Cuando la Tierra era sostenida por tortugas y elefantes
Hubo un tiempo, cuando un barco empezaba su periplo mar adentro alejándose demasiado de la tierra firme y mientras su imagen se perdía en la lejanía del horizonte, en el que todos desde la costa imaginaban algo irrefutablemente catastrófico. Seguramente aquellos intrépidos navegantes, cuya embarcación se diluía ante la visión de los asombrados curiosos, abruptamente habría caído al supuesto hondo precipicio de ultratumba que marcaba el límite terrenal, siendo la tripulación sanguinariamente devorados por monstruos infernales y despiadados. El navegar era tarea de valientes. Oficio signado solo para dioses, titanes o héroes que arriesgaban sus vidas en función de nuevos descubrimientos o épicas aventuras. La leyenda y la literatura se llenaron de insumos con estas heroicas travesías. Pero también en la dimensión “ilustrada” de esa época, dichos relatos implicaban una verdad consumada.
Debemos advertir que los movimientos de la Tierra, tan antiguos como la misma historia del planeta, no contaron con una explicación científica hasta épocas muy recientes. Desde el conocimiento actual, algunas de estas hipótesis nos resultarían absolutamente absurdas e incluso hasta cómicas, pero hubo un día que se sostuvieron como una creencia firme, siendo el único modo de explicar este aterrador fenómeno, en ocasiones, capaz de provocar un pánico atroz.
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Historia: la imperiosa necesidad de brindar una explicación
No será entonces de extrañar, por qué los vikingos creyeron que el mundo fue creado a partir de la muerte de Ymir. Un dios hermafrodita, cuyas ambas piernas copularon entre sí, creando la raza de los gigantes. Luego los tres hijos de Bor: Odin, el dios de la muerte; Vili, el dios de las emociones y Ve, el sagrado, rivales del dios hermafrodita, lo asesinaron y con la carne, los huesos y los dientes de Ymir crearon el mundo.
Sin embargo, por otros costados de ese “raro” planeta, los griegos pensaron que era el titán Atlas, padre de la astronomía, quien debía sujetar el peso de los cielos sobre sus hombros para evitar que el firmamento cayera sobre la (por ese entonces) plana Tierra.
Pero, por alguna extraña y a la vez curiosa razón, varias culturas creían que era una tortuga, a veces acompañada por elefantes, quien sostenía al mundo y lo trasladaba en un enorme océano.
Las tortugas sagradas
Resulta indudable que las tortugas de la actualidad no ostentan una prensa tan significativa, considerada y generosa, como la que contaron las tortugas de la antigüedad. Las tortugas por aquellos siglos eran imprescindibles para explicar los orígenes del mundo. Lamentablemente, en la contemporaneidad su fama quedó supeditada (injustamente) a ser solamente sinónimo de lentitud, con honrosas excepciones como las Ninja, aunque lejísimo de la cantidad de ponderaciones, templos, leyendas, dioses, lugares, ilustraciones, murales, odas, obras teatrales, musicales, poesías, que tuvieron los famosos quelonios de ayer.
Los hindúes argumentaban que la Tierra era sostenida por cuatro elefantes que se apoyaban sobre el caparazón de una tortuga, que a su vez se balanceaba sobre una serpiente cobra. Cuando alguno de estos animales se movía, la Tierra temblaba y se sacudía.
Será en la misma cultura hindú donde apareció por primera vez el concepto de tortuga sagrada y fundadora. Fue cuando el segundo avatar de Vishnu, la deidad que cambiaba de imagen constantemente (Kurma) fue la base donde los elefantes se posaban para sostener el mundo.
También en China, la tortuga ocupará un lugar primordial entre sus mitos fundantes. La tortuga gigante por la cual explicaban el origen de la Tierra fue llamada Ao. En este caso, a diferencia de los hindúes, la tortuga tendrá otro protagonismo. No será la sostenedora, sino que sus patas (cortadas por una diosa china) cumplirán las funciones de cuatro pilares que apuntalarán del cielo para que no se caiga sobre la tierra.
El mito fundante de las tortugas, de igual modo en los Estados Unidos, también fue trascendente. Algunos pueblos originarios norteamericanos pensaron que las reptiles acuáticos cargaban en sus lomos, toneladas de tierra mojada sobre cuyos caparazones crecieron las civilizaciones.
Otros bichos y otras creencias
Los antiguos griegos, egipcios y mesopotámicos pensaban que la Tierra fue un enorme disco rodeado por un gigantesco cuerpo de agua. Por ejemplo; en la imaginación griega, el planeta era un disco plano circundado por un océano, pero además estaba cubierto con una cúpula hemisférica, pues el camino que recorrían las estrellas tenía forma de arco. El mismísimo Platón (428-348 a.C.) fue un activo militante de la Tierra plana.
Y siguiendo con creencias de la época. Los mongoles pensaban que la Tierra era sujeta por una rana gigante. En Mozambique la Tierra era una criatura viviente, expuesta a la enfermedad y a la fiebre, que se traducía en temblores. Para algunos pueblos africanos la Tierra se encontraba sobre la cabeza de un gigante donde las plantas constituirían su cabello, mientras que los animales y personas que la habitaban eran los parásitos que vivían en ella. En tanto, para la tradición japonesa, el país nipón estaba sobre el lomo de un siluro gigantesco, el Namazu, que habitaba en las profundidades de la tierra. Este gran pez alargado tenía situada su cabeza bajo el templo del dios Kashima, quien lo sujetaba con su piedra angular. Mientras Kashima se encontraba en el templo, todo marcharía bien, pero cuando se ausentaba por alguna razón, como por ejemplo en el mes sin dioses (octubre), el Namazu se liberaba y provocaba los terremotos.
Moraleja histórica: la duda y los locos
Empezamos contando lo que imaginaban aquellos hombres cuando un barco se caía al supuesto precipicio porque su imagen se perdía en el lejano horizonte. El argumento común: llegó al límite de la superficie firme (plana o cuadrada) y desapareció por obra de la calamidad, la catástrofe, el pecado, maldiciones, castigo divino, ambición, rabia de los dioses, venganzas, etcétera. Pocos pensaban en que las lógicas bravas olas del océano eran más poderosas que los muy frágiles barquitos, hechos de palos y atados con sencillas cuerdas, en medio de una inexistente expertiz naviera. En el fondo; aprender llevó su tiempo.
Pero en ese contexto, siempre hubo alguien que se preguntó cuando el barco se alejaba del puerto: ¿por qué en esa embarcación desapareció antes su popa en el horizonte que su mástil? El solo hecho de preguntar eso, ya era una locura. Era oponerse hasta al indiscutido Platón. ¿A quién se le podría ocurrir que la tierra tendría una curvatura y fuera esférica? Solo a un loco.
Moraleja: desde que se discute que la Tierra es redonda, hay locos anónimos que refutan con razón y argumentos a los sabios consagrados. Lamentablemente esos locos, cargan con la misma débil prensa que actualmente ostentan en el imaginario popular las tortugas contemporáneas. Ante el gran público, ellas son lentas y viejas. Cuando por miles y miles de años fueron sabias y sagradas. Como la tierra, que siempre fue redonda, a pesar de lo que pensaba erróneamente hasta un consagrado, como fue y seguirá siendo, el mismo Platón.