Oda a las raspaditas y a las pinchadas, representantes indiscutibles de la mendocinidad
A Mendoza se la identifica, históricamente, como a la tierra del sol y del buen vino. Y si bien es cierto que el astro rey está sobre nuestras desérticas cabezas calcinándonos casi trescientos sesenta y cinco días cada año (salvo los años bisiestos) y que de entre los vinos mendocinos siempre hay algunos premiados en los rincones más recónditos del planeta, no menos cierto es que, sol y vino, hay también en otros lares. Pero a diferencia de estas virtudes menducas que existen también en otros lugares del planeta, tenemos en nuestra provincia algo que no compartimos con nadie más en el resto del mundo, y que bien pueden ser nombradas como nuestras embajadoras únicas e indiscutibles: las tortitas mendocinas.
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Hay quien las prefiere raspaditas, hay quien opta en primer lugar por las pinchadas, pero en definitiva, y sin importar si la levadura ha elevado la superficie de la tortita desde su base o si su ausencia las mantiene a la una cerca de la otra, este manjar mendocino es solamente encontráble en panaderías de nuestra querida provincia. Difícil entender el motivo por el cual una simple mezcla de harina con agua, sal, grasa y levadura, que luego es convenientemente horneada, es tan difícil de realizar en hogares particulares, pero lo cierto es que la fórmula secreta de las raspaditas y pinchadas es solo conocida por los maestros panaderos de nuestra provincia, y cualquier intento casero de emularlas puede quizá acercarse al objetivo, pero nunca alcanzarlo en plenitud.
Al igual que ocurre con las dos personas que poseen la fórmula de la internacionalmente popular bebida cola, y que nunca viajan juntas en el mismo avión, podemos aseverar sin lugar a duda alguna que todos los maestros panaderos de Mendoza nunca han viajado juntos en la misma aeronave, por razones obvias: un accidente de ese avión podría privar a la humanidad de las tortitas, produciéndose quizá por ese motivo una hecatombe de dimensiones inimaginables.
Foto: MDZ
Difícil es también entender la forma en que desarrollan sus vidas los habitantes del resto del planeta que desconocen la existencia de semejante exquisitez: de los ocho mil millones de personas que habitamos el mundo, siete mil novecientos noventa y ocho millones (aproximadamente) pasarán sus días sin que sus labios hayan nunca jamás saboreado el manjar de los dioses. Resulta
comprensible entender la cantidad de problemas que enfrenta la humanidad, atendiendo a la falencia emocional que la ausencia de raspaditas seguramente genera en las mentes de los líderes mundiales.
Al parecer, habitantes de la provincia que han tenido la terrible necesidad de trasladarse a vivir traspasando el Arco del Desaguadero, han intentado imponer en otras ciudades el consumo de nuestro manjar, pero su fracaso ha sido siempre estrepitoso: no hay peor insípido que el que no quiere saborear. El mundo se resiste a rendirse a los pies de las raspaditas. Como contraparte, se conocen historias de personas nacidas en otras latitudes quienes, luego de pasar breves temporadas de visita en nuestras tierras, han regresado a su primer mundo llorando la angustia de nunca más volver a probar tan exquisito alimento: nada podemos hacer en su ayuda, las tortitas son de acá, y no funcionan fuera de nuestras fronteras.
Por último, y aunque no hay certezas sobre este dato que sigue, la falta de evidencia en contrario me permite aseverarlo como una verdad irrestricta, al menos hasta que falle: las tortitas mendocinas necesitan del agua de la cordillera y de la siesta, para que, luego de superada la modorra y cuando el sol aún no se oculta tras la inmensidad de Los Andes, sus partes sean entregadas a los paladares de los locales, partidas al medio, untadas con manteca y rebozadas con azúcar; y si es que han llegado a nuestras manos envasadas por docena, y en un todo de acuerdo con la legislación vigente, es de esperar que las encontremos rebosantes de negros octágonos que declaren sus excesos de grasas, de azucares y de hidratos de carbono, recordándonos que nada es
gratis en esta vida, y que de todos modos merece ser vivida.r

