Los celulares, la escuela y los docentes: una historia de desconfianza
Tras la prohibición del Gobierno porteño al uso de los celulares en la escuela, la educación vuelve a estar en agenda. Pero mientras se evalúa federalizar la medida se pasa por alto que la ley tiene implícita una problemática mucho más urgente: la desconfianza hacia la escuela y el rol docente. Se fomenta un imaginario en el que los educadores somos incompetentes o cómodos que no podemos o no queremos regular el uso del celular en el aula y necesita de un aval legal para actuar y ser monitoreado. Aunque no niego que haya algunos casos de docentes que alimentan esta desconfianza, no es una percepción justa.
Desde esta perspectiva se ningunea el esfuerzo general que hacen los educadores para regular o capitalizar el celular dentro de las aulas. Durante los últimos diez años, los docentes tuvimos que adaptar nuestras prácticas ante una situación tanto inédita como ambigua. En un principio, los celulares no podían usarse en el aula por algunas de las cuestiones por las que hoy se los prohíbe: porque distraen al alumno durante su aprendizaje. También su uso traía complejidades legales como la de estudiantes fotografiando a maestros y compañeros.
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Ante este escenario, la escuela aplicó distintas estrategias:
- Cajas para guardarlos durante las clases.
- Cronogramas precisando momentos adecuados de uso.
- Notas a los padres para informar y comprometerlos con la educación de sus hijos.
Durante la segunda faceta, se reconoció el impacto que el celular tiene en la vida social. Se lo vio como un instrumento que cubre también falencias presupuestarias ya que es calculadora, libro virtual, proyector de videos, etc. Mientras ambas facetas mencionadas convivían en las instituciones, otras tensiones complejizaban el accionar de la escuela sobre este tema. A veces se cuestionaba que un celular se pudiera quitar porque era “propiedad privada del alumno”. Otras veces, se decía que los chicos lo usaban porque los profesores dábamos clases inútiles y aburridas. Tampoco se celebraron las estrategias para incorporarlo al aula y hasta eran criticadas si algunos estudiantes no aprovechaban estas propuestas.
Esta tensión y desconfianza se afianzó durante la pandemia. Otra vez, los educadores incorporaron nuevas estrategias didácticas para usar el entorno virtual de una manera más provechosa para los estudiantes. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos la sociedad sostuvo hacia la escuela y quienes la componen, se afirma que durante el 2020 “los chicos no tuvieron clases”. Esa frase se esgrime como una acusación y una justificación de los atropellos discursivos que medios y sociedad expresan hacia la labor de la escuela. La prohibición de los celulares se asentó sobre la idea post pandémica de chicos hiperconectados a sus pantallas que acceden a apuestas en línea, pornografía, redes sociales tóxicas y tantas distracciones más en tiempo de clase.
Ni la escuela ni los docentes son los responsables de las problemáticas a las que se llegaron, muy al contrario, trataron siempre de ser la solución a pesar de la pérdida progresiva de herramientas legales, discursivas, presupuestarias y de tranquilidad salarial. Lo que terminó quedando en el imaginario social no fue el trabajo de todos estos años en torno al celular, sino la idea que antes la escuela “no hacía” y, tras la ley, “va a tener que hacer”. En lo que sí se debe trabajar queda dejado de lado. Se debe recuperar la confianza cultural de la sociedad en la escuela. De lo contrario, las instituciones y quienes las componemos vamos a estar dependiendo de políticas que llegan a destiempo, que llegan después de años de desconfianza en los que habitamos las aulas día a día.
* Nicolás Rivero. Profesor de Lengua y Literatura.