Si estás mal con tu pareja, no vayas al Palmar
Les quedaban pocas chances. Lo sabían aunque ni lo mencionaban. Jorge y Mariana estaban en pareja desde hacía casi treinta años, y habían enfrentado y salido victoriosos de infidelidades, muertes, enfermedades, depresiones, hijos, deudas, suegros. Ahora enfrentaban lo que parecía menos leve pero más difícil: el cansancio, el silencio y el aburrimiento. Llegaban a los cincuenta años agotados del otro y hasta de ellos mismos, con tres hijos en plena adolescencia, que de a poco iban haciendo sus propias vidas.
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Decidieron como un último manotazo de ahogado escaparse solos a Entre Ríos, un lugar sencillo y sin muchas pretensiones, ideal y supuestamente fácil para esa última prueba. Aunque un poco peligroso también, ya que era un viaje en auto a un destino un poco aburrido y donde seguramente, al no tener mucho que hacer, el silencio se haría cada vez más sonoro, y tarde o temprano los temas que suelen romper ese silencio serían esos clásicos que nunca hay que tocar: listas pendientes de hace meses y hasta años, reproches, críticas a amigos y familiares, quejas y más quejas.
Decidieron empezar por el Palmar, un parque del que siempre decían cómo puede ser que no lo conozcamos, quedando tan cerca de Buenos Aires y siendo tan accesible tanto en kilómetros como en plata. Con el diario del lunes es fácil decir que por algo no iban. Tres días solos sin los chicos, igual los chicos fueron los primeros en decir que preferían quedarse en casa. La idea era arrancar por el parque El Palmar y luego seguir hasta la ciudad de Colón, otro destino no muy tentador, pero que tampoco conocían.
Por último decidieron conocer las aguas termales, otro de los programas que siempre habían jurado no hacer y ahora, rompiendo con todos los prejuicios y promesas, dijeron dale, vamos. Total, ¿qué podemos perder? Nuevamente el diario del lunes titularía que fue un tanto jugado elegir salvar el matrimonio en unas piletas calientes llenas de gente grande muy enorme apretujada. Casi un suicidio.
Comenzaron el viaje saliendo de Buenos Aires con la música bien fuerte, esos temas de hacía veinte años, de la época de oro, cuando eran jóvenes, no tenían hijos y tenían relaciones casi todos los días. Sonaba su CD favorito, un compilado que ella le había grabado a él hacía mil años y lo guardaban en la guantera de ese auto, aunque siempre decían que iban a cambiar y nunca lo hacían. El CD comenzó a saltar pasando el kilómetro 100, y como un hipo infinito y doloroso escupía versiones inescuchables de Sabina, Charly y Soda.
Al quinto tema, con un poco de miedo, tuvieron que apagarlo, preguntándose cada uno si esa rayadez era una metáfora de su propia banda sonora. Pusieron la radio, precisamente la AM, algo que deprimía profundamente a Mariana y tanto le gustaba a Jorge, y siguieron en silencio hasta llegar a destino. La segunda mala decisión que tomaron fue entrar al parque tan pasado el
mediodía. Al cerrar sus puertas a las ocho de la tarde, Jorge, que necesitaba su vida al control extremo, sentía que entrando a las cuatro no lo iban a poder aprovechar a pleno.
A Mariana le daba igual. Era un parque argentino con palmeras, tampoco era Disney. ¿Qué puede haber que no se pueda recorrer en cuatro horas? Para ella les sobraba tiempo, y además no veía plan B. No tenía sentido dormir en Colón y volver al otro día al
parque, haciendo tantos kilómetros ida y vuelta. Y para dormir ahí mismo ya era tarde. Bah, no era tarde, pero no era opción. El Palmar, dijo ella, es para hacerlo de paso, lleve las horas que te lleve.
Habían leído poco y nada del lugar, lo único que tenían claro era que sí o sí había que ver el atardecer. Según los navegantes de los foros que ellos habían estado googleando la noche anterior, todos remarcaban el atardecer impresionante, como si fuese lo único que estaba bueno, mucho más que su flora y fauna. Y allá fueron. Al acercarse les dieron un folleto con un mapa del lugar. ¿Sabías que el parque tiene más de 8000 hectáreas?, leyó Mariana. ¿Y que fue creado en 1966? A medida que iban asomando más y más palmeras, las preguntas, la data y el excite iban aumentando, y esta vez sí parecía que estaban en ese Parque Disney que habían visitado tanto tiempo atrás, en esos gloriosos años 90, con sus chicos, cuando el dólar estaba igual que el peso argentino. Por un minuto volvieron a ser felices y a amarse como lo habían hecho durante tanto tiempo.

Una vez adentro, tuvieron que frenar a organizar las dos horas y media, ya no eran cuatro, que les quedaba de luz. El amor adolescente se esfumó, se pusieron nerviosos e indecisos ante la cantidad de senderos, miradores y bajadas que figuraban en el folleto. Por el tiempo que tenían, hubieran preferido encontrarse con un solo sendero, un solo mirador y una bajada y un arroyo. Pero al igual que la vida, el mapa se las hacía difícil. Y tenían que tomar decisiones que parecían sencillas pero, con la personalidad de cada uno, no lo eran.
Finalmente para no hacerse más mala sangre, Mariana le cedió a Jorge la decisión de por dónde empezar. Y como todo ansioso, él
arrancó por el final: el Mirador de Los Loros, el que todos recomendaban para ver el atardecer. Mariana sin ganas ni fuerzas para discutir le comentó que ella hubiese decidido dejarlo para el final. Al llegar un entrerriano les aseguró que ese era el lugar perfecto para ver caer el sol, y que además esa tarde iba a ser algo especial, que se da solo cada seis meses. Bajaron del auto, caminaron por un pequeño sendero y, viendo que aún faltaba más de una hora y media para que comenzara a bajar el sol, la ansiedad de él hizo que volvieran a subir al auto para recorrer el resto del parque. Por suerte, esa recorrida superó las expectativas de ambos y los puso de nuevo en armonía y buen humor.
Realmente no podían creer cómo no habían ido antes. En la mitad del parque, el punto central del mapa, se encontraron con
una familia de carpinchos como salidos de una película: papá y mamá y cinco carpinchitos yendo en fila hacia el arroyo. Les faltaba cantar para que la escena fuera tan perfecta. Jorge y Mariana pasaron con el auto bien despacio. Hasta saludaron a un fotógrafo profesional que concentradísimo estaba acostado quemando rollos, o batería, en los carpinchos. Y una pareja de veinteañeros, de la mano, terminaba de completar esa escena soñada.

Llegaron al otro lado del Parque, que también tenía un mirador, diferente al otro, pero de todas maneras imponente. El segundo lugar recomendado en los foros para ver el atardecer. Bajaron del auto y a último momento se unieron a un grupo que arrancaba una caminata sobre las piedras que llegaba hasta un pequeño monte. La caminata se estiró más de lo pensado y la sintieron, o el viaje desde Buenos Aires se sintió. Además hacía calor y la vuelta realmente les costó bastante, quedaron bien atrás del resto,
mientras Jorge puteaba la mala educación del grupo por no esperarlos y relojeaba el reloj cada diez segundos, preocupado por la hora.
En el medio del paseo tuvieron que suplicar por un poco de Off, que se habían olvidado en el auto. Y si bien no pidieron agua, también se habían olvidado el agua: según Mariana, culpa de Jorge; y obviamente, según Jorge, culpa de Mariana. Al llegar agotados tomaron agua y notaron que estaban cercanos al atardecer. Mariana lo agarró cariñosamente del brazo y le sugirió que
vieran el atardecer tranquilos desde ese mirador, junto a las personas de la caminata que ya se acomodaban para el espectáculo. Jorge casi le dice que sí, pero al final le dijo de volver al otro mirador, ya que era el recomendado por el entrerriano y por decenas de foros en internet.
El problema era que estaban bastante jugados con la hora. Comenzaron nuevamente a discutir y, a punto de sentarse a disfrutar, Jorge le recontra juró que iban a llegar a tiempo al otro lado. Subieron al auto, con Mariana muy de mal humor y con él concentrado y presionado como si estuviera por entrar a la cancha en una final de fútbol. Arrancaron para el otro mirador, sabiendo que se jugaba mucho más que la pérdida de ese atardecer. Se jugaba el matrimonio, y el sol era la excusa o mejor dicho la gota que iba a rebalsar el vaso. A los pocos minutos, de la nada aparecieron otros autos, como en la película de Truman, esa de Jim Carrey. Y de repente estaban atascados como un martes a las tres de la tarde en la avenida 9 de Julio. Parecía que delante del primer auto había un zorro; parecía, porque ellos nunca lo vieron.

Ahí nomás Jorge empezó a tocar la bocina. Y Mariana, sacada a esta altura, le gritó que parase, que no daba, que como iba a dar bocinazos en el medio del parque. Finalmente, el supuesto maldito zorro se fue y los autos de a poco reanudaron el paso. Jorge al ver el sol resplandecer a sus costados se puso realmente nervioso, y aunque el cartel decía Máximo 20, empezó a pisar el acelerador, mientras Mariana se lamentaba por lo bajo, pero haciéndose oír, de que no iban a llegar.
Cuando volvieron a pasar por la familia de carpinchos, Jorge iba a 80 y casi pisó a uno de las crías, tuvo que maniobrar justo chirriando sus gomas delanteras y levantando una importante nube de polvo. El fotógrafo se puso de pie y les gritó que estaban locos, que ya mismo iba a llamar al guardia. ¡Boludo!, le gritó Jorge cuando el velocímetro llegaba a los 120 y el sol se iba alejando lenta pero firmemente. El último esbozo lo vieron cuando aún quedaban 2 kilómetros para alcanzar el mirador. Al llegar a la punta y frenar de golpe, se encontraron con una multitud de gente aplaudiendo enardecida desde sus sillas playeras. Y ellos, todavía en el auto, vieron cómo su matrimonio se oscurecía para siempre, mientras misteriosamente el CD volvía a funcionar con “Al atardecer” de Los piojos:
Las calles de tierra
Van quedando atrás
Al atardecer
