Cosas viejas: un cuento para cortar la semana
Acabo de cumplir los trece años y sé bien lo que significa tener trece años. En la secundaria lo explican cada tanto, en esas clases sobre educación sexual que tengo una o dos veces por mes. Cuando se lo comento a mi papá, siempre se sorprende de buena manera y termina recordando su época, diciendo lo mismo: “Nosotros... olvidate, te arreglabas solo. Ni sabíamos lo que era un forro”. Aunque la verdad es que todos esos cambios que supuestamente debería tener y experimentar en este momento de mi vida, yo no los siento en absoluto.
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Aunque hay otros cambios –verdaderos cambios– que sí noto a la perfección, casi a un nivel extremo y agobiante, y en el colegio nunca me enseñaron ni comentaron nada sobre el asunto. En mi cabeza hay una pregunta que me atormenta hace días. En realidad, hay muchas, pero esa duda en particular es la principal. Me la pregunto sin cesar y no me respondo. ¿Qué pasó?, eso me pregunto hace días, casi semanas; ¿qué pasó con todo?
No logro comprender si todo se fue con el aire, se desvaneció por arte de magia o sucedió una transformación colectiva de todas las cosas que me rodeaban. Intento buscarle explicación y no encuentro ninguna. Fue todo tan rápido, tan brusco, y eso es lo que más enojo me produce: lo imperceptible de esta metamorfosis que sufrieron todas las cosas a mi alrededor.
Me acuerdo a la perfección cuándo me percaté del cambio: todavía no era el mediodía, paseaba al perro mientras el sol me pegaba en la cara y, extrañado, comencé a analizar el ambiente que me rodeaba. En ese momento apareció la pregunta, que todavía intento contestar y no puedo: ¿qué pasó con todo?
Entonces decidí ir paso por paso, centímetro por centímetro, teniendo la esperanza de encontrar algo que esclarezca esa duda tan agobiante y gigantesca en mi cabeza: ¿Qué pasó, por ejemplo, con el quiosco a la vuelta de la cuadra? Parece que de pronto mutó y se convirtió en un taller donde arreglan motos que es liderado por un viejo de casi ochenta años que transmite la sensación de que en cualquier momento fallece. También, ¿qué pasó con el policía parado siempre en el mismo lugar al que saludaba todas las tardes? Ahora, supuestamente, es un trapito que lava todos los autos de la cuadra, que habla solo y nunca se queda quieto. O ¿qué pasó con el supermercado chino de la cuadra de en frente a donde siempre iba a comprar? Lo único que hay ahora es un gordo que vende espejos, que hace tapizados o no sé qué mierda, y no es mi intención insultar la verdad, pero el desconcierto y la desorientación, disfrazados de ira, me ganan.
Me termina controlando un enojo que se expresa con facilidad en mis pensamientos y palabras, pero esa furia, en el fondo, es un telón que esconde una tristeza enorme y una nostalgia dolorosa. Es un sufrimiento que al ser tan sigiloso no se cataloga como tal, debido a que te hace sufrir de a poco y a escondidas. Como si te estuvieran enterrado un cuchillo despacio, sin apuro, para que no te des cuenta y ni siquiera sepas que sufrís. Recién te enterás cuando la mitad del cuchillo te está atravesando, o peor, el cuchillo ya te atravesó del todo.
Lo único que tengo claro es que me encuentro padeciendo esa sensación indescriptible que gran parte de la humanidad experimentó: el extrañar. Me doy cuenta con facilidad lo mucho que echo de menos aquellas cosas que nunca creí que iba a extrañar, que pensé que siempre estarían en ese lugar específico en donde las frecuentaba.
Me doy cuenta, y duele darse cuenta de esta manera, que extraño todo. Extraño el quiosco en la esquina, al policía de la cuadra, al supermercado chino de enfrente, y a todo lo demás. Hasta incluso comienzo a extrañar lo que siempre quise que desapareciera: los gritos de mis antiguos vecinos, ya sea por las peleas frecuentes que tenía el matrimonio o las corridas y griteríos que provocan sus hijos a altas horas de la noche; también al perro demente de la cuadra, que cuando me veía me saltaba encima como un desaforado y me lastimaba rasguñándome; o incluso esos faroles que "iluminaban" la cuadra, cuando la verdad era que gran parte de ellos titilaban apenas se encendían y nunca nadie había ido a arreglarlos. Extraño esas cosas viejas y odio estas cosas nuevas. Incluso odio tener que usar las palabras vieja y nueva por lo que cada una significa.

Además, lo que más me enoja es ser el único indignado con esto. ¿Por qué todos actúan como si nada hubiera pasado? ¿Por qué mi papá y mi mamá no sienten lo mismo que yo y no están igual de confundidos y enojados? ¿Por qué el taller de motos, el trapito o el gordo de los espejos, tapizados o lo que sea no se dan cuenta que antes eran otra cosa? ¿Por qué cumplen estos nuevos papeles a la perfección y sin quejarse, como si fueran órdenes directas de algún Dios? Entonces salgo de mi cuarto buscando explicaciones, porque las quiero y las necesito. Cruzo el pasillo del segundo piso donde todavía hay cuadros descolgados –aún intentamos descifrar dónde colocarlos– y bajó las escaleras con rapidez. Ahí los veo a los dos, a mis viejos, en el medio del comedor, rodeados de cajas abiertas y cerradas, mientras ellos limpian objetos y los acomodan en distintos lugares. Voy derecho hacia ambos, a abrazarlos, a pedirles una explicación, rogándoles que sea una explicación lógica, mientras la furia y la tristeza pelean en mi interior por ver quién se apodera de mi alma. Yo les digo que no quiero las cosas de ahora, las cosas nuevas; quiero las cosas tal cual como estaban, como siempre estuvieron, en su lugar y sin modificaciones por más mínimas que sean.
¿Por qué tuvieron que cambiar las cosas?, les pregunto casi llorando.
Ellos me ven con una sonrisa. No se ríen como si les hubieran contado un chiste, sino que parecen sonreír con una fusión de felicidad y tristeza, porque en sus ojos también noto como algunas lágrimas se forman. Dicen que me dé tiempo, que ellos se sienten igual, que también extrañan las mismas cosas y que también les parece raro todos estos cambios.
Así suelto un suspiro que me consuela, y confirmo que no soy el único que se encuentra atravesando este extrañar de las cosas. Al final, ellos también comparten, de cierta manera, esa incertidumbre y enojo. Entonces les quiero responder, preguntar, casi que reclamar: ¿por qué están sucediendo estos cambios si nosotros no queremos que sucedan? Pero la pregunta muere en mi boca cuando ellos me abrazan con fuerza, como protegiéndome, y reflexiono de un segundo a otro. La tranquilidad vuelve por un segundo a mi cabeza, y la incertidumbre como el enojo cesa. Ese mar de olas turbulentas que era mi interior ahora es un agua calmada y serena, que apenas siente chapoteos. Me pongo a recordar aquellas cosas viejas que tanto extraño, y vuelvo a pensar en las cosas nuevas, quizás ya no con tanto odio, dándome cuenta de que nunca las odié en realidad. Percatándome que, simplemente, no las comprendía.

* Nacho Cangas. Influencer literario.
IG: _nacho_cangas

