El pesebre es la Navidad: no todo da lo mismo
La Navidad es una fiesta tan querida que tanto los practicantes como los no tanto la celebran con alegría. ¿Quién no recuerda la imagen del Niño Jesús en el pesebre acompañado de María y José, los magos, los pastorcitos, los animales y la estrella de Belén? Cada año armamos el arbolito y ponemos el pesebre.
Es la fiesta más popular, arraigada y alegre en muchos lugares del planeta
La Navidad es un acontecimiento que se actualiza cada año, incluso en países no cristianos. Las calles y los negocios se adornan, se iluminan, las familias planifican las reuniones, los regalos, la mesa. Enviamos mensajes a quienes sabemos que no veremos hasta después de las fiestas. Vemos con tristeza que el mundo actual, del cual todos somos parte, apunta cada vez más a la ausencia de Dios y lo hace de una manera tan sutil que hasta los que hemos nacido y crecido con instrucción religiosa quizás no nos hemos fijado desde cuándo Jesús ya no es el motivo visible de la Navidad.
Estos días hemos presenciado una parodia del pesebre, de la Navidad. Bajo el rotulo de “humor” o de “se hizo otras veces” se justifica una burla a la creencia y sentimientos de más de 1200 millones de católicos del mundo. Para nosotros, los cristianos, el pesebre y la Navidad son símbolos muy valiosos y sagrados que queremos y debemos cuidar. Por eso, nos duele cuando no se respeta aquello que nos identifica. Hace un tiempo sucedió con la Última Cena en los juegos olímpicos, ahora con la parodia del pesebre en un streaming. ¿Tanto nos cuesta el respecto? Quienes piden respeto no lo tienen. Parece que es solo unidireccional. Estamos muy dormidos o muy preocupados por nuestros propios problemas y no nos detenemos a decir basta. Hasta acá llegamos. No todo da lo mismo.
Yo defiendo a Jesús, a la Virgen, a mi Iglesia que, aunque imperfecta porque está formada por hombres imperfectos, es donde aprendí el sentido de la fe, la esperanza y amor al prójimo, entre otros miles de cosas. Me contuvo en los malos momentos de mi vida y me sigue enseñando, además de mis padres, los valores y principios que Jesús vino a traer al mundo.
Un mundo perdido y desesperanzado
Lo que me pregunto es si las próximas generaciones sabrán qué es lo que están celebrando. El 99% de los medios de comunicación ya no hablan de Jesús, en las familias cada vez está más ausente, entonces ¿cómo sabrán quien es Jesús y por qué celebramos su nacimiento? Y es que tristemente la Navidad se ha convertido en una celebración donde Jesús, protagonista indiscutible de la misma, no ha sido invitado. Las calles se llenan de luces, pero aquel que dijo: “Yo soy la Luz del mundo”, está ausente. Corremos el riesgo de pasar unos días llenos de música y regalos, pero con el alma vacía, con el alma sin Dios.
Esta Navidad, particularmente amenazados por dificultades de todo orden, es una gran oportunidad para reflexionar sobre los valores que acompañaron el Nacimiento de Jesús. Nos invita, especialmente en estos tiempos de crisis moral, a que seamos más solidarios y compartamos con los demás. Este año, tenemos de nuevo la oportunidad de entrar en los verdaderos valores del Nacimiento de Jesús, de vivir esta Navidad como una vuelta a la niñez perdida.
Que, al celebrar esta Navidad, reconozcamos a Cristo en cada hermano, incluso en aquel que posee otras creencias y convicciones, y renovemos nuestro compromiso de cuidar y respetar lo sagrado de la vida de cada prójimo. Y como siempre –como hace más de 2000 años- Dios pasará discreto, con un mensaje para el que lo quiera escuchar: “Paz en la tierra a todos los hombres y mujeres de buena voluntad”.
¡Feliz Navidad!
* Fabiana Gómez Sabio, es comunicadora y docente.

