Presenta:

La Independencia como plaza, y como complemento directo de una mente liberada

La vida moderna y los límites que no siempre estamos en condiciones de resistir.
En la plaza confluyen miles de personas diariamente Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ
En la plaza confluyen miles de personas diariamente Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ

Ha sido una mala semana, o quizá un mal milenio; no lo tengo aún del todo claro. Hay quien jura que a medida que avanza el otoño se nos colapsa el cerebro, baja la energía del cuerpo y suben las presiones en donde sea que uno entregue su alma en días hábiles; todo indicaría que, en definitiva, la vida moderna nos está llevando a límites que no siempre estamos en condiciones de resistir.

Saliendo de otro imposible día laboral, llego a la parada de colectivos, que a cada segundo se llena más de gente; adultos terminando su jornada diaria y niños que vuelven de la escuela, se apretujan en micros multicolores que los depositarán muy probablemente en sus hogares, o a donde sea que sus pobres huesos pretendan dirigirse. Frente a mí, en la calle, observo transportes públicos variados que, a través de complejas maniobras ejecutadas concienzudamente por los choferes de los mismos, encierran a quien sea que tenga la osadía de cruzarse en sus caminos; grandes camionetas colaboran también con el colapso de la arteria, ocupando de a dos carriles mientras circulan a bajísima velocidad, como si fueran las auténticas dueñas del lugar. El tránsito colapsa en la eterna “hora pico” que dura aproximadamente desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, quizá con un ligero descanso siestero; justo sería que ese espacio de tiemplo dejara de ser llamado “hora pico” para pasar a ser considerado como un alto valle en el cual los habitantes de la ciudad abusamos de sus calles... En definitiva, mi cuerpo declara con su agotamiento que la urbe que lo cobija y le da sustento, absorbe sus energías en una cotidianeidad compleja de explicar para quien no la ha sufrido.

Casi sin pensarlo, abandono la parada antes de que llegue el colectivo que estaba esperando hasta hacía tan solo unos segundos atrás. Mis pies se retiran de la vereda, y se adentran en la plaza que, a mis espaldas, parece estar como llamándome, aunque el ruido del tránsito me había impedido escucharla. Cuatro manzanas de verdes varios y aguas surgentes y sugerentes, me enfrentan. Camino hasta el borde de la fuente que enfrenta a la peatonal; su acuosa presencia impide a los casuales transeúntes continuar en línea recta, si es que desde ese paseo pretenden atravesar la plaza rumbo a la zona de los restaurantes y las parrilladas. El hambre de los futuros comensales deberá esquivar los cursos de agua ascendente y seguir avanzando un par de cuadras más, cuesta arriba, si es que pretende ser saciado.

Me siento en un banco frente a la fuente mientras el agua fluye desde sus picos, subiendo a distintos niveles y generando al caer un sonido que, como un mantra, me relaja y me permite concentrar mis sentidos en todas y cada una de las personas que circulan por el lugar. Los chorros se elevan hasta una altura ligeramente inferior a la que utilizan unos pájaros para cruzar sobre mi cabeza, o quizá son las aves quienes ya los tienen medidos, por lo que les pasan a escasos centímetros por encima… cómo saberlo. Al otro lado de la fuente, hay tan solo una persona sentada en un banco similar al que yo ocupo. O al menos eso veo, siendo tal vez posible que haya más de una, situación que no es en lo más mínimo importante. Apoyo mi espalda sobre el respaldo del banco, intentando perder la mirada en el curso de agua que fluye frente a mí.

Los chorros suben, para luego caer y rebotar sobre el resto del líquido que ocupa la superficie de la fuente, lo que produce un sonido difícil de describir con palabras. El repique de agua contra agua genera un retumbe ligeramente agudo, que no es mucho, pero sí suficiente para bloquear mis otros sentidos; casi podría decir que me anula hasta la visión, que pierde su nitidez cotidiana para solo entregar a mi cerebro una nebulosa de grises. No hay olores ni dolores, gustos ni sustos. El sol no ha terminado aún de perderse tras los edificios, y mi mente piensa… en nada.

Escapan de mí, en ese momento, problemas y dilemas. Una brisa me despabila con su frescura, solo un instante, y el sonido del agua me envuelve otra vez. Intento pensar qué pequeños somos, qué vulnerables… y nada más.