Estafa en primera persona: el cuento del tío con rezos, gritos y tonada
-¡Pedro, por favor, ponete una mano en el corazón, por favor, Dios mío, me voy a infartar!
-Tranquilo Gastón, soy una persona de bien, entra tu dinero y te lo deposito, acá no hay un conflicto, no te angusties.
-La boluda de mi mujer te hizo un préstamo de quinientas Lucas, me voy a morir. ¡Por favor, decime que no me vas a cagar!
-Gastón, soy un tipo honesto, no te hagas problema, ahí te lo deposito.
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Es un robo de identidad, Gastón no se llama Gastón, y me está vaciando 233.400 pesos de mi cuenta de Mercado Pago al compás del sollozo y las plegarias que como católico me generan empatía. Pobre tipo, por querer hacerle un regalo a la mujer, se había equivocado y me había depositado 500 mil pesos que, ni siquiera eran suyos, eran de la empresa. No me deja pensar, estoy abombado, cerrando dos entrevistas de MDZ mientras escribo un correo y hablo con la niñera de mi hijo. En el medio se suma al baile un cordobés atento y sobrio, con vocabulario bancario impecable, que me cuenta que me están por inmovilizar la cuenta por 120 días hábiles para normalizar la situación. Decido conscientemente entregarme sin pausa a mi verdugo y empieza la estafa.
El argentino estafador no es nuevo, Ricardo Darin y Gastón Pauls lo retratan perfecto en Nueve Reinas. La foto que ilustra esta nota de la histórica película de la dupla que se une por una semana para una gran estafa, que resultó ser sólo un truco para engañar a Darin por parte de su socio. Yo juré que estaba conteniendo a un tipo fuera de eje, que lloraba por el error de su mujer, me conmovió e intenté darle tranquilidad. Él se valió de mi inocencia y me rompió la cuenta para dar por terminada la operación y seguir al siguiente bien intencionado en media hora.
“Necesita depositar su saldo en la cuenta de Mercado Pago que vamos a pasarle, lo inmovilizamos, ingresa el dinero depositado por error y normalizamos su cuenta”. Las instrucciones del cordobés son claras, coherentes, todo normal. La situación empezó cuando decidí darle una mano a un amigo que tenía que vaciar un departamento, necesitaba vender con premura todos los muebles y decidí ayudarlo. Es de esos amigos que son hermanos, con los que uno no puede menos que entender que sus problemas son propios también. Los estafadores no te dejan pensar, te tapan de datos, te advierten y te ciegan. Me hicieron el cuento del tío y me vaciaron la cuenta en menos de quince minutos.
Con el diario del lunes, uno podría pensar que sólo un despistado o dormido podría caer en semejante burrada. Un tipo dice comprarme un mueble y gira por adelantado la seña, en este caso cincuenta mil pesos, pero dice y envía un comprobante de transacción por 500 mil para darle puntapié inicial al show. Estafador y machirulo, todo era “culpa de mi mujer que siempre hace boludeces con el teléfono, me dice que sin querer te giro un préstamo de 500 mil y encima es la cuenta de la empresa”. Rarísimo todo, pero necesito devolverle ese dinero, la culpa no me deja seguir con mis tareas y es todo verosímil.
Los siguientes pasos de la estafa
Me llamaron del “Banco Ciudad” con el cual opero, y con un léxico únicamente perfecto, un cordobés amable me explicó el procedimiento para devolver el dinero. Abrí mi aplicación, deposité el dinero y me pidió un contacto de confianza para depositarle el dinero a otra cuenta porque tenía que ser jubilación o cuenta sueldo, y no tengo ninguna de las dos. Ahí se desnudó el desastre.
-Rápido, pásame tu número de cuenta del banco, necesito resolver un tema.
-¿Qué comimos ayer, estás bien?
- Estoy metido en un quilombo y te ponés a hablar de comida….
-Decime entonces, ¿qué comimos ayer? Mi amigo Santiago es más rápido que yo y había resuelto el dilema antes de que yo pregunte algo.
-Pescado. Respondí confirmando el peor escenario. No había llantos, dioses ni gerentes. Sólo quedaba alguien transpirado en una silla intentando remendar el error de una invisible esposa.
- Te están estafando, ¿cómo me vas a pedir la cuenta para hacer un trámite? Córtale el teléfono a quien sea, te están vaciando la cuenta.
Corté con mi amigo y dejé de respirar. Del otro lado, mientras Gastón rezaba y el gerente del Banco Ciudad aguardaba los datos, me llené de vergüenza, vergüenza propia. Rendido, enfurecido, avergonzado, absolutamente humillado, desconfiando de mi capacidad intelectual y del mundo.
-Si esto es una estafa, van a aparecer todos flotando. Somos todos policías. Le dije eso y nunca supe por qué. No sé qué es pegar una piña, no levanto la voz ni cuando debería, no sé en qué momento pensé que podía transformarme en un asesino, pero era lo que sentía en ese momento.
-Sí, pero el dinero te lo voy a devolver el día de la c*cha de tu madre. Dijo el cordobés con tono descontracturado, antes de salir a disfrutar del botín, que espero, sea gastado únicamente en remedios.


