La batalla de gallos sobre la financiación de la universidad
Hace unos años intervine en el asesoramiento a una empresa de comunicación cuyo fundador y CEO conducía con un estilo autoritario y agresivo. Esa forma de comunicarse bajaba en cascarse desde el vértice de la compañía hacia los niveles gerenciales y los equipos profesionales. Con mis colegas constatábamos el maltrato en el nivel de la relación entre los mandos medios y los colaboradores. El CEO de la compañía no iba a cambiar de momento porque estaba convencido de que su estilo era la manera de hacer que las cosas sucedieran. Resolvimos cuestionar ese supuesto, desarmar esa teoría implícita del liderazgo eficaz y empezar a hacerlo de abajo hacia arriba. Intentamos cambiar el estilo de liderazgo de los gerentes y el trato entre los colegas. De esa manera se construyó algo parecido a una barrera simbólica que atenuaba la toxicidad y les permitía a los colaboradores seguir trabajando con mayor bienestar.
En el país asistimos a un nivel creciente de agresividad en la máxima autoridad que habilita el insulto, el sarcasmo, la chicana y los discursos de odio en casi todos los escenarios públicos: el congreso, los medios, las redes sociales, la calle. En cada tema público relevante se reedita la polarización belicosa, un estilo que semeja las batallas verbales de los raperos. Hoy ya vemos que la agresión verbal deriva en agresión física.
El mes pasado caí de casualidad en una competencia de rap freestyle en el, por entonces, Centro Cultural Kirchner (hoy Palacio Libertad Domingo F. Sarmiento). Un amigo me ilustró sobre la dinámica de la pelea. El arte consiste en agrandarse y rebajar al otro a través del recitado de estrofas (barras) cargadas de ingenio y de agresividad. El publicitario Carlos Pérez ha señalado recientemente en una entrevista las similitudes de la cultura de la confrontación que arrecia en la política argentina con la cultura urbana de los duelos de los raperos.
Señala algunas notas del estilo de Javier Milei que copian la batalla de gallos: “Primero esta idea de un ida y vuelta y un desacuerdo sostenido en el tiempo en el cual yo vapuleo a otra persona. En el cual me siento y me perciben muy cómodo, es mi hábitat. Segundo, la ausencia de victimización: estas son las reglas con las que me muevo y son también las reglas que acepto. Tercero, la auto celebración, muy propia de los MC’s (maestros de ceremonia), raperos y freestylers”.
Esta inflexión de la polarización se volvió a ver con ocasión del veto del Presidente a la ley de financiación de la universidad y la confirmación del veto por parte de la cámara de Diputados. Los que estudian el fenómeno de la polarización política destacan que este es propiciado por el partidismo negativo: el hecho de que es mucho más importante la animadversión al otro grupo que la adhesión a las ideas del propio grupo. Se trata de un proceso de identificación negativo, la principal certeza que nos aglutina a nosotros es que nos diferenciamos de ellos.
Foto: Presidencia.
Un buen ejemplo de este partidismo negativo fue el discurso del diputado del Pro Alejandro Finocchiaro, quien fuera Ministro de Educación durante el gobierno de Mauricio Macri, en el debate por la ley de financiación de la universidad. “En una disputa de poder entre la libertad y el populismo, dijo, me corto la mano antes de votar con el kirchnerismo”. El argumento central es ir contra el enemigo, no importa si tiene o no razón: contra el kirchnerismo antes que a favor de los representados (aunque no sean kirchneristas). Pero la hostilidad hacia el otro desvía la atención del problema que se está tratando.
El malestar de la enorme comunidad universitaria se podría haber evitado con muy pocos cambios en la asignación de recursos de aquí a fin de año. La polarización ciega sobre las alternativas técnicas de solución, obtura el debate profundo, en este caso sobre la financiación de la universidad pública. Hay que recoger los argumentos de los que logran sortear la polarización: los que son capaces de articularlos serán necesarios para cuando vuelva a resultar evidente la necesidad de alcanzar consensos mínimos.
En su libro “El poder de las palabras”, el neurocientífico Mariano Sigman postula la conversación con los que opinan distinto como la herramienta más poderosa para pensar mejor sobre los problemas comunes. Es necesario hacerlo, dice, en pequeños grupos y con personas de actitud receptiva. En esos contextos aparecen los que tienen posiciones intermedias, los “grises” pero a la vez seguros del aporte de sus caminos del medio, de sus diagonales. Según la evidencia científica presentada por Sigman, estos son fundamentales para alcanzar consenso.

Foto: MDZ.
Supongamos que se discute sobre la financiación de la educación pública y hay dos posiciones extremas. Una sostiene que la educación universitaria pública debería ser arancelada; la otra, que el Estado tiene que comprometer más recursos y respetar su autonomía presupuestaria. La primera postura (llamémosle A) está convencida en un 100% de su idea; la postura opuesta (llamémosle B), también. Hay posiciones intermedias que es difícil de escuchar por la rotundidad de las posiciones extremas. Estas posiciones grises tienen dos variantes, quienes oscilan entre A y B, es decir que dudan tanto de A como de B, y quienes están a favor de un punto intermedio, pero con alto nivel de seguridad sobre su posición. Son quienes recalcarían todos los beneficios sociales y económicos que trae la universidad gratuita a la vez de la necesidad de transparentar sus finanzas y crear controles para hacer más eficiente la gestión económica.
Buscar alternativas de consenso hoy se ve como tibieza, el diálogo como “buenismo”. En realidad, buscar con persistencia los puntos de encuentro, una ardua solución a los problemas, que no se detiene en la animosidad contra el otro, requiere de gran fortaleza. Defender la mejor respuesta y hacerlo con respeto es hoy contracultural. Los universitarios tenemos la responsabilidad de desintoxicar la conversación pública porque en las riñas de gallos todos salen heridos, sobre todo la verdad.

* Damián Fernández Pedemonte (Profesor de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral e Investigador del Conicet).

