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La historia de la guardaparques de 63 años que no piensa en el retiro

Los días en las reservas protegidas son largos, comienzan temprano en la mañana antes de que salga el sol y finalizan luego de muchas horas de trabajo intenso. Cristina eligió esa vida pisando los 50 años y hoy es la guardaparques más longeva de Mendoza.
Cristina trabaja todos los días frente al imponente marco que brinda la Laguna del Diamante Foto: Foto: Andrea Ginestar/MDZ
Cristina trabaja todos los días frente al imponente marco que brinda la Laguna del Diamante Foto: Foto: Andrea Ginestar/MDZ

La palabra inquieta es perfecta para describir a Cristina pero a medida que avanza su relato, otras particularidades van surgiendo y caemos en la cuenta de que esa charla no será una más. Su recibimiento en el Refugio Alvarado fue cálido, mientras trasladábamos las mochilas hacia la camioneta hablamos sobre las vicisitudes de una vida que la llevó a experimentar diversas situaciones que marcaron su historia. Hoy es la guardaparques más longeva de Mendoza y según sus compañeros y compañeras, la que más conoce sobre la Laguna del Diamante.

Sus manos son pequeñas pero fuertes, están quemadas por el sol y el paso de los años se hace evidente pero su presencia es imponente en medio de ese entorno natural de una inmensidad inigualable. El trabajo de guardaparques requiere de diversos conocimientos pero también de una empatía que no se aprende con los años sino que es propia de cada persona, Cristina es fiel reflejo de eso. 

Con 62 años tiene muchas anécdotas para contar pero sus ojos adquieren un brillo especial cuando comienza a relatar sus inicios como guardaparques. Poco después de cumplir 47 años, con hijos adolescentes, trabajo estable y una vida que parecía tener un guión escrito y dirigido; Cristina comenzó a preguntarse si eso era lo que quería para su futuro y se anotó para cursar la carrera de guardaparques.

De chica disfrutaba el contacto con la naturaleza, al recordar las anécdotas junto a su madre y abuelos, no puede evitar emocionarse. De alguna extraña manera su destino estaba escrito. "Siempre tuve la vocación de hacer algo como esto, pero bueno la vida te lleva por otros caminos y la necesidad de trabajar muchas veces es determinante para las elecciones que hacemos. Esta profesión la abracé de grande, trabajé muchos años en una empresa, empecé a entrenar para correr maratones y después surgió la posibilidad de cursar la carrera de guardaparques", contó. 

"Tenía 47 años, en ese momento no te ponían límites para ingresar, me preparé, aprendí a nadar, estudié sobre ambiente porque la profesión que tenía anteriormente no tiene nada que ver... rendí y pude entrar. Tuve la suerte de que se me abrieron los caminos porque yo creo que cuando uno desea algo realmente de corazón las puertas se abren y acá estoy", expresó.

Cristina junto a sus compañeros del Refugio Alvarado. Foto: Andrea Ginestar/MDZ

Cristina comenzó a estudiar en el 2008, el recorrido no fue fácil, tuvo que afrontar las dificultades propias de ser mamá con hijos adolescentes pero también derribar las barreras que pone la sociedad para las personas que, luego de cierta edad, parecieran ser fácilmente reemplazables o prescindibles.

"Sabía que me iba a costar más ingresar al sistema por la edad porque generalmente en todos estos sistemas se toma a la gente más joven para que puedan hacer su carrera. Empecé a hacer voluntariados en el primer año y quedé trabajando como temporaria, después me anualizaron y pasé a planta permanente. El apoyo de mi familia fue incondicional", dijo.

El día a día en la reserva y una jubilación que no fue

Los días en las reservas protegidas son largos, comienzan temprano en la mañana antes de que salga el sol y el trabajo en equipo es una constante que se repite en todos los refugios de guardaparques. Cada uno es una pieza fundamental de un engranaje que funciona atravesando aspectos técnicos relacionados a la profesión elegida pero también en lo humano. 

El régimen de trabajo durante el verano son 15 por 15. Durante esos días los guardaparques comparten un espacio común donde duermen, comen, sueñan y también están disponibles para apoyarse mutuamente cuando uno se viene abajo. El factor humano es clave.

"La profesión de guardaparques no es sólo la parte profesional, eso es un 40%, el otro 60% es la convivencia con los compañeros.  Somos personas que no elegimos estar juntos, vivir juntos, venimos de contextos diferentes, familia con otras costumbres... es fundamental ser empático, comprender y ponerse en el lugar del otro. Somos un equipo de trabajo que tiramos todos para el mismo lado, obtenemos resultados positivos y satisfactorios", contó.

El desayuno comienza temprano y es el primer momento compartido de cada día. En general uno se ocupa de calentar el agua, poner la mesa mientras los demás se levantan y luego lavar las tazas y utensilios. No es una tarea fija sino que van rotando. Todos colaboran y la dinámica está naturalizada... no hay conflicto ni debate sobre las tareas asignadas. Lo mismo sucede a la hora del almuerzo y la cena. Las charlas sobre lo ocurrido en la jornada aparecen a partir de chistes, complicidades y algún reclamo que da pie a una reflexión sobre el ejercicio profesional. 

Otro grupo de guardaparques se encuentra instalado en la base de la Laguna del Diamante. Foto: Andrea Ginestar/MDZ

"Hace 15 años que estoy subiendo y cada vez veo cosas diferentes, no pierde la magia. Me debería haber jubilado hace tres años cuando cumplí los 60 pero pedí la extensión laboral. He sentado un precedente pidiendo la extensión laboral y acá estoy...me quedan dos años todavía de trabajo y los voy a pasar acá en la laguna. No quiero irme a otra área y si fuera posible extender aún más el tiempo de jubilación, lo voy a hacer porque tengo la energía para hacerlo...me siento bien y mis compañeros me cuidan", contó.

En los refugios de las reservas naturales se convive con la incertidumbre, lo inesperado, es una construcción que se da minuto a minuto y depende de factores externos que no siempre pueden ser controlados, casi como la vida misma.

Las jornadas son largas y, si todo sale bien, terminan luego de la cena. Si queda un resto de energía, las cartas toman protagonismo acompañadas de risas, chistes y reproches por un resultado inesperado.