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La historia de la maestra jardinera que buscó a su alumna por Linkedin para decirle algo 27 años después

Desde Dolores, provincia de Buenos Aires, la docente Laura Lanz me escribió un mensaje para revelarme secretos de mi infancia que no recordaba.
Laurita junto a sus alumnos de sala de 5
Laurita junto a sus alumnos de sala de 5

Me crié en Dolores en los 90s, un ex pueblo de la llanura pampeana, donde la gente se encerraba a las ocho de la noche para ver Hola Susana y por una hora nadie usaba el teléfono por si la rubia llamaba para avisarte que eras millonario. Hija de padres grandes y hermana menor de tres, fui la única de esa familia que vivió desde que nació en la ciudad y no en el campo como el resto. 

Esto tuvo sus pro y sus contras, aunque, claro, yo viví sólo los pro. No extrañaba la vida rural porque no la conocía, ni había dejado amigos en ninguna parte, ni le tenía miedo a la velocidad de los autos porque vivir en una avenida con asfalto y cordón para mí era la única posibilidad que existía.

A mis hermanas, 10, 13 y 14 años más grandes que yo, les tocaron las contras. Nuevas escuelas, hábitos y protocolos para pedir permiso para, por ejemplo, dar una vuelta a la plaza. En el intento de ser justos, mis padres aplicaban a mi, en otro contexto, las mismas reglas que para ellas, aunque no tuvieran sentido. Por ejemplo, tenía que irme a dormir temprano, porque mis hermanas a mi edad -hasta los 13- lo hacían. Pero en el campo no había luz y madrugar no era evitable. 

Sin embargo, hubo un pequeño privilegio al que yo tuve acceso y ellas no que no se me pudo negar: el Jardín de Infantes. No puedo decir que soy la primera universitaria de la familia porque soy de la generación que además de no poder ser propietaria debe alguna tesis, pero sí puedo decir que fui la primera egresada Moreni Nimer de "jardincito". 

Eso me costó algunos reproches y chicanas de mis hermanas. Y ante alguna de mis quejas por no tener esto o aquello, rápido me dicen "vos fuiste al jardín y nosotras teníamos a la misma maestra mala para las tres". Maruca, una verdadera villana. La conocí porque fue mi maestra particular más tarde. Una bruja, pero siempre tenía frutillas con azúcar y vino tinto en la heladera y con la excusa de ir al baño, le robaba algunas.

Después de conocer a Maruca, en 1998, cuando estaba en tercer grado, entendí que el jardín había sido algo hermoso, divertido y colorido, pero sobre todo un lugar de y con mucho amor. Primero fui al "rojo" o el Nuestra Señora de Luján, para decirlo correctamente. El color era por el cuadrillé del guardapolvo. Lloraba tanto, o "como un marrano", como dice mi mamá que tuvieron que buscar otro para ver si así el problema se solucionaba. 

Tenía poco más de tres años, pero me acuerdo de todo. Del "rojo" sólo me gustaba la clase de piano de la señorita Maru y el nuevo me enamoró desde la primera vez que lo vi. Quedaba a tres cuadras de mi casa, sobre calle Belgrano, la misma que sale a la ruta 2. Por aquel entonces las veredas estaban medio rotas así que había que ir caminando por el asfalto o pedaleando en la bicicleta rosa que me había ganado en un concurso de Radio Dolores. 

Se llamaba Jardín San Cayetano y adelante tenía una capilla hermosa, pequeña y cálida. Atrás una plaza con juegos que me conquistó desde el primer momento: un tobogán con forma de zapato de payaso. 

Entré con mi mamá, me presentó a las señoritas Patricia y Laurita y, sin vueltas, les dijo la verdad: "La traigo acá porque allá llora mucho, vamos a ver. Y si llora, me llaman". Patricia tenía el pelo negro azabache y corte carré, como mi mamá. Era alta y huesuda. Me sonrió pero no me cayó tan bien. Al lado estaba Laurita, que era todo lo que una niña de 3 que llora espera de una maestra jardinera: dulce, sonriente, hermosa. A Laurita le brillaba la cara y hoy, 27 años después, está igual. 

 

El mejor tobogán del mundo está en el Jardín San Cayetano de Dolores

Pasaron los años, fui a la primaria, a la secundaria, estudié un profesorado en Dolores y me vine a vivir a Buenos Aires a los 22 para estudiar periodismo. Por h o por b, desde entonces, volví muy poco, algo así como una vez por año. Después, por suerte para personas con problemas para relacionarse como yo, llegó la pandemia. La excusa que siempre había necesitado para no moverme de mi casa, ni participar de grandes reuniones. Desde que finalizó viajé unas cuatro o cinco veces más, pero en el medio pasó algo que me hizo volver en un segundo a mi casa, a aquella calle Belgrano que unió mis dos mundos de la infancia: un mensaje en Linkedin.

En la red social para ofrecer y buscar trabajo tenía una notificación. Era un inbox de una destinataria cuyo nombre me sonaba familiar aunque no podía ver bien la foto. De Laura Lanz, una mujer rubia, al sol, sentada en el pasto con un perro. Claro, para mí había sido siempre "Laurita", pero su avatar transmitía la misma energía que aquella vez cuando la conocí en 1994. 

"Hola Mili ¿Cómo estás? Te paso mi número para que lo agendes!! Me pone feliz saber a dónde llegaste, hermosa!!!", me había escrito. Y sumó otro mensaje aún más dulce: "Felicitaciones!!!! Me siento orgullosa de saber hasta dónde has llegado con tu esfuerzo y dedicación!!!! Abrazo fuerte y a celebrar la vida por mucho más !!! Te quiero mucho y siempre en mi corazón!".

 

Laura Lanz junto a su perro 

Los mensajes de la señorita Laurita, por supuesto, estaban llenos de corazones rojos, soles amarillos y estrellas. Y leerlos me dieron ganas de teletransportame a la versión más hermosa de mi ciudad, a la que guardaba tantos buenos recuerdos y me reencontraba con personas como ella que me habían cuidado cuando más lo necesité, cuando no podía sola y que habían tenido que ver con este presente profesional que construyo sin olvidarme de todo aquello que aprendí entre mis 3 y mis 5 años y que, para mí, es fundamental: compartir, disfrutar, reir, hacer amigos, estar en orden, cantar, aprovechar el sol cuando hay y tomarse todos los días un rato para disfrutar un rico desayuno o merienda y crear algo que me conecte con el arte, como escribir. 

Rápido llamé a Laurita y nos emocionamos. Las personas de mi alrededor no entendían cómo y por qué a mí me conmovía tanto hablar con ella, con la seño que me había hecho upa tantas veces y me había calmado el llanto. Intenté explicarlo con ejemplos, como que ella, a la hora del té, siempre me daba mi color de taza preferido, como que en la ronda de juegos siempre me agarraba la mano y como que supo que en sala de 5 me gustaba un nene que se llamaba Manuel y nos puso juntos en la bandera, pero no dijo a nadie por qué.

Laurita, además, hizo trampa por mí -porque la vida también es eso- y me enseñó así a guardar un secreto por años, que ahora estoy rompiendo. Ojalá me perdone. Para San Cayetano, el 7 de agosto, se hacía en el jardín un evento solidario con juegos y sorteos. Había una caja gigante con juguetes envueltos en papel de regalo y un piolín del que tirar. Por dos pesos sacabas una sorpresa, pero como yo pasaba tanto tiempo con Laurita (ya por aquel entonces estar quieta en el aula me aburría y me iba de paseo por ahí) la había visto envolverlos y sabía que había un Alf de peluche. Se lo pedí en el mismo instante que lo preparaba y me dijo que no, pero que si iba a la kermés quizá tenía suerte y lo ganaba. Me guiñó un ojo y entendí.

Desde ese día y hasta el del evento le insistí a mi mamá en que teníamos que ir, que tenía que participar de un juego para ganar a Alf. Me dijo que no me hiciera ilusiones, que había muchos chicos y que todos querían lo mismo, que quizá le tocaba a otro y que no podía frustrarme. Yo sabía que lo iba a ganar, pero necesitaba dos pesos, y en esa época era mucha plata. Pero además de la señorita Laura tenía a mi abuela Rosa, que siempre me la hizo fácil. No lo dudó y me dio el papel azul con la cara de Bartolomé Mitre hecho un rollito, lo guardé en la alcancía y esperé la fiesta.

Cuando llegamos había juegos, música, aros, payasos, tortas, leche, golosinas y la famosa caja con sorpresas. 

-A ver qué nos toca, venimos a jugar, le dijo mi mamá a Laurita, que estaba detrás de la caja con los muñecos envueltos

-Quiero el Alf, les dije

-Bueno, pero hay que ver, te puede tocar otra cosa y sólo tenés dos pesos, te alcanza para uno

-Quiero el Alf, insistí

Laurita sonrió y me dijo que tomara un paquete. Miré, decidida y agarré uno, pero ella me interrumpió:

-Me parece que va a ser mejor que agarres este, me dijo, y me dio otro

Mi mamá nos miró, superada por el sutil acto de corrupción que la seño y una niña de 4 ó 5 estábamos llevando adelante. Miré a la Laurita y sonreí, entendí que ahí adentro estaba Alf. 

-Abrilo, dijo mi mamá

-Acá no, le dije, y le pedí que nos fuéramos

Sabía que todos querían ese muñeco, era mejor que nadie me viera ganarlo. En ese momento la kermés terminó para mí.

Cuando volví a hablar con la señorita Laurita le conté todo esto y se lo acordaba. Me contó muchas cosas de mí por aquellos años y me afirmó algo: "Los alumnos nunca se olvidan, están en mi corazón y me llenan de alegría y emoción".

En el Día de la Maestra Jardinera, mientras revisaba las efemérides, no pude menos que acordarme de todo esto y quise contarlo y reconocerlo porque las docentes de la primera infancia son clave en el desarrollo emocional de las personas y la huella que ellas -y todos los encargados de nuestro cuidado- dejan en la niñez tienen mucho que ver con nuestro camino como adultos.