Belgrano y el atroz amor esquivo: historia de un yerno prohibido
María Josefa, “Pepita”, desde niña siempre acompañaba a su padre Don Ignacio de Ezcurra hasta el Consulado de Buenos Aires por la céntrica calle Santísima Trinidad, pues sabía que como premio por la compañía recibiría un dulce de alcayota comprado en la esquina de la catedral porteña. Don Ignacio, oriundo de Pamplona, era un reconocido hombre de negocios y tendría una trascendental entrevista con el flamante Secretario Perpetuo: Manuel Belgrano.
La reunión indudablemente fue fundamental para todos. Sobre todo, para Josefa quien nunca más olvidaría ese encuentro. Su padre había encontrado la posibilidad de destrabar un trámite ante la Casa de Contrataciones de Indias y ella había encontrado al amor de su vida.
Pero las tradiciones, usos y costumbres de la época hicieron que “Pepita” en algunos meses tuviera que casarse obligada por sus padres con el primo millonario recién llegado de España. Ella tenía cerca de 20 años y debió consagrarse en matrimonio con Juan Esteban de Ezcurra y Madoz, a quien prácticamente no conocía. Él cargaba flamantes 54 años, o sea 30 y tantos más que su prima y esposa.
Afortunadamente para Josefa la relación duró poco. Cuando estalló la revolución de mayo el patriotismo español de Juan Esteban hizo que no pudiera soportar la turba revolucionaria americana y volvió a Europa. Al tiempo morirá y Josefa se convertirá en una joven viuda millonaria.
La “desobediencia” debida
Belgrano se hizo cargo del Ejército del Norte tras la catastrófica derrota de Huaqui (20 de junio de 1811) llevando adelante desde ese tiempo la Segunda Expedición Auxiliadora al Alto Perú.
Los brotes revolucionarios de la primavera tucumana hacía rato que asomaban en aquel cálido setiembre de 1812, como así también (y cada vez más cerca) arreciaban las tropas realistas al mando del Brigadier Juan Pío Tristán.
El peligro del avance español era creciente y para agregar complejidad al caso, el Primer Triunvirato desde Buenos Aires ordenó a Belgrano que retrocediera hasta Córdoba con el objetivo de reorganizar la defensa. “Imposible”, sostuvo Belgrano no obedeciendo la orden. Por consiguiente, se detuvo en Tucumán donde la población estaba dispuesta a sumarse al ejército y acompañar heroicamente la defensa territorial.
“Son muy apuradas las circunstancias, y no hallo otro medio que exponerme a una nueva acción: los enemigos vienen siguiéndonos. El trabajo es muy grande; si me retiro y me cargan, todo se pierde. Nada dejaré por hacer. Nuestra situación es terrible, y veo que la patria exige de nosotros el último sacrificio para contener los desastres que la amenazan”. Es la voz de Belgrano en “Historia de Belgrano” de Bartolomé Mitre.
“Pero el amor es más fuerte”
María Josefa tenía 10 años más que su hermana María Encarnación Ezcurra quien en 1813 se convertirá en la esposa de Juan Manuel de Rosas. “Pepa” nunca dejó de encontrarse con Belgrano desde aquel momento en tiempos coloniales, más aún, tras su viudez había decido jugarse a fondo por su amor.
Luego de casi 50 días de viaje en diligencia logró encontrarse con Belgrano en Jujuy. El General estaba en el frente de batalla y hasta allí lo acompañará ella. Estuvieron juntos ocho meses viviendo en campaña, entre trincheras y pocilgas de mala muerte. Será en esas circunstancias que “Pepa” quedará embarazada.
La coyuntura hizo que María Josefa regresara a Buenos Aires. En julio de 1813, y en medio de un total hermetismo, nació Pedro Pablo. Sus tíos recién casados, Juan Manuel de Rosas y Encarnación, lo acogieron e hicieron que figurara su inscripción en las actas de la catedral de Santa Fe como un huérfano que era adoptado, mientras que su madre biológica lo criaría como si fuera una tía. Ella, María Josefa, su madre real será por mucho tiempo “la tía Pepa” de Pedro Pablo Rosas.
Belgrano nunca reconoció a Pedro Pablo, probablemente por no afectar la reputación de María Josefa, algo que por más que para muchos era un secreto a voces, en el seno de la alta alcurnia debía respetarse, aunque la hipocresía rebalse hasta el mismo Río de la Plata o hasta que la discreta cobardía aún de los más valientes aflore en resguardo, vaya a saber, de que prejuicio o tradición.

Pedro Pablo recién a sus 24 años se enteró de su real historia de vida. Por ese entonces era un reconocido juez de paz del bonaerense pueblo de Azul. Fue por boca del mismo Juan Manuel de Rosas quien le confesó la realidad de los hechos cuando Belgrano ya había muerto hacía casi 20 años. En una pieza contigua, su verdadera madre lo esperaba con un abrazo, y aunque parezca una novela volvía a nacer, ahora como Pedro Pablo Rosas y Belgrano, el hijo de Manuel y “Pepa”.
“Lunita tucumana”
“Dolorecita”. Así la llamaba Belgrano. Ella era María Dolores Helguero Liendo. El otro amor del creador de la bandera. Distinguida. Hermosa. Hija de una familia acaudalada de Tucumán. Él era Belgrano. Valiente general de la patria e intelectual brillante, pero corriendo siempre con la suerte de ser el yerno prohibido.
Los Helguero (sobre todo, Don Victoriano, el padre) habían imaginado otra vida para Dolores. No concebían que esa joven de 18 años que hacía suspirar a todos se enamorara de un militar (por ese tiempo) discutido y a esa altura de su vida sin un peso donde caerse muerto.
Dicen que volvieron a verse en una fiesta de celebración conmemorativa de la Declaración de la Independencia. Cuentan que Dolores y Manuel no dejaron de mirarse más. Don Victoriano, percibiendo el fuego apasionado que abrazaría a su hija, la había obligado a casarse con alguien de su abolengo. La relación no duró nada. Su amor era Belgrano.
El 4 de mayo de 1819 nació Manuela Mónica del Corazón de Jesús. Las historias sostienen que era igual a Belgrano. Y que comparaban su parecido poniendo la cara de la niña a la par de aquel retrato de Manuel Belgrano que le atribuyen al pintor Francois Casimir Carbonnier.
Pero la suerte estaba echada. Belgrano volverá a la batalla. Será maltratado y juzgado sin piedad por sus contemporáneos. Regresará a Buenos Aires y si bien no la reconocerá en su testamento, le pedirá a su hermano cura, Domingo Estanislao, que se encargue de sus deudas y que cuide “a su hija natural llamada Manuela Mónica que a poco más de un año había dejado en Tucumán”.
Dolores Helguero partirá a Catamarca junto a la niña Manuela. La familia y la provincia tucumana la habían prácticamente expulsado, horrorizados por su romance “con el viejo y fracasado Belgrano”.

Con cinco años, Manuela Mónica fue llevada a Buenos Aires. Esos eran los deseos de Belgrano. Será criada por su tía Juana Belgrano de Chas siendo reconocida como sobrina directa. Y así, una vez más las historias mutarán en leyendas. Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano era bella y culta. Si hasta Juan Bautista Alberdi se enamoró de ella, pero al final se terminará casando con su primo Manuel Vega y Belgrano. La muerte de una hija terminó sumergiendo en una profunda depresión a Manuela. Morirá triste. Como su padre. Nutrida de incomprensión, injusticia, crueldad y sin entender el porqué.


