Rincón literario

Una muda conversación sin sentido

Los personajes que atraviesan nuestras jornadas laborales y la sensación de estar en un loop permanente.

Pablo Gómez domingo, 23 de abril de 2023 · 09:03 hs
Una muda conversación sin sentido
Historias y rutinas de las jornadas laborales Foto: Pixabay

Echo lentamente la yerba en el mate, hasta llegar a la altura exacta en la que me gusta que esté. Una nueva mañana comienza en la oficina, y es para mí fundamental llegar a tomar al menos un par de sorbos antes de que llegue el zanguango, con su perorata insoportable. “Zanguango” es la palabra exacta para referirse al badulaque, aunque esta última es también una forma correcta de nombrar a semejante energúmeno, y ya van con esta última tres palabras hermosas para adjetivar mis pensamientos sobre ese ser humano.

Aunque ahora que me pongo a pensar en el tema, esas son palabras que usaba mi abuela, la del campo. Vaya uno a saber por qué me vienen en este momento a la memoria; pero en definitiva el dulce recuerdo ha logrado mejorar la mañana y permitirme, tras el primer sorbo de la verde infusión, recordar con ternura a aquellos fines de semana entre las plantaciones, jugando sin parar, ya que al descansar me sentía como usando incorrectamente el tiempo que me era necesario para divertirme, solo entre los árboles, sin nadie que me diera charla.

Por si aún no ha quedado claro, lo expreso formalmente: me molesta profundamente que me hablen, cuando no es específicamente necesario. No soporto la charla sin sentido, que solo tiene por objeto llenar el silencio con peroratas intrascendentes (“perorata” decía la Nona también, que bien pinta la mañana, con los recuerdos de la abuela).

Ahí viene el zanguango. Tarda en llegar hasta su escritorio, lamentablemente cercano al mío, porque va charlando con todas las personas con las que se cruza en el camino. El badulaque me saluda, y respondo moviendo la cabeza con una sonrisa falsa y diminuta, como invitándolo a seguir con su perorata en otra dirección, pero no: algo tiene que contarme. Y me habla, y no lo escucho, pero muevo la cabeza levemente, mientras lleno de vuelta el mate, que me sabe más amargo a cada trago. Alguien le hace una pregunta, y allá va el tipo. Gracias, eternamente gracias a esos seres de mi entorno que me lo sacan de encima, como quien prende una luz en la oscuridad y atrae a los mosquitos que antes nos estaban molestando a nosotros. Esas amorosas interrupciones de distintas personas de recónditos lugares de la oficina, no hacen más que darme remansos de tranquilidad, oasis de calma en un desierto inundado por miles y miles de palabras inútiles.

La jornada laboral pasa, y el día también; otras personas me hablan sin sentido a lo largo de las horas, pero al no estar obligatoriamente sentados a mi lado durante toda la mañana, es solo cuestión de ir dando las gracias y avanzar hasta que el silencio retorne, o al menos, que quede el ruido de la ciudad con sus colectivos acelerando y las frenadas intempestivas de automovilistas apurados… nada que me preocupe: no son sonidos de mentes ignorando la necesidad de dar un sentido a las palabras, así es que, por mí, que suene la urbe a mi alrededor, no tengo quejas al respecto.

Una nueva mañana me encuentra, arrastrando mis pies hacia la oficina. Preparo el mate, y antes de que pueda dar tan solo un trago, llega él. Y sin detenerse con su habitual charla frente a todas y cada una de las personas que lo cruzan en su camino, se sienta en su escritorio, y me mira, en silencio. Con gestos, y un hilito casi ininteligible de voz, intenta explicarme de su afonía, aunque a esta altura es ya más que evidente para mí. Dejo el mate a un lado, y lo observo. Intenta, al parecer, contarme que ha pasado frío y eso lo ha dejado en este estado, pero con mi mejor cara de zanguango le digo: -No te entiendo…

El pobre infeliz se desespera por expresarse, y acá, entre nosotros, me resulta necesario confesar que sus señas son bastante claras. Pero me es imposible hacérselo saber. A cada explicación, y a medida que su rostro se pone más y más rojo por el esfuerzo, yo lo miro, y aunque comprendo que lo ha agarrado la lluvia de anoche y que tuvo que caminar como dos kilómetros porque se le pasó el colectivo, simplemente lo miro, levanto los hombros, me rasco la barbilla con la mano y le repito: -No te entiendo…

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