Gotcha Gaios Escrituras en el laberinto
No habrá nunca una puerta. Estás adentro…. J.L. Borges. “Laberinto”.
La escritura es cultura, permanencia en el tiempo, memoria, trascendencia espiritual. Por haber nacido en Georgia (en las Montañas del Cáucaso) Gotcha Gaios sabe muy bien de esto. En efecto, el alfabeto georgiano es un tesoro lingüístico y cultural que ha sido fundamental para la preservación de la identidad y la historia de su país natal.
No es casual que la escritura esté siempre presente en sus particulares topografías. Está allí como huella de lo sagrado y, si bien vivimos en un mundo desencantado donde lo sagrado parece haberse retirado, el arte tendrá la importante misión de recordarnos que alguna vez existió. De no ser así tendríamos una doble pérdida: la de lo sagrado y la de su recuerdo.
En la producción de Gotcha, la escritura -en tanto elemento compartido y ordenador- convive con el caos que se materializa en espacios sin límites, con variables imprevistas, erráticas. Su exuberancia nos hace concluir que más que situarse en un espacio, lo inunda.
El escamoteo del signo
Vivimos en un mundo que - dominado por el escepticismo- sólo encuentra definición en su retirada o en su retroceso. También en la obra de Gotcha, la transparencia del signo alterna con su ocultamiento. Es así que la escritura suele retroceder, encerrada en sí misma, auto protegida en su invisibilidad. Reticente al nivel de la epifanía habla quedamente, sin “aparecer por encima”, de acuerdo con el significado del término griego epiphaneia. Pero aun así, desde abajo, entre pliegues, despliegues y repliegues, no deja de interpelarnos.
Si bien Gotcha tiene mucho por decir programáticamente muestra ocultando. Mientras algunos planos exhiben su presencia, otros se esconden detrás de arrugas, frunces, hendiduras o punciones. Y así el espectador es invitado a entrar en un laberinto con los ojos abiertos y, alternativamente, con los ojos cerrados tratando de adivinar qué hay detrás de las encrucijadas de lo reconfigurable. El laberinto tomará las formas más diversas recordándonos que, en el universo borgiano, llega a adoptar la inquietante figura de una línea única, recta, “en la que se han perdido tantos filósofos”.
Como las mónadas de Leibniz, los laberintos de Gotcha se cierran sobre sí mismos, sin puertas ni ventanas. Pero no hablan de la armonía preestablecida del universo sino de los desequilibrios que impiden aprehenderlo. No hay allí ninguna ilusión de centro ni de fuerza a la que podamos oponernos. En el fluir del laberinto –recordando un poema de Borges- hasta la existencia del minotauro es negada.
Tiempos en el espacio
La obra de Gotcha oscila entre la contención de la escritura y el deslímite del azar, presente en la gestualidad del trazo pictórico y en la espontaneidad de la letra dibujada. Si la escritura es pasado, presente y futuro, la materia es cuerpo sometido a la exterioridad accidental que la convierte en testigo de un pasado de transformaciones que vive en el presente.
Ante estas temporalidades, el gesto habla de la intención del artista de traspasar todo tipo de condicionamientos. Es afirmación de la propia existencia en un hic e nunc (aquí y ahora) singular que –como sucede en toda obra de arte- aspira, desde el presente, a ser también futuro.

En definitiva, en la obra de Gotcha todo es tiempo que busca su lugar en el espacio. Fiel a esa búsqueda sus trabajos no parecen tener final. Se presentan como procesos abiertos donde constantemente se producen saltos, transformaciones y cambios de formato. En la fragilidad de esos espacios ningún centro, como ya advertimos, está asegurado.
Nuevas materialidades
Si la escritura es sinónimo de cultura, la materia es metáfora de la base primaria e ineludible en la que nos asentamos. Por su parte, el gesto debe respetar el actuar de la materia. Una materia que –como la naturaleza- se resiste a una total manipulación.
Podemos doblar el papel, arrugarlo, trozarlo, rasgarlo, punzarlo, pero hasta un cierto punto ya que la materia es también un espacio de resistencia. Frente a ella, el gesto del artista llega para decirnos que se puede vencer todo límite establecido.

La diversidad de materias, en la obra reciente de Gotcha, da una fuerte sensorialidad al fluir laberíntico. A los papeles opacos o transparentes, de distintos espesores tonos y texturas se suman cartones lisos o acanalados, hilos y cintas. Su combinación permite construir palimpsestos en los que se acumulan capas sobre capas de escrituras.
Una suerte de coreografía imprevisible alterna con la “herida” que surge de la pinchadura del papel, del agujereado y de otras perforaciones que punzan el plano. Esa herida permite encontrar ese punctun donde late lo Real que nunca podrá ser atrapado del todo.
Un ver pluridimensional
Alejado de la unidireccionalidad de la perspectiva renacentista que ponía en imagen un mundo antropocéntrico, Gotcha opta por la pluridimensionalidad del espacio barroco que intenta captarlo todo sabiendo de la imposibilidad del intento. Solo será posible captar aspectos del todo. En lo que hace a la imagen global de mundo, sus obras son metáforas de aspectos que ayudan a definirlo: la violencia de guerras interminables, la agresión, la marginalidad y la desigualdad, entre otros.

Finalmente ¿dónde encontrar una cuota de esperanza? Quizás en la obstinación de quienes luchan por mantenerse en pie. Y Gotcha lo logra al descubrir nuevos sentidos entre los pliegues de la materia y del gesto, como también en las tachaduras y veladuras del signo escrito. Y así, desde la positividad del acto artístico, nos invita sentir y descubrir formas inéditas de nuestros particulares laberintos.
La exposición se inaugurara en el Palacio de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, el 2 de octubre a las 18 horas.

* Elena Oliveras, Catedrática, ensayista y crítica de arte. Miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes y de la Asociación Argentina e Internacional de Críticos de Arte.
