Presenta:

El dolor de ser arrancado de quien debía elegirme y ayudarme a construir mi propio yo

Un trauma que convence al niño de que es un deshecho, que además de profundo dolor trae consigo profunda humillación y vergüenza.
El trauma va a teñir toda la experiencia de vida del niño o adolescente; toda su vida, incluso los momentos felices. Foto: Freepik
El trauma va a teñir toda la experiencia de vida del niño o adolescente; toda su vida, incluso los momentos felices. Foto: Freepik

ReMoved es el nombre de un corto que encontramos en YouTube que ilustra muy bien los efectos y síntomas del trauma que viven los niños que por un motivo u otro sufrieron reiteradas experiencias de abusos y privaciones en sus familias de origen y en las instituciones que los alojaron hasta llegar a su familia adoptiva. Y esto, si tuvieron la posibilidad de ser adoptados. ReMoved, o sea, eliminado, removido, expulsado… por quien debía amarme, sostenerme, darme valía. ¡Esa herida es tan enorme! Sobre todo, porque es causada por terceros que tenían, respecto del niño o niña, asimetría en el vínculo y, por ende, poder con control sobre el menor. Esta asimetría complejiza el trauma y ahonda la herida. 

Sandra Baita define al trauma como una exposición a determinados eventos que produce una serie de síntomas específicos y puntuales, que en su conjunto son como una radiografía de la experiencia de vida. Este trauma va a teñir toda la experiencia de vida del niño o adolescente; toda su vida, incluso los momentos felices, se van a vivir a través de estos lentes de dolor, de vergüenza, de que todo lo bueno no se lo merece, hasta que pueda, gracias a la ayuda de otros, comprender, resignificar y sanar. Empatizar, palpar, poder tocar este dolor en el corazón y psiquis de nuestros hijos y comprender… para ser los padres adoptivos protagonistas en su historia de reparación 

Se define al trauma como una exposición a determinados eventos que produce una serie de síntomas específicos y puntuales.

Cuáles son los síntomas del trauma

Hay niños que están demasiado asustados como para llorar, otros que actúan como si se estuviese repitiendo el evento traumático, otros que re experimentan el trauma con determinados estímulos o respuestas, unos tienen ataques de ira y furia, otros se encierran; en definitiva, todos experimentan desregulación y se expulsan a aquel mundo haciendo que su experiencia vuelva al “allá y entonces” al punto a veces de no saber si están allá o aquí. 

Así sucedió ayer como tantas veces, antes de salir a hacer las compras del supermercado que le había pedido a una de mis hijas. Ella se quedó callada a una negativa mía por algo muy trivial y salió de casa a hacer lo que iba a hacer. Unos cuantos minutos más tarde, escucho un portazo y los golpes propios de alguien que apoya las cosas sobre la mesa con furia; cuando me acerco veo las compras desparramadas, un huevo estrellado en el piso y a mi hija acurrucada en una esquina llorando con mucha angustia. Supe inmediatamente lo que sentía, sentí su dolor; sin decir nada, me acerqué, la abracé y empecé a explicarle el sentido de mi “no” y a volver a traerla lentamente a su espacio seguro, el “aquí y ahora”, levantándole la cara para que pudiera mirarme. Ella se dejó ayudar sin oponer resistencia.

Hay niños que están demasiado asustados como para llorar.

Mirar a los ojos, respirar profundo, hablar con amor y suavidad, para que la persona pueda volver a regularse y anclarse nuevamente en el “aquí y ahora” donde el amor está intacto, donde la casa está segura, donde la presencia del adulto serena, protege, comprende. Estas escenas se van a repetir una y mil veces, hace diez años cuando conocí a mi hija tardaba dos horas en poder ayudarla a regularse; me tenía que ir acercando muy de a poco y retirarme frente a su rechazo para volver a intentarlo minutos más tarde y así sucesivamente hasta que lograba sentarme a su lado y largo rato más tarde poder abrazarla.

Todo esto uno lo va aprendiendo a los golpes, equivocándose, tropezando con la incomprensión, el enojo, la susceptibilidad frente al rechazo, los comentarios errados, el cansancio, las fantasías de exclusión, la desesperanza y tantas cosas más que hemos sentido los padres adoptivos, sobre todo de niños grandes. 

Mirar a los ojos, respirar profundo, hablar con amor y suavidad, para que la persona pueda volver a regularse y anclarse nuevamente.

No se asusten queridos padres adoptivos, no se asusten ni de lo que sienten ni de lo que pasa en casa. El proceso es normal y es un aprendizaje saber cómo acompañar el dolor de cada hijo, saber cómo ayudarlo a salir de tan grandes desregulaciones. A veces ayudan las palabras, otras no; a veces conviene dejar que se encierre horas o incluso días, otras es mejor rescatarlo en su apartamiento; pero lo que siempre conviene es palpar su dolor, entender la experiencia vital de nuestro hijo, comprender que cuando un hijo que llegó a casa habiendo vivido adversidad temprana se desregula lo más importante es que vuelva a regularse y que cualquier cosa que sea que haya pasado, sea lo que sea, pasa inmediatamente a un segundo plano. Volver a regularse para después y solamente después, poder hablar de lo sucedido, cuando uno también haya vuelto a su punto de equilibrio y se haya vuelto a ensanchar el corazón.

Con el tiempo y a fuerza de sostener contra viento y marea, a fuerza de no quedarse en el episodio, de poder ver más allá y contener, estas desregulaciones se van espaciando y van siendo cada vez más cortas. De a poco y con el correr del tiempo van perdiendo fuerza en el interior de nuestros hijos hasta que con la ayuda de la simbolización y de los otros vayan aprendido a elegir como gestionarlas. 

Cristina Ma. Goldaracena.

* Cristina Ma. Goldaracena. Madre Adoptiva. Counselor en adopción y acompañamiento familiar

El trauma va a teñir toda la experiencia de vida del niño o adolescente; toda su vida, incluso los momentos felices.