Crónica de viaje, primera semana en Ciudad de México: de la deportación a la lucha contra el picante
Desde Ciudad de México, México
Viajar solo es estar solo con uno mismo. Parece una estupidez esa afirmación, pero cuando uno llega a una ciudad que no conoce y tiene dos perros de la división antidroga ladrándole a la mochila, es un poco más complejo de lo que suena. Al final era yerba mate y los perros dejaron de ladrar.
Esto me pasó unos minutos después de que casi me deportaran en la aduana en Ciudad de México. Bajé del avión y sabía el desafío que se venía por delante. Encima estaba mal dormido en un horario que no era el mío. Para no ser de los primeros en llegar a las cabinas de migración, fui al baño, miré el celular, caminé un poco más lento. En fin, hice tiempo. Pero no sirvió de mucho. Llegué y había un comisario de apellido Chaparro esperándome.
"¿Y dónde te vas a quedar?", preguntó, hasta ahí, con un tono esperable.
"En lo de unos amigos", le contesté y le di la carta de invitación que había hecho con los datos de Flavia y Mauricio, el matrimonio que muy gentilmente decidió alojarme unos días en su departamento del barrio Roma.
"Si son sus amigos, muéstreme una foto de ustedes juntos", agregó.
"No tengo acá. Cambié el celular hace poco, pero le puedo mostrar los chats con ellos. Me están esperando", afirmé.
-¿Tenés trabajo?"
-Sí.
"Vení por acá", y me llevó a una de las cabinas.
Ahí siguió la tensión. Me preguntaron por qué la carta no estaba firmada a puño y letra si eran mis amigos, ya con tono de burla. Sabía que si pisaba el palito, en doce horas estaba en Buenos Aires.
"Porque ellos viven en México y yo en Argentina, por eso la hicieron a distancia. Igualmente, está toda la documentación de ellos", aclaré.
Después me preguntó de qué trabajaba. Le dije que era periodista y no me creyó. Chaparro se empezó a reír con el otro.
"No tiene foto con sus amigos, es periodista pero no es famoso, ¿qué hacemos?".
Entiendo que cada gremio tiene su propio sentido del humor, y me parece bien. Pero le pido desde estas columnas a los trabajadores de Migraciones que empiecen a reírse de otra cosa porque la situación es realmente desesperante. Después de esa pregunta retórica se fueron sin decirme nada. Yo trataba de no hablar porque iba a escupir el corazón. Sabía que algo así podía pasar. Hice todo lo posible para evitarlo, pero pasó.
A los cinco minutos lo veo a Chaparro llegar con su bigote mojado y los pelos tirados para atrás, debajo de su gorra. Lo vi en detalle. Rengueaba, no sé si por su sobrepeso o porque caminar así es una característica de las personas infelices.
"A los chicos como vos, los devuelvo a su país", me dijo sin mirarme a la cara. "Pero te voy a dar una chance. Muéstrame que de verdad eres periodista".
En cualquier otro momento de mi vida me hubiese ido con alguna puteada, manteniendo mi orgullo y la frente en alto. Acá no. Con toda la sumisión y obediencia, saqué el celular y le mostré mi última nota de MDZ sobre el balance legislativo en el primer año de Milei.
"Ah, sí, ¡Milei, me encanta! Te voy a dejar estar 20 días".
Las primeras horas que caminé esta ciudad no paré de pensar en la idea del vértigo horizontal con la que alguna vez Juan Villoro describió esta urbe. En eso podía reflexionar mientras me sentaba en un banco a descansar. La falta de oxígeno a 2.500 metros de altura complicó mis primeros días. Hoy, sábado a la noche, me siento más cómodo, pero todavía no me animo a los dos pisos de escalera para subir al departamento de Flavia y Mauricio, el matrimonio que con la mejor amabilidad y buena onda decidió recibirme.
Pienso en el vértigo horizontal de esta ciudad cuando veo los rascacielos que pinchan las nubes del permanente smog, o los coches que avanzan en promedio a ocho kilómetros por hora. La Ciudad de México está construida sobre un pantano. Sus fundadores en 1325 decidieron avanzar en un terreno hundido y rodeado por cinco lagos, en la que hoy viven 9.3 millones de habitantes.
Es una ciudad que en lugares como Iztapalapa se hunde entre cinco y diez centímetros por año. Eso se ve en lugares del Centro Histórico, como el Museo de Bellas Artes o la Catedral, construcciones altas que están desde la colonia, que, cada determinado tiempo, deben rellenar el terreno para que el desnivel que genera el hundimiento no sea tan pronunciado.
Mi adaptación a CDMX la voy a medir cada semana en la relación con el picante. Sé que es tan arbitrario como subjetivo, pero es real. Quiero poder disfrutar la comida picante. Mi tolerancia a esos condimentos siempre fue baja, pero la voy a subir. El primer taco lo comí el martes recién llegado. Tenía un almuerzo a las 14 y a las 12 no aguantaba más el hambre. Me senté en la vereda de un barcito de la calle Veracruz, del barrio Roma. Lo primero que me trajeron fue un plato con cuatro tarritos de salsa, todas, todas, picante. ¿Por qué no dejar una para lo no picantes? Al lado, en una especie de panera, un montón de nachos. Probé con una puntita de picante y me di por vencido.
El jueves, cuatro días después, en el Zócalo, mismo procedimiento. Pero pregunté cuál era la que "picaba menos". Me dijo que era el guacamole. Pude comerme casi todo el tarro con los nachos. ¿Pico? Sí, pero lo resistí sin liquidar una botella de agua por cada nacho, o tortilla de trigo, como le dicen.
La Ciudad de México no pica sólo en sus comidas
La Ciudad de México no pica sólo en sus comidas,
Pica en sus tequilas a las tres de la tarde,
Pica en los labios que se secan hasta partirse como un ají,
Pica en los coches que aceleran en rojo,
Pica en los pasamontañas de los militares que custodian la ciudad,
Y también pica en los pibes que se rinden ante esos fusiles,
Pica en las cholas que buscan una limosna,
Y pica en los rascacielos que te obligan a torcer el cuello,
Pica en todo lo que frena más de lo que avanza,
CDMX convive con el picante,
que también pica en la lengua, los labios y el paladar.