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Elogio de la fiesta

Habitamos tiempos sobreabundantes en diversiones y escasos en fiestas y alegrías pues, como lúcidamente afirmaba Nietzsche, “no es difícil encontrar quien organice una fiesta, lo realmente difícil es encontrar quien se alegre verdaderamente en ella”.

“Los hombres hemos olvidado lo que es celebrar”, sostenía Theodor Adorno, y no le faltaba razón en tanto que somos cada vez menos capaces de atender el carácter celebratorio del mundo, a su íntimo designio festivo, al modo en que las ceremonias dan un curso peculiar al tiempo precisamente al suspenderlo, al situarlo entre paréntesis para conocer mejor aquello que se celebra.

La alegría es siempre la causa de la fiesta, y no a la inversa, que es lo propio de las diversiones, el momento en que divergimos con respecto a nosotros mismos hasta disociarnos de nuestra identidad más profunda, del mismo modo que las excursiones disocian tiempo y espacio del yo, pero no así los viajes, de íntima relación con la fiesta y, por lo tanto, con la contemplación.

Así, no en vano la palabra griega “theoría”, en ocasiones traducida como contemplación, designaba también las peregrinaciones dirigidas a aquellos lugares donde las deidades celebraban sus fiestas, esto es, los viajes del peregrino, que no solo recorrían espacio en el tiempo -como el excursionista-, sino que también se dejaban recorrer por ellos.

Foto: Shutterstock. Los viajes, como las fiestas, poseen una dimensión contemplativa.

De este modo, festejos y viajes poseen una íntima conexión, algo que los une a su esencia, y esa esencia es precisamente un quién, no un qué, nunca dirigirse hacia algo sino hacia alguien.

Sin embargo, y volviendo a Nietzsche, las fiestas no pertenecen a quienes las festejan, sino a quienes se alegran en ellas, lo que pone de relieve una vez más la prioridad de la alegría, la respuesta amable a la fecundidad del mundo, de la vida, ante los que no cabe sino el agradecimiento, que es otra forma de la celebración, pues quien agradece está celebrando que lo real sea como es o, por decirlo en palabras del filósofo francés Gabriel Marcel, “qué bueno es que existas” y “tú no morirás jamás”.

En contra de las apariencias, que a veces engañan, la realidad no es muda ni mostrenca, sino locuaz y espléndida, y prestarle atención de manera amorosa -en italiano “attendere” significa también “escuchar”- es dejar que el sonido inaudito del mundo -ahora audible- celebre cuanto existe y justifique que la fiesta y lo festivo merezcan ser elogiados pues, como señalaba Juan Crisóstomo, “donde esté el amor, allí está la fiesta”.