ver más

El adiós a "Chacho" Peñalva: The Sportsman, tres generaciones vistiendo a Mendoza

Un humilde homenaje a un gran emprendedor mendocino, hacedor y propietario de la centenaria tienda The Sportsman.

El motivo de la nota acarrea un humilde homenaje a un emprendedor mendocino que recientemente abandonara este mundo: el contador Andrés “Chacho” Peñalva, hacedor y propietario de la centenaria tienda The Sportsman, quien falleciera a los 89 años. Además, este escrito sostiene un sentido reconocimiento a la vigente trayectoria de la empresa, pero acompañado paralelamente de una reminiscencia personal.

En mi caso particular, eran tiempos cuando aquel emblemático guardapolvo blanco, que cubriera el tránsito de la escuela primaria, le cedía paso al tradicional blazer azul, la camisa clara, la corbata oscura y el pantalón gris. El que suscribe debía empezar primer año. Nadie en casa dudó. Siguiendo parte de la tradición histórica de los mendocinos, ese eslabón trascendente en la vida familiar de un adolescente, lo saldaría The Sportsman. Y así fue. Aquel primer día del secundario fui vestido de “sportsman”. De ahí en más, decenas de veces más. Ante cada instancia relevante, afectiva, social, familiar o personal, el sello de los Peñalva me acompañó siempre.

"Chacho" Peñalva fue reconocido por la Universidad Nacional de Cuyo. Foto: UNCuyo

Paulino, el precursor

La historia empezó en 1919 cuando José Gil y Paulino Peñalva comenzaron un derrotero comercial con un negocio de ropa para hombres en San Juan.

Paulino Peñalva era oriundo de Logroño (España); puntualmente de un pueblito llamado Autol. De esa tierra riojana española llegara a Cuyo el precursor Paulino. Tras una parada de unos años en Uruguay, previo tránsito por Buenos Aires y Rosario (donde Paulino trabajó en una tienda que se llamaba The Sportsman) un tren los depositará en San Juan. Fue ahí, en la tierra de Sarmiento, donde junto a José Gil (familia que perteneció a la empresa hasta 2007) crearon en 1919 la primera tienda The Sportsman. El tiempo traerá a Paulino hasta la próspera Ciudad de Mendoza. Así fue como en 1926 abrirá un pequeño local en calle Buenos Aires, casi San Martín.

The Sportsman, en sus inicios. Foto: Mendoza Antigua.

El buen criterio de la sastrería de The Sportsman empezó a interpretar puntualmente el gusto mendocino. No era fácil; tiempos donde había que competir con consolidados gigantes en el rubro: “Gath & Chávez”, llegada desde Buenos Aires en 1907 (primero sobre Necochea y luego en San Martín y Buenos Aires, para terminar en San Martín y Gutiérrez). Pero también con otras sastrerías que habían arribado del pleno centro porteño, como era el caso de “Casa Muñoz”. Mientras tanto, en la esquina de San Martín y Buenos Aires se mostraba como otro adversario de fuste: “A la Ciudad de Buenos Aires” (desde 1913) de Vicente Granata, Además “El Guipur” fundado en 1900 por José Diez (en San Martín y Gutiérrez hasta 1980) o la masiva y popular “Casa Arteta” (1931) en Las Heras y 9 de julio (hasta hace poco el lugar de Balbi).

Lo cierto fue que The Sportsman creció tanto que, indefectiblemente, debieron buscar un espacio más grande. La clásica esquina de San Martín y Entre Ríos se convirtió entonces desde 1940 en una postal de Mendoza. Una verdadera insignia de la costura masculina, y además una referencia insoslayable en el campo simbólico de la cultura mendocina.

Andrés "Chacho" Peñalva, el hacedor

La muerte de Paulino en 1975 hizo que su hijo “Chacho” Peñalva, egresado de la Universidad Nacional de Cuyo, tomara las riendas de la empresa. Los competidores habían proliferado: Ñaró, El Cóndor, Modart, Cervantes, etc. se erigieron en tiendas que buscaron el perfil de cliente que representaba al típico “menduco”, tradicional e históricamente inspirado en querer lucir y vestirse bien. Vaya paradoja del destino, la única que perdura de todos esos iconos de la moda mendocina es The Sportsman.

Durante ese tiempo la empresa se había consolidado firmemente. Tenía prácticamente la exclusividad de los uniformes de casi todos los colegios secundarios del Gran Mendoza. Las vidrieras del negocio con mucha anticipación, en vísperas del comienzo de los ciclos lectivos, ya exhibían los uniformes colegiales para la futura temporada escolar, lo que generaba la lógica atracción de las familias.

La sucursal de calle Montevideo de The Sportsman en la actualidad. Foto: The Sortsman.

Otro acierto de ese tiempo fue su perspicacia para captar la importancia del marketing comercial. Hubo épocas en que el negocio llegó a tener hasta 40 vendedores. En eso mucho tuvo que ver “Yoyo” Giudicce. Indudablemente la sociedad había comprendido anticipadamente las bondades de contar con creativas políticas comunicacionales de venta. Así, con el tiempo, y adecuándose a las nuevas épocas, The Sportsman no solo sumó marcas de renombre internacional, sino que también creó sus sellos propios.

Gonzalo Peñalva, la nueva visión

Si la nota se titulara: “The Sportasman, una historia de más de cien años”, no estaríamos exagerando. Hoy ese legado está liderado por Gonzalo (nieto del precursor Paulino e hijo del hacedor “Chacho”) que se incorporó de lleno a la empresa en 1988. "Crecí jugando entre los mostradores de la calle Entre Ríos", ha declarado con un profundo tinte de emoción éste sucesor de los Peñalva que arraiga el peso histórico de tres generaciones cultivando la moda de Mendoza.

Actualmente la empresa se extendió a siete tiendas. Cuenta con su propia marca de ropa premium desde 2006: “Piedravlanca”. Desde 2008, después de más de sesenta años The Sportsman se mudó al coqueto local de Montevideo y España (con diseño arquitectónico de Bormida & Yanzón) en el corazón capitalino de Mendoza.

The Sportsman en Palmares. Foto: The Sortsman.

Paso mucho tiempo desde que aquel pibe de 12 años, acompañado por su madre (mi querida vieja) compró su primer saco de “hombrecito”. Hace unos meses, después de varios años, regresé a comprar una corbata para mi hijo. El lugar era otro. Aunque percibí que el olor de la memoria seguía siendo el mismo. Por un instante en The Sportsman volví a ver mágicamente a mi madre cruzándome su brazo sobre mi espalda e invitándome a tomar un helado. Caminábamos juntos, felices, con el sobre de nylon que cubría el traje nuevo. Ella me dijo que el conjunto me quedaría genial. No necesitaba nada más.

Siempre existen personas, palabras y lugares que te dan seguridad para empezar nuevos desafíos. Ayer y siempre; entre historias, identidad y relatos. Como la vida misma: “fugit irreparabile tempus” (el tiempo huye irreparablemente), pero que importa si se mantiene la esencia. Cambian los colores de las corbatas, mutaron las esquinas y hoy (afortunadamente) me toca a mí pagar los helados.