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La clave para entender la pérdida de soberanía del conocimiento humano

Para que podamos recordar eventos, hechos o procesos, tenemos que comprometerlos con la memoria, lo cual implica codificar, almacenar, retener y, posteriormente, recordar.
Los humanos nos conectamos con el presente mediante los sentidos. Foto: Shutterstock
Los humanos nos conectamos con el presente mediante los sentidos. Foto: Shutterstock

Los humanos nos conectamos con el presente mediante los sentidos. "Presente" significa regalo, y la conexión con el presente es el regalo de poder sentir, de percibir todo lo que nos rodea, a través de la mirada, el oído, el olfato, el gusto y la intuición. De esta forma descubrimos el mundo, y con esas percepciones, más las emociones que nos generan, decidimos nuestras acciones. Lo sucedido, si lo consideramos trascendente, se guarda en nuestra memoria: ella almacena la información captada por todos los sentidos sobre el evento que nos interesó y llamó nuestra atención. 

Así, a través de la memoria, nos conectamos con el pasado: el recuerdo es aquello que hemos conservado a partir de los conocimientos, las experiencias y las emociones vividas y procesadas. En este proceso de recuperación de estas percepciones y sentimientos, nos volvemos conscientes de saber. Este aprendizaje nos hace humanos y soberanos en nuestras decisiones individuales y sociales, dado que todos los razonamientos, cálculos y evaluaciones se realizan sobre percepciones y recuerdos propios.

Nos conectamos con el pasado mediante la memoria.

A medida que los conocimientos y experiencias humanas fueron creciendo, dada la capacidad reducida de la memoria humana, se fueron creando soportes externos, que dieron origen al lenguaje escrito. Es importante destacar que, con el avance de la técnica para suplantar las falencias humanas y satisfacer sus necesidades, cada artefacto inventado se convirtió, sin saberlo, en un soporte de memoria humana externa, portador del conocimiento humano que lo creó.

El recuerdo es vida, intensidad y libertad

En este punto empieza la externalización de los recuerdos, sean conocimientos, experiencias o emociones. Si bien la escritura está constituida por símbolos conceptuales abstractos, nos permite reelaborar los sucesos, conocimientos o emociones descriptos por el emisor del mensaje a través de nuestra memoria e imaginación. El receptor, si sabe el código de la escritura, utiliza toda su caja de herramientas neuronales para descifrar el mensaje que se transmitió.

Los avances de la ciencia y técnica lograron producir soportes de memorias externas, donde ya no había una codificación para leer, sino que se guardaban o transmitían fragmentos de la realidad en algún soporte técnico. Así nació el fonógrafo, el reproductor de cine, la radio, la televisión, para terminar en internet y sus redes sociales de comunicación, comercio, finanzas, donde circulan datos tomados por percepciones maquínicas de la realidad y convertidas en información. Para complicar más el panorama, la técnica creó la Inteligencia Artificial Generativa, que puede tomar esos datos y crear realidades falsas, idénticas a las percepciones maquínicas verdaderas. Ello pone en jaque la verdad, dado que es casi imposible determinar qué información o imagen es verdadera o falsa.

El recuerdo es vida, intensidad y libertad.

Esta es la clave para entender la pérdida de soberanía del conocimiento humano. Los recuerdos son nuestros, son parte de nuestra memoria y la materia prima de nuestros pensamientos. Es la tierra fértil en la que trabajan nuestras capacidades intelectuales y emotivas. Los datos tomados por percepciones maquínicas son ajenos a nosotros, no podemos asegurar su autenticidad y veracidad. El recuerdo es recuperado de nuestra memoria, el dato es guardado en una memoria externa electrónica que es una caja negra tecnológica, qué sólo los expertos pueden saber si fue modificada o alterada. 

Asimismo, hay otra situación perjudicial de los datos computados y almacenados en memorias externas. Su utilización elimina la necesidad de funcionamiento de la memoria humana y de los sentidos para disfrutar el tiempo presente y hacer uso de la atención para generar recuerdos y almacenarlos. Se han vuelto habituales las escenas donde personas, frente a un hermoso paisaje, en vez de observarlo, hacen videos con su celular. Se volvió más importante datificar que contemplar para recordar. En el proceso de contemplación nace el conocimiento o emoción humanos. Eliminar ese trance es cambiar la naturaleza humana y transformar sus funciones neuronales esenciales. 

Los recuerdos son nuestros, son parte de nuestra memoria y la materia prima de nuestros pensamientos.

Una vida sin recuerdos implica enajenar la propia existencia

Las máquinas usarán los datos para lucrar con ellos. Esto sucederá como consecuencia de la asimetría de la información que ocasionan mediante el comercio, las finanzas y la manipulación de debate social para lograr concentrar poder político. Por todas estas cuestiones es más importante un recuerdo que un dato. El recuerdo es mi vida en neuronas, el dato es electricidad en las máquinas. Ellas no pueden tomar toda la belleza del presente y la emoción que se siente al contemplarlo. Cuando reemplazan los recuerdos por datos, vacían nuestras vidas, atrofian nuestras neuronas, colonizan nuestras elecciones personales y sociales y, además, obtienen una rentabilidad y poder inmensos. 

El recuerdo es vida, intensidad y libertad. El dato es muerte, superficialidad y dependencia. Un ejercicio que pueden hacer es buscar sus recuerdos más queridos y rememorarlos. Luego, miren datos sobre ustedes y comparen la intensidad de cada uno. Después, elijan con qué quedarse. Quizás así nunca más verán un atardecer mirando el celular. 

Como ejemplo, les dejo una lista de recuerdos para ayudarlos a buscar los suyos: 

  • El día que anduve por primera vez en bicicleta: el viento sobre mi cara y la sonrisa de alegría de mi abuelo. 
  • El día que partí a estudiar a Córdoba, a la Facultad de Derecho. 
  • El día que atendí a mi primer cliente. 
  • Por último, y el más hermoso, el día que nació mi hija, que vino con los ojos abiertos y me abrió los brazos como diciendo ¡papá, llegué!
El recuerdo es vida, intensidad y libertad.

Ese momento me hizo el hombre más feliz del mundo, y cada vez que recupero esa sensación, vuelve a mí con la misma vivacidad. Tengo fijados en mi interior todos estos recuerdos, con suma intensidad, hasta con detalles. Les aseguro que es cerrar los ojos y volver a vivirlos, con una sensación única, llena de vida y emociones, muy distinta de la superficialidad de la pantalla de un celular.

Volvamos a armar un mundo de recuerdos

Vivamos nuestras vidas intensamente y de manera propia, no regalemos nuestros momentos a las máquinas. Ellas están para calcular, no tienen capacidad de vivir.

Román Alberto Uez.

* Dr. Román Alberto Uez, Abogado, Magíster en Derecho Administrativo y Magíster en Tecnología, Políticas y Culturas.