La última Navidad de San Martín en Mendoza: una leyenda, un juramento y una boda
Diciembre de 1816 implicaba un momento clave. Faltaban semanas para que el ejército libertador partiera desde Mendoza rumbo a Chile y había, imperiosamente, que apurar el trance. Los españoles empezaban a hacerse cada vez más fuertes, habiendo comenzado un plan de recuperación de territorios americanos perdidos por la corona que iniciaban su proceso de emancipación.
Liberados de los conflictos europeos, cientos de muy buenos militares profesionales españoles, ya superadas las guerras contra Napoleón, llegaron al Virreinato del Perú con el objetivo de concentrar el mayor número de tropas en Lima y desde ahí derivarlas a Chile, por lo cual la circunstancia le exigía a San Martín actuar rápidamente. En paralelo, una flota naval española se preparaba para zarpar desde Cádiz a Buenos Aires. Por el lado criollo, la reciente Declaración de la Independencia en Tucumán también había acelerado los tiempos, coyuntura que hacía que el General estuviera convencido de que si no se cruzaba la cordillera de Los Andes ese verano la cuestión iría complicándose, corriendo un riesgo gigante el éxito de la causa americana.
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En la casa de los Ferrari
Don Joaquín Ferrari era un patriota de bien, y de muchos bienes. Gran parte de su fortuna fue donada para la concreción de los objetivos libertarios. Desde el primer momento que San Martín llegó a Mendoza empezó a construirse una buena relación entre ambos. El hogar de los Ferrari era el ámbito de las tertulias sociales y donde San Martín se encontraba como huésped casi cotidiano. Joaquín estaba casado con María del Rosario Salomón, y hasta tal punto la relación entre ellos era frecuente y de suma confianza, que Laureana, la hija de Don Joaquín y Doña María del Rosario, se convirtió en una de las intimas amigas de Remedios Escalada durante su estadía en Mendoza.
Será entonces esa casa donde San Martín pasará la nochebuena del 24 de diciembre de 1816. Una amplia reunión convocaba a los jóvenes oficiales que habían acompañado al Libertador desde Buenos Aires junto a distinguidos vecinos de la sociedad mendocina.
Recuerdan los testimonios orales, que fue en esa instancia donde San Martín solicitó un brindis por el éxito de la campaña militar que estaba a días emprender su paso a Chile, pero también les pidió a las damas presentes que confeccionarán una bandera para el ejército. Será en esa ocasión que “recogiendo el guante” un grupo de mujeres empezaron la tarea de concretar el pedido de San Martín, comprometiéndose a terminar la bandera antes del día de los santos reyes magos. Naciendo en esa circunstancia el merecido reconocimiento a quienes luego serían las inmortales “patricias mendocinas”: Laureana Ferrari, Dolores Prats de Huisi, Margarita Corbalán y Mercedes Álvarez Morón, junto a Remedios, que recientemente se había convertido en madre ante el nacimiento de Merceditas (24 de agosto de 1816).
Siguiendo la tradición oral (y la leyenda urbana), agregaremos que fue Laureana Ferrari quien acompañó a Remedios a comprar el género necesario para la enseña patria a una tienda característica de la época, ubicada en las cercanías de la histórica Alameda mendocina: “El Cariño Botao”, propiedad de un comerciante chileno.
La bandera se hizo, siguiendo esta versión popular, también en la casa de los Ferrari, pudiendo concluirla en la fecha comprometida. A las telas conseguidas se agregaron otros elementos que las damas patricias tenían a su alcance. De dos abanicos de Laureana y de una roseta de su madre se sacaron las lentejuelas de oro y algunos diamantes que adornaron el escudo, mientras que Remedios entregó dos piedras de topacio para los ojos.
Actualmente la Bandera original del Ejército de los Andes se encuentra conservada en el Memorial construido a tal fin por el Gobierno de Mendoza, frente de la Casa de Gobierno en la Ciudad de Mendoza.
La verdadera historia y un casamiento
Tras aquellos brindis navideños, el 5 de enero de 1817 el general San Martín concentró a las tropas armadas para el cruce de los Andes, pero previamente, decidió hacer el juramento a la bandera. En realidad, la versión real histórica es que la bandera fue confeccionada en varios meses por las monjas del Monasterio de la Buena Enseñanza (hoy Compañía de María), eso sí, indiscutidamente con la ayuda y generosidad de las damas mendocinas.
Aquel día (5 de enero), toda la calle de la Cañada, actual Ituzaingó, por donde debía entrar a la ciudad el Ejército de los Andes fue engalanada con arcos florales y banderines de colores, lo mismo que los balcones y frentes de los edificios que rodeaban la plaza principal. Una muchedumbre había invadido las calles, plazas y esquinas, buscando los mejores lugares para no perderse detalle de la ceremonia. El Ejército penetró por la calle Cañada, siguió al sur por la calle San Nicolás (actual San Martín), tomó luego por la Alameda y dobló al este por la calle San Francisco, hoy Fray Luis Beltrán, en dirección al convento del mismo nombre. Ese día, desde el templo de San Francisco, salió en procesión la imagen de nuestra Señora del Carmen de Cuyo (la patrona y generala del ejército) hacia la iglesia matriz para la bendición de la histórica bandera. Una parte de aquel anhelo del brindis se había cumplido. El ejército tenía su gloriosa bandera. Restaba la parte más brava: conseguir la definitiva libertad.
Pero aquel augurio navideño además conllevó un momento romántico. San Martín solicitó personalmente en esa cena la mano de Laureana Ferrari a su familia en nombre de su oficial Manuel Olazábal. La actitud celestina de San Martín concluirá en un casamiento entre Manuel y Laureana, convirtiéndose posteriormente el General en el padrino del primero de los hijos del matrimonio.