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¿Quién fue “el loco” Fray Luis Beltrán?, amado por San Martín y defenestrado por Bolívar

“El loco” Beltrán. El amigo de San Martín. El alma del taller de El Plumerillo. No en vano, y para no olvidar, su imagen está en lo alto del emblemático monumento del “Cerro de la Gloria” cubriendo uno de sus frisos laterales.
El monumento del Cerro de la Gloria rinde homenaje al Ejército de los Andes. Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ
El monumento del Cerro de la Gloria rinde homenaje al Ejército de los Andes. Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ

Beltrán siempre estuvo ahí. “Poniendo el hombro” y todo aquello que un verdadero patriota tiene de sobra. Batallador incansable.  “La fragua de la independencia”, “el Vulcano con sotana”, “el obrador de los pertrechos de guerra”, “el Arquímedes de la patria”, serán solo algunas imágenes literarias que lo reflejarán para siempre en el histórico imaginario popular argentino.

“El loco” Beltrán. El amigo de San Martín. El alma del taller de El Plumerillo. No en vano, y para no olvidar, su imagen está en lo alto del emblemático monumento del “Cerro de la Gloria” cubriendo uno de sus frisos laterales.

Beltrán, el cura, también carpintero y ebanista, dibujante, sastre, tornero y orfebre, constructor de piezas inéditas. Artesano del vidrio, pirotécnico, talabartero, relojero, empírico arquitecto. Apasionado por la química, matemática, física y mecánica. Un genial inventor que admiraba a Da Vinci y que hasta de médico hacía.

El fraile que se quedó sordo y ronco

Fray Luis Beltrán había quedado completamente sordo y arruinadas sus cuerdas vocales por impartir órdenes a los 700 operarios, organizados en tres turnos diarios, que trabajaron durante los años de la campaña. “Gritos, indicaciones, retos y ajustes sobre los constantes ruidos aturdidores, entre cien fraguas ardiendo, en medio de cien yunques que atronaban al aire a los golpes de martillo, de las limas y demás herramientas de la herrería y carpintería”, escribirá Damián Hudson.

Fray Luis Beltrán

Toda la logística del ejército se hizo en ese taller. Desde lo más sencillo: miles y miles de clavos y cientos de martillos. Todo lo dirigía él. Cepillos, rastrillos, azadones, sierras, palas, baldes, platos, vasos, agujas, arandelas, tijeras y bisturíes para la enfermería, pinzas, estribos. Agreguemos insumos construidos con algo más de complejidad. Por ejemplo: 4.100 puntas para fusiles de bayonetas, 1.129 sables, 1.400 espadas, 3.000 pares de espuelas, 4.000 cuchillos de mano que podían llevar en la faja de la cintura, 500 lanzas largas para la caballería, 15.000 botones de metal para las chaquetas de los soldados, 8. 000 tapones de improvisadas caramayolas en cuernos de vaca, 3.000 sunchos para las bordalesas que acarreadas por mulas llevaban agua, leche o vino.

De las hostias a las granadas

La historia dirá entonces que aquel hijo de un francés y una criolla sanjuanina había entrado al convento de San Francisco en Mendoza a los 16 años y una vez concluida su formación eclesiástica, será enviado a Chile. Es ahí donde tomó contacto con el ejército, los talleres, las armas y aflorará entonces su otra vocación y su nueva misión.

En 1812 la circunstancia lo encontrará peleando al lado de José María Carrera en la derrota de los patriotas chilenos en Yerbas Buenas (27 de abril de 1813) ante una fuerza española seis veces superior. El traspié arrojó más de 200 muertos en las filas americanas.

Fue un verdadero desastre. Así quien había asistido al combate como capellán, terminó tirando balas, peleando cuerpo a cuerpo, batiéndose a cuchillo, curando heridos y recogiendo muertos.

Habría más todavía. Aquellos álgidos tiempos políticos chilenos que corrían estuvieron signados por la nueva derrota patriota en Rancagua (1814) permitiendo la reconquista española de Santiago de Chile, lo que hizo que cientos de personas emigraran a Mendoza. Entre ellos, Bernardo O’Higgins y el fraile Beltrán.

San Martín junto a Fray Luis Beltrán.

Y será el mismo O’Higgins quien recomendó a San Martín a Fray Beltrán.  El general rápidamente percibió la capacidad técnica y operativa de Beltrán. Lo nombró teniente segundo del tercer batallón de artillería, poniéndolo a cargo de todo el parque de maestranza del ejército libertador. Fue el 1 de marzo de 1815 su designación. En menos de dos años, considerando que el Ejército de Los Andes partirá al cruce andino en enero de 1817, pareciera que el cura Beltrán había realizado “un milagro”.

Por su taller pasaba todo. Pero cuando decimos todo, era todo. Las mujeres que ayudaban a cada soldado a terminar de confeccionar sus propias camperas y botas después del entrenamiento militar obedecían a Beltrán y ocupaban parte de su taller.

José Antonio Álvarez Condarco, quien aprovechará el abundante salitre de los desiertos de Mendoza, creó un laboratorio que permitió obtener una calidad de pólvora superior a la habitual, y dependía directamente de Beltrán. Pero también, toda la extracción de las montañas cuyanas: plomo, azufre, plata y mercurio, imprescindible para la purificación de los metales, era girado inmediatamente al taller de Plumerillo.

La fabricación de paños en el “molino del Estado”, convertido en batán por la iniciativa de Andrés “el negro” Tejeda donde se confeccionó toda la ropa para el ejército, las carpas, las bolsas, las mochilas, los morrales, etc., estaban en consonancia de lo que pedía y ordenaba Beltrán.

Si hasta Juan Isidro Zapata y Miguel Candía encargados por Paroissien de los cuerpos médicos del ejército, consultaban y solicitaban a Beltrán: camillas, catres, botiquines e instrumental clínico para el uso diario y para el abastecimiento del novedoso hospital móvil que atravesará Los Andes. 

La armería de guerra específica que tenía como coordinador a Pedro Regalado de la Plaza dependía directamente de Beltrán. Fue así que en tiempo record se fabricaron todas las municiones, se adaptaron los 22 cañones del ejército y se hicieron 2.520 tiros de cañón. Los cañones obús pesaban más de 1.000 kilogramos y necesitaban 2 mulas y 10 hombres para trasladarlos “a la rastra”. Y fue Beltrán quien inventó “las zorras”, por aquellos carros rectangulares, bajitos y muy finos, que trasladaran los cañones para poder pasar por senderos montañosos tirados por una mula.

Como si fuera poco, Beltrán siempre iba al frente. Él encabezaba la columna del ejército con 120 zapadores y baqueanos que abriendo el camino guiaban la marcha por los senderos colocando señales, puentes y pasarelas. 

Los cañones que volaban

 “Si los cañones necesitan alas, tendrán alas mi general”, le habría dicho a San Martín. Vaya uno a saber si la expresión fue cierta. Lo que fue real, es que los pesadísimos cañones pasaron las altas cumbres y dijeron presente en cada batalla.

Una consideración que lo pintará de cuerpo entero fue que tras la derrota de Cancha Rayada (16 de marzo de 1818) será Beltrán quien motivó a todos. Hasta al propio San Martín. El enemigo había destruido y conquistado prácticamente toda la artillería patriota. En algo más de dos semanas posteriores al traspié de Cancha Rayada, el ejército se recomponía y triunfaba en Maipú (5 de abril de 1818). Pareciera otro “milagro” de Beltrán. Fabricó cartuchos, bombas, balas y 17 nuevos cañones, además de reparar otros cinco reconquistados, ayudando directamente al triunfo que sellará la independencia chilena.

Instaló su taller en Valparaíso. Siguió a San Martín a Perú. Llevó su taller a Lima. Lo trasladó a Trujillo. Pero ya sin su referente San Martín, tras la entrevista de Guayaquil, Bolívar en medio de una discusión lo ofendió públicamente, menosprecio sus servicios y lo destituyó de su cargo.

Beltrán caerá en una aguda depresión, intentará suicidarse, vagará por las calles peruanas aturdido, desaliñado, sordo y casi sin hablar. Fue ingratamente el “hazme reír” de todos. Le gritaban “loco”. Ya no era “el querido loco Beltrán” de Mendoza que San Martín admiró. Era un anónimo pordiosero que humillado volverá a Buenos Aires.

Como premio una medallita

Solo recibió una medalla del gobierno argentino por su acción. Beltrán seguramente nunca hubiera reclamado nada más. En compensación, San Martín lo llenó de elogios en todos lados y siempre.

Nuevamente en Buenos Aires su acción final será en la guerra contra Brasil destacándose en la Batalla de Ituzaingó (20 de febrero de 1827).

Hasta ahí llegó. Volvió al convento franciscano y a las misas. Murió haciendo “penitencia” y fue enterrado con atuendo de cura. Estaba solo. Tenía 43 años.

Su féretro fue llevado por Tomás Guido y Manuel Corvalán. Un justo homenaje sanmartiniano. Si San Martín tuvo buenos amigos, Guido y Corvalán estuvieron entre ellos, quienes lo cargaron hasta la tumba.

Nunca se supo a ciencia cierta dónde nació Beltrán; ni nunca se encontró su féretro. Parece una película repetida en nuestra historia. No será la primera. Tampoco lamentablemente será la última.