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Ekaterina es un nombre musical: un cuento para cortar la semana

Cada tanto es recomendable tomarse unos minutos, hacer un alto y leer un relato literario.
Fue así que Ekaterina puso su mirada en la lejana Sudamérica, la cual era tan exótica para ella, como Finlandia para nosotros. Foto: MDZ
Fue así que Ekaterina puso su mirada en la lejana Sudamérica, la cual era tan exótica para ella, como Finlandia para nosotros. Foto: MDZ

Ekaterina es un nombre musical, aunque quizás no tanto como su helénica versión original, Catalina. No obstante lo cual, y aun en conocimiento de esta merma en el pentagrama, vale la pena contar su historia.

Nuestra Ekaterina había nacido en Helsinki, en la lejana Finlandia, cuando ya moría la década del sesenta. De origen ruso por su padre, era sueca por parte de su madre.

No estoy tan seguro que en Finlandia hubiese sido especialmente interesante como sí lo era en Buenos Aires, pero justo es decir que tenía otros méritos mayores que su mera apariencia nórdica.

De su padre, original de San Petersburgo, había heredado tanto su noble gesto, como sus inescrutables ojos grises. De su madre, una portentosa estatura, y un atisbo colorado en sus mejillas, entiendo que fruto de algún tipo de memoria sensitiva que remitiía a la fría Escandinavia, ya que lejos está la templada Buenos Aires de encender cualquier cachete, al menos por el frío.

Ekaterina había tenido una sólida formación en artes, aunque su verdadera pasión fuese la política. De una inteligencia superlativa, era capaz de sostener un debate, por acalorado que éste fuese, sin mostrar la menor pasión en sus gestos o en sus palabras. Su vasta cultura, competía con una natural intuición, fruto de las cuales, era capaz de inferir tan interesantes, como novedosos argumentos.

Nuestra Ekaterina había nacido en Helsinki, en la lejana Finlandia.

Nunca había tomado ventaja de su acento extranjero, aunque había podido advertir que un castellano mal hablado por casi cualquier ciudadano del Ecuador hacia el norte, era para un porteño, una debilidad notoria.

Como sucede a los europeos septentrionales, hablaba inglés casi como su lengua nativa. De su padre había aprendido el ruso; y de su natural finés, o mejor dicho, de su capacidad para afrontar quince declinaciones-, venía cierta ventaja de la que había gozado, para aprender el latín.

Un posterior recorrido por las lenguas romance la había conducido al español. Y como en ese mundo de los cultos, curiosos e intuitivos, es menester correr el horizonte tan pronto como el vértigo desaparece, el amor por la vieja España duró lo que un respingo.

Fue así que Ekaterina puso su mirada en la lejana Sudamérica, la cual era tan exótica para ella, como Finlandia para nosotros.

Muchas eran las cuestiones que la atraían de estas tierras. Pueblos jóvenes en una geografía infinita, el encuentro y la distancia entre criollos e inmigrantes, el profundo arraigo de la evangelización española, los mitos del oro y la plata, las civilizaciones indígenas y otros tantísimos temas. En fin, todo esto quizás un poco desordenado, y a modo introductorio; porque lo que a ella realmente le interesaba, era la efervescencia política que en aquellos años ochenta dominaba la región.

Ekaterina tenía una profunda convicción política. Admiraba el fermento de Adenauer, aunque lo auténticamente suyo era la socialdemocracia tan característica de los años ochenta.

Había llorado a Olof Palme, muerto en aquel recordado atentado en las calles de Estocolmo. Llevaba también una minuciosa colección de las frases más estridentes de los discursos de Felipe González en España y Francois Mitterand en Francia.

Habría perdido la cabeza misma de haber escuchado a Tony Blair a finales del milenio, tan cercano a sus ideas como preciso en su dicción.

En ocasiones se animaba a elogiar el castrismo de Cuba, aunque se debatía entre lo que ella entendía por justicia, aunque a expensas de la democracia que tanto admiraba.

Por todas estas cosas, miraba con cierta complacencia el fenómeno Felipe Ortega en Nicaragua, mientras se solidarizaba con la compleja realidad de El Salvador.

Había llegado a sus oídos un eslogan que en aquel tiempo se escuchaba en Buenos Aires: “Patria querida, dame un presidente como Alan García”, con lo cual la realidad peruana se agregaba a sus intereses.

“Patria querida, dame un presidente como Alan García”.

Tenía un metódico archivo de los más acalorados discursos de un Raúl Alfonsín, que en aquellos tiempos ya era presidente de la Argentina. Lo admiraba ciegamente aunque se permitiera, quizás con cierta incoherencia, aquella simpatía por Alan García.

En definitiva, vivía el sueño de la tan mentada Unidad Latinoamericana, casi en la misma proporción del disparate que tal cosa suponía. Permítame el lector una licencia en este punto.

Así las cosas, Ekaterina había llegado a Buenos Aires a mediados del ochenta y seis, cuando campeonato mundial mediante, la Argentina era un hervidero de pasiones.

Su inserción en la vida porteña se había dado, como no podía ser de otro modo, a través de la cultura. Frecuentaba algunos cafés literarios, exposiciones fotográficas y talleres de teatro.

En cuanto a la música popular, se había interesado especialmente en lo que llamaban “fusión”, algo así como sesiones de jazz ejecutadas por folkloristas, los cuales también compartían el escenario con estrellas de rock. En fin, eclecticismo puro.

Era una conspicua y repetida invitada a largas charlas en las que embajadores preferentemente retirados, departían con nostalgia sobre un exilio parisino que la mayoría de ellos nunca había vivido.

Había entre aquellos diplomáticos, algunos abonados a los palcos del Teatro Colón. Y lo que comenzó con una invitación, se transformó para Ekaterina en un abono anual para la temporada del Mozarteum.

No quisiera cansar al lector, si es que ya no lo hice, pero deseo recalcar fuertemente su pertenencia socialdemócrata, o como fuera que aquella pretensión latinoamericana se llamase.

Tenía nuestra amiga finlandesa, la convicción de los religiosos convertidos. Brotaba de su pensamiento y de allí a sus palabras, un sentido de justicia inclaudicable.

Sabía ahora que había nacido para una gran causa y que, aunque lejos de su tierra, la había encontrado. Había intuido el dolor de estos pueblos, del que ahora era testigo, y por mandato propio, vocera.

En este ámbito de relaciones e intereses había descubierto su capacidad para eventualmente influir en la política exterior. Y era tal su firmeza de propósito, que efectivamente lo haría.

Llegó aquel día, y con él la indignación ante la injusticia. Es que el mundo de los poderosos, “el Norte”, atentaba nuevamente contra ese Sur históricamente castigado.

Así fue que partió hacia Zurich, donde sesionaría ese año la Organización Mundial del Comercio. Estaba preparada, había reunido para ello los documentos necesarios, todos los antecedentes.

Ekaterina conocía la musicalidad de su nombre, su gesto noble, sus ojos grises, su cultura y su inteligencia. Se reconocía algo exótica, aunque no trivial. Sabía de arte, del Mozarteum y de la trova cubana. Intuía, infería y sabía lo que ese pueblo necesitaba, pedía y se le negaba.

Así fue que en aquel inolvidable 18 de julio de 1987, ante los representantes de los poderosos, Ekaterina tomó la palabra. Con alguna solemnidad y la más auténtica convicción, pronunció cada letra, cada sílaba, cada palabra y argumento de aquel reclamo que apretaba su corazón y el de su gente: “Que vuelva a la mesa de nuestro pueblo el Arroz Basmati”.

Mariano D'Onofrio.

* Mariano D'Onofrio, docente.

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