Carolina Amoroso: "En Ucrania aprendí que la verdadera muerte es la muerte de aquello por lo que vale la pena vivir"
Las historias pueden trascender las pantallas, el papel y las fronteras, si quien las cuenta tiene la urgencia de comunicar las distintas realidades de las personas, con la convicción de que ese pequeño acto servirá para construir un mundo mejor, o, al menos, intentarlo. Carolina Amoroso es, precisamente, una de las periodistas argentinas que sabe cómo contar las historias, o darle el micrófono a quienes necesitan contarlas, por más crudas, difíciles y tristes que sean, con el propósito de darles el protagonismo que se merecen y, así, intentar cambiar sus realidades.
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En una entrevista exclusiva con MDZ, la célebre escritora, conductora y corresponsal de guerra, habló en detalle sobre los inicios de su carrera, su pasión por el periodismo, su vida en el exterior, al mismo tiempo que repasó su experiencia en las coberturas internacionales en zonas de conflicto, como la peligrosa selva del Darién o el territorio ucraniano en medio de la invasión rusa a gran escala.
Entrevista a Carolina Amoroso
- En principio, felicitaciones por el reciente premio Martín Fierro que recibiste por la Mejor Labor Periodística Femenina 2023.
- Estoy muy contenta. Siempre es un honor. Además, es una ocasión para celebrar el trabajo colectivo, porque aun cuando los premios puedan estar dirigidos a una persona o reconozcan a una persona, siempre lo que se termina reconociendo es un trabajo colectivo. Así que estoy muy contenta, muy orgullosa.
- Después de tantos años de trabajo duro y de preparación, ¿qué significó para vos ese premio, más allá del trabajo colectivo?
- Significa, un poco, un respaldo al camino elegido y al camino que sigo. Yo siempre pienso que es muy importante estar en eje y estar muy conectado con el sentido de propósito para todos esos 364 días en los que no recibís premios. Con suerte, una vez cada tanto, una vez al año, vienen esos momentos como de refrendar o respaldar el camino elegido. Pero el resto de los días hay que estar muy en contacto con el sentido de propósito. Así que te diría que es un poco una reafirmación del camino que quiero seguir. Obviamente, es un reconocimiento de colegas y de la industria de la que formo parte y estoy muy orgullosa. Pero te repito, para mí, por sobre todas las cosas, es un reconocimiento al trabajo colectivo y un reconocimiento al valor de las historias. Y, en ese sentido, yo tengo poco que ver. O sea, yo pongo el micrófono, pero los protagonistas de las historias son los protagonistas. Y a ellos siempre les voy a estar agradecida por confiarnos esas historias que, en el caso de lo que me toca cubrir, son historias de dolor, de destierro, de traumas indecibles, por lo cual el agradecimiento hacia esas personas -algunas de las cuales sigo en contacto; con otras, no- siempre va a ser eterno.
- ¿Cómo comenzó este amor, esta pasión por darle el micrófono a los demás para que cuenten esas historias? ¿Cuándo empezó tu amor por el periodismo?
- Yo empecé en el periodismo, un poco, de casualidad. Yo me tropecé con el periodismo, esa es la verdad. Ya había terminado de cursar en la facultad, estaba iniciando mi tesis y sufro un desencanto amoroso. Yo estaba cursando Comunicación con especialización en Estudios Culturales. Creía que quería tener que ver algo con el arte, pero no tenía muy claro qué iba a hacer.
Recordé que, en la carrera de Comunicación, había tenido un profesor de televisión, Marcos Gorbán, que me había dicho: “Si vos, en algún momento, querés seguir un camino en los medios, yo creo que tenés condiciones. Te puedo recomendar porque realmente creo que tenés condiciones”. Y le escribí, en medio de mi desolación, del desencanto amoroso, mientras estaba estancada con mi tesis y, además, me pesaba mucho la culpa porque mis viejos hicieron un re esfuerzo para que yo curse en una facultad que tenía una cuota cara, ¿viste? Y nada. No podía estar en nada y, encima, estaba llorando, sintiendo pena por mí misma. Era terrible, en aquel momento. Hoy, me parece nada. Pero bueno, en aquel momento era como un drama. Y le escribí y al toque me recomendó con dos productoras. Hubo una que, en ese momento, hacía programas para Canal A, y yo entré a trabajar en el noticiero de Arte y Cultura que hacía esa productora para el canal. Después hice varios programas.
Ahí empecé a entender el oficio periodístico. Empecé a entender que a mí me gustaba más que el mundo de la cultura. Me gustaba el lenguaje del periodismo. Hice la maestría en Periodismo de La Nación y la Universidad Torcuato Di Tella. Y por esa maestría entré al diario La Nación. Cuando entré a la redacción de La Nación, fue un amor consagrado. Me voló la cabeza y, ahí, esa redacción, fue donde yo hice el proceso de exploración de qué era lo que quería hacer, trabajé en varias secciones. Yo digo que me di todos los gustos. Tiré mucho borrador, en el sentido de que probé qué periodista quería ser, en qué era mejor.
Recuerdo que hubo una cobertura que a mí me marcó mucho. Estaba en la sección Sociedad y me acuerdo que había muerto un niñito, Néstor Femenía -me acuerdo perfectamente su nombre-, con desnutrición y tuberculosis en Villa Río Bermejito, Chaco. Mi jefe, en ese momento, José Crettaz, me dijo "viajá, andá". Ahí, cuando me vi haciendo periodismo en ese territorio y contando esa historia, dije acá me siento yo; acá siento que tengo una voz que quiere y puede contar estas historias.
- Claro, estando en el lugar y dándole la voz a las personas involucradas o afectadas
- Sí y, además, en un periodismo de rebeldía que, hoy, es el único periodismo en el que profundamente creo. Es un periodismo que hace o quiere hacer que el poder rinda cuentas. Un periodismo que entiende que sin rebeldía se muere.
- ¿Cómo surge tu interés por las coberturas internacionales?
A mí el mundo siempre me resultó un lugar, no te diría más chico de lo que normalmente se piensa, pero sí más cercano, en el sentido de que yo tuve la oportunidad de ir a un colegio internacional porque mi padre, bueno, toda mi familia era una familia de expatriados. Mi padre trabajaba en la industria del petróleo, entonces era trasladado cada cierta cantidad de años a otro país o a otro destino. Entonces, tuve la oportunidad, como parte de esta vida en la expatriación de ir a un colegio internacional. Eso me expuso muy temprano, a un nivel de diversidad cultural bastante grande. Me tuve que adaptar a distintos contextos, bastante rápido y siendo muy chica. Creo que esa experiencia vital me hizo, primero, tener una conciencia mayor sobre la diversidad y sobre lo pequeños que somos en todo el mundo y entender la cantidad de formas de vivir que hay, de idiosincrasias. Pero, al mismo tiempo, me hizo muy consciente de las cosas que hacen a las personas similares. Las búsquedas, las cosas que nos importan, las cosas que verdaderamente hacen a las decisiones vitales de las personas. Tus amores, el lugar al que llamás casa.
Tener que aferrarte o querer aferrarte a un sueño de futuro. Todos, un poco, estamos unidos por lo mismo, ¿no? Y eso hizo que para mí hacer periodismo internacional fuera una cosa muy natural, porque además me resulta absolutamente fascinante. Indagaría en esos mundos, así no fuera mi trabajo. Y lo es.
Tengo la fortuna de trabajar de algo que me apasiona y que lo siento muy cercano y lo siento parte de mi identidad desde muy temprano. Ese nivel de curiosidad, de diversidad, de conciencia del lugar que ocupamos en un mundo muy complejo, ahora muy convulsionado, eso ha resultado algo cercano para mí.
- Viviste en el exterior muchos años, pero ¿cuánto tiempo viviste en Venezuela, que es justamente el país del que mayormente hablás en tus coberturas? ¿Qué viviste allí que te provocó tanto cariño hacia su población y al país?
- Yo viví casi cuatro años en Venezuela, cuando tenía 11 o 12. Llegué, además, en una época crítica porque era el final del Gobierno de Rafael Caldera, el presidente que le antecedió a Hugo Chávez; y era, también, el inicio del chavismo, cuando Chávez se mostraba de traje y decía que iba a respetar la Constitución del país. Para mí, Venezuela fue el país donde yo pasé algunos de mis años más formativos, en términos de la constitución de la personalidad, del carácter, porque son los años del tránsito de la niñez a la adolescencia. Entonces, Venezuela es un país muy importante en mi vida. Pero, además, se convirtió en una causa que abrazo porque yo quiero mucho a los venezolanos y quiero mucho a la venezolanidad por fuera de toda esta tragedia o más allá, trascendiendo esta tragedia que están viviendo. Con esto me refiero a un pueblo generoso, un pueblo de brazos abiertos, un pueblo alegre, un pueblo que hace de la esperanza su bandera. Venezuela es, y ha sido para mí, un gran lugar en mi memoria y es un gran lugar en el mundo para mí.
Obviamente que ahora están pasando lo que están pasando, que es un horror en términos colectivos y en términos de lo que significa el capítulo del régimen de Nicolás Maduro en su historia y del chavismo en general. Pero la venezolanidad trasciende eso, o sea, es más que eso. [La venezonalidad] es muy importante porque todo este proceso terrible que han pasado ha menoscabado mucho, si es que existe tal cosa, la autoestima colectiva. Entonces, es muy importante reafirmar que lo venezolano y los venezolanos son muchísimo más que el chavismo y que esto que les ha pasado.
- ¿Cómo te sentiste vos cuando cubriste el éxodo venezolano en la selva del Darién? ¿Qué sentiste al ver a tantas personas que que se tenían que ir escapando de esa realidad que era totalmente diferente de lo que vos habías visto antes?
- Yo había cubierto el éxodo en la frontera colombo-venezolana, en 2019, cuando fue el frustrado paso de la ayuda humanitaria. Ahí fue como una revelación para mí. Ahí me di cuenta que quería hacer un libro, por lo que hice Llorarás. Historias del éxodo venezolano, en 2020. En la selva del Darién, que es una selva que queda entre Colombia y Panamá, realmente tenés la sensación de que estuvieras en el corazón de la tragedia venezolana, por la cantidad de venezolanos que constituyen el grueso del flujo migratorio por la selva. Cuando estuve en el Darién me di cuenta de lo que alguien es capaz de hacer, cualquier persona, por su sueño de libertad.
Y si bien he recibido -y esto lo conté en una columna que escribí-, mucho la pregunta de "¿por qué?; ¿cómo van a cruzar una selva tan peligrosa?". El Darién es una de las selvas más peligrosas del mundo, además, está controlada del lado colombiano por el Clan del Golfo, que es el grupo narco más importante de Colombia, y, dentro de la selva, hay grupos que se disputan el poder y que pueden perpetrar las peores atrocidades que te puedas imaginar. Hay muchísimos reportes de agresiones sexuales a mujeres y niñas migrantes en el Darién. Hay reportes de niños secuestrados de situaciones realmente muy deshumanizantes que suceden en esa ruta, que en muchos casos es una ruta de muerte. Ahora, yo en lugar de preguntar cómo alguien es capaz de meterse en una ruta así, me preguntaría de qué escapa alguien que está dispuesto a arriesgar su vida y embarcarse en una travesía de esas características que, repito, puede ser una ruta de deshumanización y hasta de muerte. ¿De qué escapa alguien que se mete en un infierno así? Claramente la respuesta es que escapa de un infierno peor. Lo mismo me pasó cuando estuve en el Mediterráneo central. "¿Cómo se tiran con olas de tres metros al Mediterráneo en esos barquitos precarios?", preguntaban. Bueno, cuando te cuentan de dónde vienen... Yo estuve en septiembre del año pasado y recuerdo que buena parte de los que venían en el barquito que pudo rescatar Médicos sin Fronteras en la misión que nosotros cubrimos, eran personas que venían de Siria. Claro, cuando te cuentan de donde vienen y un poco entendés por qué alguien en el medio de la madrugada, primero, termina recalando en Libia, que es otro infierno, y se arroja con sus hijos al mar.
Una vez, en el Mediterráneo, yo le preguntaba a un papá por qué había tomado esa decisión, por qué se había metido en el barquito con sus dos hijitos, que tenían cuatro o cinco años. Él me decía: "Es que en un momento me di cuenta que el mar era más piadoso que Libia". Generalmente Libia y Túnez son los dos países en los que terminan recalando los migrantes para salir hacia Europa en estas embarcaciones tan precarias. Entonces, lo que quiero decir es que la selva del Darién, que es nuestro Mediterráneo, es el Mediterráneo de América Latina, para muchos es absolutamente impiadosa y cruel -yo le recomendaría a cualquier persona que por favor no lo haga-. Pero imaginate cuán cruel es su casa y lo que en algún momento consideraban su patria o su lugar de pertenencia.
Hay un poema de la poeta somalí Warsan Shire, sobre la ruta del Mediterráneo, que dice: "Ninguna madre mete a su hijo en un bote si no cree que el bote es más seguro que la tierra". Lo mismo pasa en el Darién. Pero lo que me da mucha bronca del Darién es que es una suerte de secreto a voces, o sea, durante muchos años el Darién fue, y ahora es, esta ruta de desesperación, que además es un negocio muy grande para algunos. Esta tragedia está sucediendo en el corazón de América Latina y, sin embargo, nadie se termina de hacer cargo. Cuando parece que alguien se hace cargo, en realidad, la respuesta es la militarización de las fronteras y el pasar a que no vuelvan los migrantes, en lugar de una respuesta humanitaria, que abrace esa desesperación de esa gente que no tiene otro camino, no está viendo otra perspectiva.
- Tuviste que cubrir justo en la zona del conflicto, con miles de personas huyendo de sus casas, cruzándote con historias de vida muy fuertes. ¿En ese momento te sentís más pequeña al lado de su realidad o te pasa al revés? ¿Sentís que es mucho más urgente la necesidad de darles el micrófono?
- Conviven esos dos sentires contradictorios. Por un lado, empezás a relativizar tu vida y tus problemas a un nivel que creo que, en algún punto, es bastante saludable y realista. Y, en segundo lugar, te encontrás con la impotencia de que lo que vas a hacer va a ser algo muy pequeño frente a la magnitud de la tragedia. Y eso es muy frustrante. Realmente muy frustrante, porque te encontrás con niños solos, porque te encontrás con gente que ha vivido cosas que casi no se pueden ni reproducir, y vos lo máximo que podés hacer es darles un micrófono, ofrecerles amplificar su voz y su historia, con la esperanza de que eso no siga sucediendo. Pero ni siquiera tenés la certeza de que eso no va a seguir sucediendo. De hecho, casi tengo la certeza de que eso, tal como están las cosas, va a seguir sucediendo. Eso es muy frustrante porque se choca esta sensación de propósito que se te despierta en esos lugares como en ningún otro lugar, con la frustración de que la magnitud de la tragedia es tal, que es poco o muy relativo lo que uno puede llegar a hacer. Pero bueno, la ecuación en mi cabeza dice que sigue valiendo la pena contar la historia.
- ¿Cuál es tu mirada respecto al asedio que se está viviendo en la embajada argentina, ahora protegida por Brasil, en Caracas?
- La situación de los seis asilados es una situación incluso preexistente a las elecciones del 28 de julio. Es una situación que viene dándose de antes, cuando se intentó, de alguna manera, cercar a María Corina Machado, y sacarle a todo su círculo más cercano. María Corina Machado es la líder política o quien tiene el capital político en Venezuela, más allá de que, por su proscripción, el candidato presidencial fue Edmundo González Urrutia. Las seis personas forman parte del núcleo más cercano de María Corina Machado. La Argentina decide darles asilo político. Te diría que desde el día 1, después de las elecciones, el asedio a la embajada ha sido constante, con cortes del suministro eléctrico, con oficiales de las fuerzas del régimen merodeando la zona. A mí me ha tocado estar ahí e, incluso, hablé con uno de los asilados, Pedro Urruchurtu Noselli, desde afuera. Recuerdo que estábamos en vivo y me terminó dando una entrevista desde una de las ventanas y, un poco a los gritos, yo le preguntaba: "¿Creés que pueden llegar a entrar a la sede de la embajada?". Y la respuesta era: "El régimen es capaz de cualquier cosa".
La situación que estamos viendo te diría que es como una suerte de capítulo que le sigue al [capítulo] que significó la salida forzada de Edmundo González Urrutia. Recordá que la última vez que vimos un asedio tan fuerte sobre la sede diplomática argentina con los seis asilados fue cuando se forzó el exilio de Edmundo, que buena parte del mundo lo está reconociendo como presidente electo de Venezuela.
Por otro lado, hace un tiempo que el régimen viene insistiendo sobre la idea de que María Corina no está en Venezuela. María Corina, en las distintas entrevistas que ha dado, dice: "Yo estoy en Venezuela". No hay motivos ni evidencias como para creer que María Corina no está en Venezuela. De hecho, yo misma la he entrevistado. Ella sostiene que está allí en el país, pero el régimen lo que quiere es forzar su salida, así dar el golpe de gracia a la esperanza que tienen los venezolanos de que, finalmente, el 10 de enero, que es el día en que debería producirse la transición y el cambio de gobierno, haya un cambio en Venezuela.
Lo cierto es que el régimen, en un cambio de su estrategia, ahora intenta forzar la salida de María Corina, asediando aún más a este círculo de máximos colaboradores, que son los seis asilados en la embajada. A esto sumale el aislamiento de la propia María Corina, que básicamente no puede salir de donde está porque está a resguardo, siendo que corre serio riesgo estando dentro del territorio de Venezuela. No hay mucha información sobre dónde está ella, pero la información que tenemos es que está en Venezuela y en un intento por forzar su salida siguen asediando a sus colaboradores.
Esto es grave desde el punto de vista del derecho internacional, pero no debiera sorprender a nadie, porque Venezuela es un país sin ley. Venezuela es un país donde nada ni nadie protege los derechos de absolutamente de nadie. Imaginate que ha habido adolescentes que han sufrido torturas, que han sido arrestados por el régimen en el contexto de las manifestaciones postelectorales; algunos de ellos, ni siquiera habiendo participado en las manifestaciones. Ya es un régimen al cual no le interesa salvar nada en términos reputacionales, básicamente porque no tiene ningún capital, y solo se va a mantener con la fuerza, porque lo que ha quedado demostrado en las elecciones del 28 de julio es que lo único que sostiene a Maduro en el poder es la fuerza. Hoy el chavismo no tiene legitimidad alguna.
- Justamente, hace unos días, Edmundo González Urrutia, en una entrevista con El País, dijo que él va a ir a Venezuela para ejercer como presidente y que elegiría a María Corina como su vicepresidenta. ¿Vos creés que esto sería posible o las fuerzas del régimen harían hasta lo imposible para que no se concrete?
- Quiero ser prudente en este sentido. Yo guardo cierta cuota de escepticismo porque, además, conozco y sé de la brutalidad del régimen. Sé también que el costo de salida para ellos es muy alto, porque han cometido crímenes de lesa humanidad de manera sistemática, es decir, ordenados desde lo más alto del poder. El mismísimo Maduro, pero también el militar Diosdado Cabello -ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz del régimen venezolano- y otros jerarcas del régimen están directamente involucrados con un plan sistemático de avasallamiento de los derechos humanos, porque están vinculados con cuanto negocio espurio hay, porque tuvieron y tienen una responsabilidad en el vaciamiento de Venezuela y en la tragedia humanitaria, con lo cual ellos, sin poder, se enfrentan a un costo de salida muy grande.
El tema ahora es si la comunidad internacional va a hacer su rol en incrementar el costo de permanencia del régimen en el poder. Creo que de eso depende la posibilidad de que se geste algún tipo de cambio pronto. Yo guardo cierta duda sobre lo que pueda pasar puntualmente el 10 de enero por las características del régimen y por la brutalidad de la que es capaz para aferrarse al poder, pero, al mismo tiempo, creo, y lo he dicho en otras ocasiones, que la esperanza es un imperativo moral, y que los regímenes, en algún momento caen. Tienen que caer.
- En reiteradas ocasiones hablás de la esperanza como lo que moviliza al pueblo venezolano, tanto en el propio territorio como en el exilio.
- Sí, para mí ese es uno de los grandes aprendizajes del pueblo venezolano. Esta idea de que, más allá de todo, la esperanza vale la pena, porque, además, te ordena, te da un propósito, le da sentido a algo, le da sentido a una pequeña acción. La vida, las grandes cosas en las que uno se embarca, las cosas que tienen sentido de verdad y que pueden modificar tu vida, pero sobre todo, que pueden modificar la de otros, no tienen el resultado opuesto. Las cosas más importantes de la vida no nacen con el resultado opuesto. Implican un salto de fe, un salto de esperanza. Y las personas que terminan haciendo la diferencia son las personas que creen que algo vale la pena, que ese salto de fe vale la pena, aún sin el resultado opuesto. Para mí ese fue como un gran aprendizaje del pueblo venezolano. Por supuesto que vale la pena.
Entiendo, también, la cuota de escepticismo y de frustración, pero cuando alguien dice "con una marcha no se cae una dictadura" o "con un reclamo no se cae una dictadura", yo lo que pienso es que vos estás diciéndote algo a vos mismo sobre cómo te parás frente a eso, y eso importa, no es cualquier cosa. Vos le estás diciendo a otros y te estás diciendo a vos mismo cómo te parás respecto de algo. También, hay muchos, desde el sillón, contemplando con cinismo y escepticismo los procesos que encabezan otros. Yo siempre voy a tener más respeto por el que está ahí, sin el resultado opuesto y confiando en el salto de fe que dio. Siempre voy a respetar más a esa persona.
- Para ir finalizando, quería que me comentaras cómo fue la experiencia de ir al territorio ucraniano en medio de la invasión rusa. Nosotros pudimos ver, en vivo, que cubriste desde adentro la guerra y hasta sentiste las detonaciones. ¿Cómo te impactó estar en el territorio y tener que contar lo que estaba sucediendo?
- En Ucrania estuve cuatro veces desde el inicio de la invasión a gran escala. Esa primera vez que vos contabas. Después tuve un viaje más personal. Después volví a ir por el año de la guerra como enviada del canal, es decir, al año de la invasión a gran escala, porque la guerra tiene larga data. Y, luego, volví a viajar este año en el marco de un foro y después fui a hacer algunos informes a la zona del sur de Ucrania. En la primera vuelta, yo había estado bastante en distintos puntos, principalmente, en la franja este, una zona totalmente diezmada; la zona más afectada por la guerra. Pero me faltaba recorrer la zona de Jersón y el sur, y tuve la oportunidad de hacerlo en el último viaje.
Ucrania, un poco, terminó de reafirmar el periodismo que yo elegí hacer. Así como te digo que el pueblo venezolano me enseñó a abrazar la esperanza como imperativo moral, el pueblo ucraniano me enseñó el significado del estoicismo, de la resistencia, de que la muerte no es necesariamente lo peor que puede pasarnos a las personas. Yo vi ahí una convicción profunda de que lo peor que puede pasarte es que te arrebaten el derecho a ser lo que sos y que, en definitiva, la verdadera muerte es la muerte de aquello por lo que vale la pena vivir.
Son experiencias que son bastante más que experiencias profesionales. Son experiencias vitales que te hacen dar saltos cuánticos de crecimiento como persona. Yo realmente no soy la misma que era antes de viajar a Ucrania. Ni siquiera soy la misma que era antes de mi último viaje, ni antes del viaje anterior.
Es un territorio absolutamente fascinante. Es una idiosincrasia y un pueblo con una historia colectiva fascinante, profundamente sufriente, pero, a su vez, con un sentido de la dignidad. Alguna vez leí que "la verdad siempre se muestra de pie". Ver y asistir es muy conmovedor. Con esto no estoy romantizado la guerra. La guerra es horrible y deseo profundamente que todo este sufrimiento para el pueblo ucraniano se termine ya. Pero es realmente conmovedor ver a un pueblo levantándose por su verdad, por la reivindicación de su identidad, dispuesto estar de pie hasta el final. Ese sentido de la integridad, del valor de la dignidad humana y esa convicción, yo creo que no la había visto manifestada de esa manera nunca. Me conmovió mucho. Así que, también, a Ucrania le debo, obviamente un salto enorme en términos de crecimiento profesional, pero, fundamentalmente, le debo ser otra persona. Yo siento que soy otra mujer a partir de esa experiencia.
Mirá la entrevista completa a Carolina Amoroso

