Todos los días se aprende a amar
Trabajar por el matrimonio e intentar entenderlo ha sido siempre mi pasión. Aquella que me llevó a seguir formarme, a trabajar y a investigar. Sin dejar de lado lo lírico, busco poner luz a la materia, interpretando la realidad que me rodea, valiéndome de la ciencia que han construido muchos a quienes los desvela lo mismo que a mí: esta institución natural, gran pilar de la sociedad. Mi investigación hace foco en el deterioro de la pareja, profundizando en algunos factores asociados al mismo, para seguir aportando ideas creativas que den esperanza a quienes buscan cuidar el vínculo matrimonial.
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Cuanto más ahondo en el tema, descubro muchas razones que explican el desencuentro de las personas que forman la pareja, y las llevan a un profundo sufrimiento. Y al mismo tiempo se amplía ese campo en el que se mezcla lo que está oculto en el fondo de la intimidad de unos, lo que no se dice, lo que se tapa con lo que se desconoce o, simplemente, no se percibe.
Hace poco leí una entrevista a María Belón, una mujer que sobrevivió junto a su familia al tsunami de Indonesia de 2004. Por supuesto que lo que llamó mi atención fue el tema, ese impresionante y misterioso desastre natural que tanto nos había sacudido con los más de doscientos mil muertos que había dejado. La entrevista no indagaba acerca de los detalles del evento, sino que se enfocaba en las reflexiones de esa mujer, que, luego de vivir un hecho casi sobrenatural, un verdadero milagro, había ganado en sabiduría y sabía transmitirla. Y lo mejor, para mí, llegó al cierre del reportaje.
Cuando la entrevistadora da lugar a la reflexión sobre su vida con su marido, con quien ahora quedaron solos, luego de la partida de los hijos, ella da una respuesta que resume todo. Aclara que ellos siguen “peleando todos los tsunamis de la vida en pareja”, comentando que mucha gente se separa aduciendo no estar ya enamorada de su cónyuge. A lo que responde, con una simpleza y una profundidad que emocionan. “Pero si tú no te casaste con tu marido para estar enamorada, te casaste para aprender a amar”. Impresionante. Llevo años estudiando el matrimonio, el conflicto en el matrimonio, las causas que llevan a la ruptura, el deterioro, la comunicación en la pareja. Y, creo decir con certeza, que nunca me había encontrado con una definición tan simple, clara y profunda como la que nos deja esta mujer. Una frase que cala muy hondo invitando a la reflexión.
Aprender a amar. La vida de a dos es una escuela permanente. En la que se nos dan lecciones y se nos toma examen. El aprendizaje es un proceso. En este proceso de aprender a amar, a veces nos equivocaremos y volveremos a empezar. A veces nos saldrá perfecto y sacaremos un 10. Disfrutamos locamente de los recreos, en los cuales todo es juego y despreocupación. Y disfrutamos también de esas clases magistrales en las que el ser amado se da a conocer, se abre para que nos adentremos en su mundo, y nos deja entenderlo y compartirlo. Y damos lecciones para que el otro nos descubra y se sorprenda con cada diapositiva que explicamos, de distintas maneras, probando metodologías, innovando estilos educativos. Pero siempre avanzando, siempre sumando para que esa experiencia sea puro aprendizaje.
Si logramos ver el matrimonio como una carrera de amor, el miedo al conflicto se va a disipar. ¿No se aprende acaso muchísimo cuando se debaten ideas diferentes? Si descubrimos en el matrimonio una escuela, en la que seremos maestros y alumnos por igual, la empatía (esa virtud que tanto hay que cultivar en el arte de lo vincular), va a estar presente todo el tiempo. El maestro que empatiza con la situación del que “no sabe y está aprendiendo”, pondrá en marcha toda su paciencia.
El discípulo que empatiza con el maestro entenderá que está frente a alguien que está poniendo toda su pasión, empeño y esfuerzo en mostrarle un camino que no conoce, entonces la docilidad tan necesaria para la vida de a dos va a estar al servicio. Una escuela en que ambos son discípulo y maestro, a veces en un rol, otras en otro. Pero siempre aprendiendo. A amar. Equivocándose, acertando, pidiendo ayuda extra porque la lección los excede.
Entender la vida de a dos como un camino que emprendemos para aprender a amar, nos lleva a ser protagonistas, a tener conciencia de que siempre se puede más, de que no se termina, que depende de la parte que uno ponga para que salga adelante. Que siempre hay que poner en marcha la creatividad. Esa que nos lleva a dejarnos sorprender una y otra vez. Porque el día que uno pierde la capacidad de sorprenderse, deja de aprender, y posiblemente, deja de amar.

* María Ana Cornu Labat, Abogada, magister en Matrimonio y familia, coach de Familia, doctoranda en Psicología y profesora del Instituto de Ciencias de la Familia de la Universidad Austral.

