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Enseñar, ese acto de amor que ocurre dentro de la escuela

La escuela es un lugar de encuentro y aprendizaje, pero también donde se experimentan los primeros amores. Algunos que perduran en la conciencia y en el corazón.

La escuela Superior Sarmiento, es enorme. En ese momento el ingreso era, para mí, como las escaleras de Odessa, interminables. Adentro, más de mil niños, 42 por aula, baños sucios, un patio gigante con un Palo Borracho centenario a un costado. Piano para los actos, guardapolvos blancos y mocasines lustrados, solo para el primer día. Tomar distancia en la fila y una extraña costumbre heredada de años anteriores: para salir a los recreos sonaba la marcha de San Lorenzo en vez de las campanas. Una escuela tipo, en este caso fundada por el mismísimo hijo de Paula Albarracín, pero que se replica por miles en todo el país; en cada pueblo; en cada barrio.

En esa escuela estaban los “cachos”, dos vendedores ambulantes que fabricaban sanguches, algunos adornos y muchos bustos de Sarmiento; siempre con cara de enojado. La imagen que nos transmiten de uno de los próceres más relevantes de la historia argentina está distorsionada por la “tiranía” de la imagen: su “cara de culo” (no había otra forma de describirlo) generaba prejuicios. Nadie podía imaginarse que ese señor que te retaba con la mirada de mármol tenía además de sus polémicas literarias, sus peleas políticas y malos gestos, una vida muy divertida. Sarmiento sabía gozar.

Las escaleras de ingreso a la escuela son testigos de miles de historias, encuentros, risas y desencanto. Foto: Pablo Icardi.

La señorita Norma, de segundo grado, abría el aula aún en tiempos coléricos. Adentro del grado había chicos de Las Chimbas que viajaban una hora en colectivo para llegar al centro, muchos niños de la comunidad judía de San Juan, hijos de las familias más acomodadas y, entre ellos el “pan casero”, un niño que comía salteado y que peleaba mejor que nadie. Mauricio, como se llamaba, tenía una rivalidad conmigo y se notaba en la cara de ambos: cómo mirábamos a Norma.

Norma, unía; la escuela unía. Era bajita y de pelo bien negro. No tenía buen recuerdo de sus colegas. En primer grado pinté la bandera argentina con el morado en vez del azul. Para alguien que no es daltónico suena gracioso, para los que sí lo son, no es un error (¿puede haberlo con algo tan relativo?). Para la maestra de primer grado, de quien no recuerdo el nombre, era una aberración. Norma, en cambio, me dijo que no había problemas y me enseñó sobre Belgrano, más que de dibujo y colores.
Estoy casi seguro que no era el único; pero me enamoré de Norma. A los 7 años en 1984, con la rusticidad que había en la comunicación emocional, se hacía una asociación simple: si alguna otra persona te generaba empatía, entonces había amor, salvo que fueras del mismo género (estaba prohibido sentir). 

El patio de la Escuela Normal Sarmiento fundada por Domingo Faustino Sarmiento. Foto: Pablo Icardi

La señorita Norma escuchaba, hablaba, comprendía y te hacía comprender. No gritaba si pintabas la bandera de otro color, no consideraba un sacrilegio pensar distinto. En definitiva, enseñaba, como lo hacen  las docentes.

Lo que ocurre dentro del aula, entonces, sí es amor. Nada tiene que ver con el amor romántico, con el deseo hacia otra persona o la entidad que puede dársele a una atracción.

“Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden”. La frase es parte del manifiesto liminar escrito por Deodoro Roca como corolario de la reforma universitaria de 1918, una de las revoluciones de las que Argentina debe estar orgullosa. En tiempos de violencia, ese texto es revelador. “La autoridad en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: Enseñando. Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y de consiguiente infecunda”, dice el manifiesto.

La intelectual Beatriz Bragoni lo recordó en una columna. La revolución que generó Sarmiento no solo hizo universal el acceso a la escuela, bajó el analfabetismo y demás. Con la escuela se creó ciudadanía, libertad. "La escuela para el vehemente y genial sanjuanino era “escuela de democracia” por lo que urgía hacer de “toda la República una escuela”, escribió Bragoni.

Tardamos en entenderlo. Pero la educación es, también, un proceso vincular. Con nuestros compañeros, amigos, familias y sobre todo con quienes son maestros y maestras. No es casualidad que esa palabra sea, por antonomasia, la forma de expresar la máxima admiración por el otro. ¡Maestros!