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Falta de acceso a la vivienda, un derecho básico

Argentina necesita cerca de 300 mil nuevas viviendas al año para cubrir su flujo demográfico. Con lo realizado, sólo se alcanza el 8% de lo requerido.
El acceso a una vivienda es un derecho fundamental. Foto: Shutterstock
El acceso a una vivienda es un derecho fundamental. Foto: Shutterstock

Mientras Presidencia de la Nación en su campaña publicitaria anuncia como un logro las 100 mil viviendas entregadas desde el inicio de su gestión (unas 25 mil viviendas por año), Argentina necesita cerca de 300 mil nuevas viviendas al año para cubrir su flujo demográfico. Con lo realizado, sólo alcanzamos el 8% de lo requerido; un volumen insignificante con respecto al problema.

Creer que el Estado será capaz de atender, ya no digo el stock, sino el flujo de demanda que nos impone nuestra demografía es una quimera. Es más fácil y más económico urbanizar, que ‘re-urbanizar’; es más caro y políticamente costoso desalojar un predio invadido o una fábrica ocupada, que garantizar los derechos de propiedad e ir al núcleo de los problemas; es más caro mantener un conjunto habitacional a la deriva, que otorgar títulos de propiedad a la hora de entregar los departamentos y diseñar conductas consorciales apropiadas para que sus beneficiarios se manejen con autonomía.

Sin depósitos a largo plazo nunca habrá líneas de crédito hipotecario. Foto: Shutterstock

Aunque el Estado se gestionara de esa manera, de todos modos sería insuficiente. Debemos poner en marcha el mercado de vivienda para estratos medios. Si no ahorramos a largo plazo en nuestra moneda el crédito seguirá reducido a niveles mínimos, porque el sistema financiero no puede prestar lo que no tiene. Sin depósitos a largo plazo nunca habrá líneas estables de crédito hipotecario, único camino para que un asalariado promedio pueda acceder a una propiedad, e indicador clave para que el desarrollista inmobiliario y el sistema financiero encaren una inversión significativa en este segmento. De no ser así, el sector inmobiliario seguirá pescando en una pecera de oro y el sistema financiero seguirá financiando al Estado y -con lo que sobre- el consumo”.

Una macroeconomía sana es un requisito indispensable pero insuficiente. Debemos confluir en una serie de acuerdos troncales durables (políticas) que acompañen esa macroeconomía. Por ejemplo, el acceso al suelo con servicios, el subsidio a la demanda, incentivos a la oferta y la preservación del medio ambiente, sobre todo en entornos frágiles. De no aumentar considerablemente el stock de viviendas, este será un mercado exiguo y el resto seguirá cayendo en la informalidad urbana o el hiper hacinamiento.

Si el país crece y simultáneamente reduce la inflación a un dígito, la conflictividad se reducirá sustancialmente, crecerán el crédito, el ahorro, el empleo formal y la inversión y, con un mejor encuadre crediticio, los argentinos serán capaces de tomar un crédito porque aplicarán a los estándares de cualquier banco. Naturalmente, siempre será necesaria la acción pública para aquellos sectores marginados que no logren dicho encuadre.

* Pablo Roviralta es arquitecto, fundador y presidente de la Fundación Tejido Urbano