Malas noticias: un cuento para cortar la semana
Se abrazan a causa de lo inminente. Se dejan ser raptadas por los brazos ajenos. Se intentan consolar la una a la otra, aunque en realidad parece que la mujer mayor pretende confortar a la más joven. Y si bien voy a observar, con mucha suerte, más de cinco segundos de ese abrazo, ya poseo el contexto necesario para entenderlo todo, o para suponerlo: el cielo está teñido de un gris triste, la humedad y el frío logran una combinación espantosa, las caras de esas dos mujeres transmiten el lamento que ambas padecen, y encima se encuentran abrazadas en la esquina del lugar donde la gente recibe más noticias malas que buenas: un hospital.
Te puede interesar
La Vendimia reparte amores, entre estrellas y oscuridades cómplices
Aunque mejor lo explico con detalle: la esquina la conforman las calles Finochietto y Perdriel –aunque la gente se olvida de la primera erre y pronuncia Pedriel–, las personas se mueven de acá para allá a causa del hospital, y mi atención está capturada por ese abrazo único que, como dije, lo comprendo bien gracias a que me brindó el espacio, el tiempo y hasta su posible causa.
Primero creí que las dos mujeres –porque ni chicas ni señoras, sino mujeres– se abrazaban mutuamente, pero ahora entiendo que no. La mujer más grande –aunque no parece tan grande tampoco– abraza a la más joven, que seguramente es su hija. Estoy segurísimo que se trata de su hija, ya que el abrazo que se están dando es el abrazo que justamente una madre otorga a su hija para consolarla, a pesar de que ella como madre también parezca necesitarlo en este preciso momento. Y es necesario aclararlo: todas estas palabras constituyen mis suposiciones espontáneas, pero creo que hay una gran posibilidad de que en ellas se oculte la verdad de la unión entre esas dos mujeres. Las expresiones de ambas delatan que ya saben algo, algo que antes negaban y quizás pensaban imposible. Quizás, pero más bien seguramente, lo que veían como una posibilidad en cualquier momento se transforma en una realidad. Me imagino la situación a la perfección en aquel pasillo blanco de hospital, donde ese doctor con bata blanca de hospital, con aquellos ruidos de fondo de hospital, comunica a la madre y a su hija: "Está en coma".
Lo dice con más tecnicismos, preparándolas para el momento en el que él pronuncie la frase, posiblemente en un lugar más tranquilo, explicándoles cómo sucedió todo, intentando calmarlas. Pero, con o sin estas cosas, el mensaje es el mismo: está en coma.
A su vez, puedo imaginar con detalle las reacciones de ellas: la indignación de la madre, la sorpresa de la hija, como entre ambas se toman las manos buscando respuestas en la piel ajena. "No... ¿cómo?", se preguntan y después un llanto. Un llanto tremendo. Una mala noticia. Otra más en un hospital.
Sin embargo, eso pasó ya sin lugar a dudas. Eso fue hace meses o semanas, incluso años, aunque no me arriesgaría por tanto tiempo. El abrazo me dice que pasaron semanas de esa situación, y que este martes nublado constituye otro día más viniendo a visitarlo, presenciando la misma realidad: está en coma. Y esta suposición es a causa de que ninguna está llorando ni tiene indicios de comenzar a hacerlo, pero aun así sus rostros son la imagen viva de la tristeza. Se abrazan por lo inminente, por la posibilidad hecha realidad. Por la posible muerte de su marido; la muerte de su padre. Deben haber salido recién de verlo: en cuero, enchufado a una máquina, con los ojos cerrados o semi abiertos, sin emitir sonidos, más muerto que vivo. Seguro la esposa piensa que ese no era su marido, y seguro la hija piensa que ese no era su padre. Un impostor, debieron pensar; un impostor haciendo una mala broma. ¿Dónde está mi marido? ¿Dónde está mi papá?
Posiblemente ese hombre sea un señor de sesenta años. No tengo manera de saberlo, pero así lo creo por la edad que aparentan tener las dos mujeres. No parecen sacarse mucha diferencia mientras se dan el abrazo.
- No doy más, ma –pienso que dice la hija.
Supongo, o invento, que ella está esperando que suceda algo y que a la vez está harta de esperar. Quiere que la mala noticia le estalle de una vez por todas en la cara, porque sabe que una buena noticia es imposible. Al principio pensaba eso por su papá, porque ella siente que él nunca querría que lo vieran así; pero ahora lo piensa (esto de querer que llegue la mala noticia de una vez por todas) en principio por ella. Porque no da más. Entonces pronuncia otra vez, oculta en un susurro, esa frase con la que su madre se identifica al instante: no doy más, ma.
- Lo sé, mi amor. Lo sé –también imagino, sin certeza alguna.
De la madre no supongo nada. No porque no quiera o porque me gasté toda la imaginación pensando los posibles pensamientos de la hija, sino porque no puedo. Siento que es indescriptible lo que está sintiendo esa mujer, o que se me va a hacer imposible recrear si quiera una porción mínima de su sufrimiento a no ser que esté en su lugar. Es terrible verlo a tu marido así, y de paso, tener la cabeza de tu hija en tu pecho, acariciar sus mechones intentando transmitirle una tranquilidad inexistente, mientras querés llorar y al mismo tiempo ya estás cansada de llorar. Además, ambas están vestidas con prendas negras, apoyadas sobre la pared blanca de un hospital. ¿Es una señal, acaso? Vestidas como si fueran a un funeral. ¿Y si ambas, inconscientemente, se vistieron para asistir a uno? Lo más probable es que sus días se hayan convertido en la posibilidad de que, cuando vean a ese doctor de bata blanca de hospital, escuchen aquella frase que la hija tanto espera escuchar, pero seguramente se arrepienta por haberlo deseado.

La madre abraza a su hija sin apretarla fuerte, con mucho amor, hundiéndola en su pecho, todo a causa de lo inminente. No doy más, ma. Siento que esa frase que nunca fue pronunciada no me la voy a olvidar más. Retumba en mi cabeza mientras sigo caminando, ya sin mirarlas, y no lo hago principalmente por respeto. Si me pasara lo que les podría estar pasando a ellas, tampoco querría que me miraran. Nadie lo querría en realidad.
Sin embargo, hay un deseo en mí de mirarlas por última vez, sólo para ver qué hacen después de darse el abrazo o si siguen en la misma situación. Simple curiosidad. Entonces volteo y, para mi sorpresa, ellas ya no están en la esquina. No están cruzando de cuadra, ni se subieron a un auto, ni están entrando a un café. Directamente, no hay nadie parado en la esquina. Acaso, ¿las habrán llamado desde dentro del hospital para que reciban, tristemente, la mala noticia? No sería la primera ni la última en un hospital.

* Nacho Cangas. Influencer literario.
IG: _nacho_cangas
