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"Así se veía el cielo el día que quise saltar": historia de una depresión

Hace 4 años Antonella sintió el impulso de saltar por la ventana del piso 15 en el que vivía. Sentía que el vacío llenaba su ser y pensó que era fácil acabar con su dolor. Algo la detuvo. Atravesó una espiral de oscuridad y encontró lazos que la atan a la vida. Hoy habla sin pudor de su enfermedad.
Antonella compartió esta foto en Twitter un 10 de septiembre, día mundial de prevención del suicidio, dos años después de haber pensado en quitarse la vida Foto: twitter.com/Antonegra_ar
Antonella compartió esta foto en Twitter un 10 de septiembre, día mundial de prevención del suicidio, dos años después de haber pensado en quitarse la vida Foto: twitter.com/Antonegra_ar

No sabe cómo empezó. Y aunque repasó esa etapa de su vida muchísimas veces, Antonella -que hoy tiene 29 años- no sabe en qué momento dejó que la tristeza tomara control de su ser. "Una cosa es estar triste y otra ser toda tristeza", dice mientras relata su historia con flashbacks temporales. Vivía en un piso 15, en el centro de La Plata, y un día la ventana se convirtió en la posibilidad de liberarse de su dolor.

Esa ventana, que podría haber significado el fin, quedó asociada a la vida. Marcó un hito que en el relato se hace presente una y otra vez. "Antes de saltar", afirma sin darse cuenta de que en realidad nunca saltó pero consciente de que ese día hubo otros saltos que le permitieron salir del lugar en el que estaba. "La depresión empieza a crecer donde vos le das lugar y yo le abrí la puerta. Yo tenía ganas de sentirme triste y le abrí la puerta", reflexiona. 

"Me quise tirar. No me tiré, pero pasé de todo", confesó en un tuit que recibió miles de respuestas y que la ayudó a confirmar algo que su psiquiatra ya le había dicho: no está sola sino que hay muchísimas personas que padecen enfermedades de salud mental.

Antonella logró reconstruir su vida. " Ahora soy community manager. Fui secretaria. También hice tareas de limpieza y cociné: vendí pan dulce, milanesas y empanadas", cuenta

Le diagnosticaron depresión y estuvo medicada. Acostumbrada a ser independiente y integrarse fácilmente a cualquier grupo de personas, tuvo que juntar valor para salir de su casa, rearmar sus proyectos profesionales y animarse a hablar de lo que le pasaba. No se esconde, al contrario. Casa vez que puede, Antonella habla de su historia y del suicidio que no fue. Está muy lejos de romantizar la depresión, pero tiene la convicción de que es necesario poner el tema sobre la mesa.

Repite hasta el cansancio algo que aprendió (y vuelve a aprender una y otra vez) que es buscar lo vital. "¿Qué te conecta con la vida?", se pregunta y responde enseguida: "Un día soleado, un hobby, una plaza… No es tan complejo lo que te ata a la vida. La depresión a veces te vuelve muy abstracto: te preguntás cuál es el sentido de la vida, cuál es el sentido del todo y capaz que una copa de vino lo es, es un día a la vez". 

La tormenta que desencadenó todo y el horizonte más oscuro

"No venía pensándolo, pero sí venía escondiéndome", confiesa Antonella. Con lo que ella llama "el diario del miércoles" -por haber repasado incontables veces esa época-. Estudió Trabajo Social en La Plata. Al principio, iba desde Berazategui para poder cursar y más adelante -cuando consiguió un trabajo estable- se mudó a la capital provincial.

"Recuerdo mucho que en cuarto año iba hasta La Plata a cursar y no me bajaba del colectivo en la facultad. Ese año casi me quedo libre. Cuando pasé a quinto dejé algunos trabajos, pero en los años anteriores ya había empezado a aislarme. Con la excusa de estudiar, me quedaba en casa; con la excusa de querer recibirme, dejaba otras cosas y así", cuenta y sigue: "Me recibí el 19 de febrero de 2019. Iba a hacer una fiesta en una casa quinta y cayó una tormenta de dos días. No pude hacer un festejo ni nada y ese fin de semana me sentí muy mal. Lloré mucho. Imaginaba que era porque no había podido hacer mi fiesta de recibida, pero era algo muy infantil". 

Aunque está convencida de que mucho antes de eso dejó entrar la tristeza a su vida, marca ese momento como un desencadenante. Un par de semanas más tarde estalló en llanto en el tren. Iba a la Ciudad de Buenos Aires para una manifestación por el día de la mujer. "Me encontré con mi mamá, mi hermana y una prima que venían de Berazategui y a la vuelta les conté que me había sentido como vacía y muy triste, que no me sentía bien", recuerda. 

Pasaron todavía dos semanas más antes de que un cambio de planes de Santiago -entonces su novio, hoy su marido- la hiciera estallar nuevamente. "Íbamos a ir al cine y me dijo que en vez de eso podíamos ir a comer a lo de unos amigos. Me ataqué. ‘¿Cómo puede ser que me hagas esto? Mirá cómo me cambiás el plan’, le cuestioné. Y él puso cara de ‘bueno, está bien’. Ahí fui al cuarto, vivíamos en un piso 15. Me sentí muy mal. Y por primera vez me cayó la ficha de que me sentía tan mal y tan triste que prefería dejar de sentir cualquier cosa", afirma y acota: "Llamé al Centro de Asistencia al Suicida ese día".

Dejó el teléfono a la vista y se encerró en el baño. Ahora cree que quizás fue un acto inconsciente para que su novio lo viera. Hablaron de lo que había pasado. Ella le contó que una semana antes había sentido el mismo impulso de acabar con su dolor. "Estaba en la cocina y de repente sentí una opresión en el pecho y en la cabeza. Con el tiempo, cuando me diagnosticaron depresión, lo definí como si tuviera cinco cerebros de los cuáles ninguno me aportaba nada sino que me cuestionaban: ‘¿Qué vas a hacer con tu vida?’, ‘¿Qué clase de persona sos?’, ‘¿Sos una buena persona?’. En ese momento, desde que me recibí hasta que se desencadenó todo, dormía mucho. No podía hacer nada más que estar angustiada. Sentía que me estaba vaciando", dice. 

Antonella sigue con su relato. "Ese día fui a la pieza, como si me fuera a acostar, miré por la ventana y me dí cuenta de que estaba dispuesta a morirme. Estaba dispuesta a dejar de sentir. No sé si tiene explicación pero una cosa es estar triste y otra no tener salida. Miré por la ventana. La abrí. Pensé que iba a ser fácil y rápido. Cuando sentí que estaba segura, miré la habitación y ví a la gata en la cama. En ese momento pensé que si dejaba la ventana abierta iba a saltar atrás mío. En ese instante me di cuenta de que todo lo que estaba haciendo era una estupidez. Cerré la ventana, me caí en el piso y pensé: ‘¿Qué estoy haciendo con mi vida?’". 

Esa fue la primera vez que Antonella llamó al Centro de Asistencia al Suicida. "Me atendieron enseguida. Me preguntaron si podía registrar lo que había a mi alrededor: había una cama, un techo, una gata, una perra. Me preguntaron si podía sentir mis pies en el piso y si me podía sacar las zapatillas. La persona que estaba del otro lado me preguntó si podía respirar y le dije que sí. Me pidió que contara las veces que respiraba. Y me sentí mejor. Colgué. Me dormí y lo mantuve en secreto". 

Del salto que no fue a salir "del clóset de la depresión"

Después de que su novio vio que había llamado al Centro de Asistencia al Suicida la historia dio un giro. "Me preguntó qué pasaba y le dije que había empezado a entender que la muerte podía cortar con el sufrimiento que era constante y no paraba en ningún momento. Y que no era una amenaza sino que estaba dispuesta a hacerlo", cuenta. Sintió miedo cuando tomó conciencia de que realmente estaba dispuesta a saltar. Y más aun cuando imaginó que la gata podía hacerlo después que ella.

Esa noche comieron con unos amigos. Tiempo después, cuando Antonella salió de lo que llama "el clóset de la depresión", pudieron hacer chistes sobre ese día. "Llegamos los dos con la cara hinchada después de haber llorado mucho. Pero fue muy lindo porque dije que no me sentía bien, me acosté y mi novio me despertó a las 3 de la mañana para irnos. Me sentí infantilizada, pero también sentí que un grupo de personas estaba dispuesto a poner mi situación en la cotidianeidad y que eso no se volviera excluyente para mí o para Santiago", explica y agrega: "Estuve dos años así y ya era una costumbre: llegaba hasta donde podía". 

Le pidió a Santiago que no se lo contara a sus padres. Pero él lo hizo igual. Llevaban una década juntos. Y no podía llevar solo esta situación. "El lunes cuando volvió de trabajar me contó que había hablado con ellos. Pensé que me había pasado por encima y que era lo peor que me podía hacer. Pensaba que iban a estar enojados conmigo. Él me dijo que no. Haber hablado con mis papás para mí fue como abrir una puerta... Todos como familia le abrimos la puerta a las enfermedades de salud mental", reconoce al recordar la escena después de cuatro años y medio.

Al día siguiente su mamá la acompañó a terapia. Volvió a ver a un psiquiatra al que ya había visto anteriormente. "Pude empezar a reconstruir lo que me venía pasando. Ese año fue muy difícil. Empecé a tener síntomas de agorafobia y no soportaba el exterior. Recuerdo estar en el piso 15, en pleno centro de La Plata, escuchar la vida fuera y pensar en cómo la vida seguía sin mí. Yo podría haber saltado y no iba a pasar nada. En esa época tomaba un estabilizador de ánimo. Le decía a mi psiquiatra que tenía una voz en mi cabeza que me decía cosas: que soy mala, que a nadie le importa lo que yo haga, que el mundo podía seguir girando, y él me decía que no era una voz en mi cabeza sino que era yo diciéndome eso". 

"Desde que me tiré por la ventana, estuve peor", sentencia. Sigue una pausa. Porque aunque en realidad Antonela no saltó, ese día vio otro paisaje desde el piso 15. Siguieron seis meses difíciles. Unas semanas después del episodio, el 9 de abril, su hermana fue a visitarla. "Me miró y me dijo que no podía estar así vestida el día de mi cumpleaños. Me sacó la ropa, me puso un vestido, me peinó y me cantó el Feliz cumpleaños. Esa fue su manera de decirme: ‘Estoy con vos y esto nos está pasando a todos y la única manera de afrontarlo entre todos es introducirlo en nuestra vida cotidiana’". La anécdota tiene un gran valor. "No sé si mi hermana sabe lo que valió para mí: no volvió mi cumpleaños en depresión una situación traumática".

Unos meses después hizo un viaje que tenía previsto desde hacía meses con Santiago. "Es muy raro estar en la playa y estar deprimido", asegura. "Entonces, tuve mucha sensación de paz y de dolor. Fui a Brasil con toda mi tristeza y la llevé con él, Santiago, a quien le agradezco que haya querido ir conmigo". Era el peor momento. 

Aprender a caminar de nuevo en busca del sentido

"Perdí mi trabajo. Yo me sentía en ese momento una joven promesa y después de eso fui una joven promesa fracasada", recuerda Antonella. Es la mayor de tres hermanos y fue la primera en estudiar en la universidad, tuvo un trabajo que disfrutaba y consiguió reconocimientos. "Y de repente me quedé sin nada, estaba completamente afuera del sistema por decisión propia, porque el camino que yo tomé me llevó hasta ahí. No me perdono haber estado deprimida", dice.

Y ahí recuerda que la depresión es una enfermedad. Lo que pasa, insiste con esto una y otra vez, es que no se ve. Y por eso parece ser algo irreal. "Si yo tuviera una hernia de disco, colon irritable o enfermedades incómodas se verían y no importaría cómo me va. Cuando el problema es la salud mental -o lo que me pasa a mí con la depresión- es que estás todo el tiempo buscando que te entiendan los demás porque una pierna rota se puede ver pero esto no y entonces parece que no existe. Te encontrás con comentarios como: 'No entiendo cómo una persona puede estar en la cama sin moverse', 'No entiendo cómo una persona como vos, tan exitosa…'", reflexiona.

Antonella escuchaba esos comentarios en un momento en el que no se podía levantar. "Era como si tuviera un yunque en el medio de mi cabeza que también me apretaba el pecho. Así pasé bastante tiempo, creo que las pastillas me empezaron a hacer efecto más o menos dos meses después". Entonces, tardaba hasta 10 horas para salir de su casa y llevar a cabo tareas simples que le ponían su psiquiatra y su novio. 

Un día decidió ir a un pasaje a seis cuadras de su casa, comprar un libro y sentarse a leerlo tomando un café. "Estuve cinco días para hacer eso… y un día salí, compré el libro y tomé el café. Era julio. Odio el frío. Y sentí mucho frío en la cara. Por primera vez después de 60 o 70 días, sentí", enfatiza. "El frío en la cara sigue siendo el recuerdo de algo que no puedo describir. Pasé mucho tiempo más sin volver a salir, pero ese día sentí como si hubiera hecho todo". 

Después de eso empezó a sacar a su perra. Y también se volcó con obsesión a la lectura. Leyó tanto como pudo a los autores que escribieron de salud mental. "Y después me fui directamente a la existencia de Dios. Me obsesioné con saber qué piensan las personas más inteligentes -las que estudian todas las cosas básicas de la vida y de la existencia real- sobre la existencia de Dios", confiesa y en un suspiro agrega: "Esa gente cree en la depresión como un problema de salud mental, entonces quería saber qué pensaban también sobre todo lo otro sobre, sobre la religión, sobre la fe, sobre lo que no se puede tocar".

Razones para vivir: una planta y un jardín

Un día Antonella se compró una planta. Jamás pensó el impacto que eso podía tener. "Me cambió la vida tener una planta. Compré una y después de tuve otra y otra y otra. En septiembre de ese año ya tenía muchísimas y por eso me levantaba: tenía que regarlas".

"Empecé a descubrir que había cosas que me ataban a la vida. Cuando no podía salir a la calle, hacía dos cuadras y empezaba a pensar que el resto del mundo me estaba mirando y se daba cuenta de que yo no tenía trabajo, de que no tenía vida… Hoy ya no reniego y lo abrazo como parte de la vida. No aprendí todo pero sabiendo lo bajo que uno puede llegar en términos de sentirse mal, ¿qué sentido tiene sentirse mal por cosas? Haber estado tan triste me abrió un aspecto del dolor y también de la contraparte que es la alegría", piensa en voz alta. 

Cuando le costaba mucho estar en la calle, se sacaba las zapatillas para que sus pies estuvieran en contacto con el piso -mejor si era pasto, aclara- y buscaba sentir el viento en la cara. "Esto me hacía sentir que las cosas se podían disfrutar", recuerda y comenta: "Hay un momento en el que sabés que está saliendo el sol. No importa lo triste que estés o lo que estés atravesando: eso también va a pasar". Se había escrito esa premisa en uno de los dos espejos que dejó en su casa. En el otro se escribió un mensaje motivador: "Anto, vos podés”. 

"Lo que me hizo la depresión fue quitármelo todo. Yo no entendía que yo había ido abierto esa puerta de la depresión. Nunca encontré el por qué. Mucha gente me pregunta: ¿Por qué te deprimiste? Quizás lo que hice fue dejar entrar la tristeza y cerrar la puerta para no dejarla ir", afirma y repite: "Cerré la puerta a la sensación de la vida. Me sentía desconectada de las cosas de la vida, de mis vínculos". 

Siempre había tenido una gran capacidad para adaptarse. Se dio cuenta de que había perdido esa habilidad después de muchas veces de hacerse pis en la calle. "Nunca había sido tímida y me dolía mucho haber perdido la sensación de estar cómoda. Siempre tuve gran capacidad para adaptarme y de repente no podía salir, no podía hablar, me sentía mal y cuando empecé a hacerme pis me dije a mi misma que de esto tampoco tenía que tener vergüenza", declara.

A partir de entonces, habló de su depresión. "Contaba lo que me pasaba: me arruina, no puedo hacer esto, no puedo hacer aquello, ayer caminé tres cuadras, me hice pis y me tuve que volver. Algunas personas quizás pensaron que trataba de llamar la atención. Pero recibí una cantidad de mensajes, muchísimos, de gente diciéndome: ‘Estoy pasando por lo mismo que vos’, ‘Pasé por lo mismo que vos’, ‘Mi mamá pasó por lo mismo que vos’, ‘Mi hijo lo está pasando’. Evidentemente hay un montón de gente a la que le está pasando", explica y vuelve sobre una idea recurrente: "Pareciera que, como no se puede ver ni se puede tocar, todos estamos pensando en que la depresión es algo sólo de uno".

En noviembre de 2019 Santiago le dijo que iba a renunciar a su trabajo y eso implicaba dejar el departamento del piso 15 al que había accedido como un beneficio laboral. "En diciembre nos mudamos a una casa con patio. Cuando me fui del piso 15 sentí que era el momento de que mis plantas y yo tuviéramos un lugar a donde apostar a la vida", concluye.