

Sólo sé que no se habló de otro tema por mucho tiempo.

Las vecinas fantaseaban con corazones rotos, mancilladas dignidades, o asfixiantes deudas. Otras, más osadas, con macabras historias sangrientas o espectrales, según el clima del día. 

Las vecinas fantaseaban con corazones rotos.

Los supuestos detalles se acumulaban y confundían con el transcurrir del tiempo. Todos querían que algo de ellos quedara en esta comidilla pueblerina, con destino de leyenda. 

El caso es que a fuerza de repetirse, y satisfechos ya los novelistas de ocasión, se había acordado tácitamente una historia oficial. Nada que merezca la pena resaltar.

Volviendo a la casa, cierto día pasaba yo en dirección al molino cuando sucedió este fenómeno que se estrelló contra mi vida, sabrá Dios el motivo. 

Oí claramente, y juro haberlo hecho, un rastro de voces profundas, limpias y sin eco. Pude reconocer tres timbres distintos, aunque todos en sintonía. Busqué a mi alrededor, no había nadie. Intuía, infería, sabía que no eran voces humanas, pero qué otra cosa podría ser. 

Vencido en mi empeño, cabalgado, paralizado, despeñado y recompuesto, entendí que en ese momento lo más importante era lo que decían. Aunque no hubiese un quién, era un hecho que había un qué. 

Definitivamente la escena era por lo menos espectral, ni las mismísimas vecinas, ávidas de fantasía y protagonismo, hubieran querido estar allí para alimentar el relato.

Temblando yo de miedo, y sin dar crédito a lo que oía, identifiqué finalmente al aire, el agua y el fuego. Una inédita reunión de los elementos. 

¿Hablaban? ¿En nuestro idioma? ¿Desde dónde? ¿Con qué intención? Y sobre todo, por qué dejarse escuchar por una presencia humana. Quizás no me habían advertido, o no tenían prurito en quedar expuestos ante un sencillo molinero. 

¿Hablaban? ¿En nuestro idioma? ¿Desde dónde? ¿Con qué intención?.

Respecto al diálogo, parecían debatir cuál de ellos tenía más poder. Brevemente y a su tiempo, cada uno argumentaba en su favor, con tanta pericia y ciencia que el concurso podría haberse prolongado infinitamente.

Advierto que en mi afán por compartir esta historia, y con la esperanza que alguien dé crédito a lo que lee, me he extendido en algunas minucias. Es la primera vez que lo cuento, y asumo que cuanto más detalle agregue, tanto más crédito se dará a mi
relato. ¿O al contrario?.

En fin… Como les contaba, debatían el viento, el agua, y el fuego cuál, o diré “quién”, era más fuerte.

Pero que motivo los había llevado a escoger la Casa de la Punta como prueba de su poder. ¿Porque estaba vacía? Ciertamente no era la única en esas condiciones. 

¿Una argucia del agua, con el mar a la vera del peñasco? Pero qué ventaja tendría sobre el aire, o sobre el fuego, capaces ambos de tanto daño como la primera.

Con precisión geométrica las voces se podían oír con exclusividad sobre la edificación. Yo mismo había podido comprobar que diez metros más allá, donde terminaba el camino, no había más sonido que el de las olas. Furioso el mar y el silbido ancestral del
viento, que paradójicamente se había dado a conocer aquel único verano que descansó. Pensaba yo que el mundo se lamentaba en el aire ¿De qué otro modo podría ser?. 

Volviendo al tema, admito que la casa en cuestión se destacaba entre muchas, pero ciertamente no era la más bella de la aldea, otras le ganaban en detalles, aunque no en presencia.

Más tarde entendí que no se trataba de la doble puerta, sus ventanas, ni su fantástica chimenea. Era su condición de abandono lo que interesaba a semejantes contendientes. 

La casa en cuestión se destacaba entre muchas, pero ciertamente no era la más bella de la aldea, otras le ganaban en detalles, aunque no en presencia. Foto: MDZ.

Finalmente no hubo acuerdo entre ellos. Lamentablemente para la casa, el poder del agua, del viento y del fuego podría, cada uno por sí mismo, destruir lo poco que le quedaba.

La Casa de la Punta no tenía voz, al menos no se había manifestado hasta ese momento. Luego advertiría yo que había estado escuchando. Poco feliz reconocerse medida de tal competencia.

A su tiempo, y con una voz que jamás escucharé ni había escuchado, se dirigió la casa a los elementos, y entre firme y suplicante dijo: “pueden probar todo su poder sobre mí, sé de mis fortalezas y mis debilidades, más aun, habrá otras que hoy no conozco”.
“Pueden volar los techos, hundir mis pisos, quemar mi puerta y mi chimenea”. “Saben que ya se llevaron todo, nada me dejaron”.

“Demuestren toda su fortaleza si su ese fuera su afán, por algún motivo me habrán elegido”. “Me hice fuerte en esto de querer ser fuerte”. 

“Tomen todo, poco me queda”. “Sólo una cosa pido: “No se lleven mi alma”.

Mariano D'Onofrio.

* Mariano D'Onofrio, docente. [email protected]