Novela

La hormiga y el tigre, capítulo final

El último capítulo de la atrapante novela de Pablo Gómez, "La hormiga y el tigre".

Pablo R. Gómez domingo, 2 de abril de 2023 · 09:09 hs
La hormiga y el tigre, capítulo final

Por Pablo R. Gómez

Capítulo VII: La hormiga y el tigre

Luego del nacimiento de su primer hijo, y tras los primeros tiempos con el niño que les deparaba sorpresas, alegrías y emociones nuevas a diario, Eloísa Cárdenas y Rafael Marín fueron volviendo a la cotidianeidad; por suerte el campo en arrendamiento continuó dándoles de comer en el primer año del pequeño Rafaelito, pero mientras el niño recién estaba pasando del gateo a los golpes propios de los primeros pasos, y con la ayuda de una mala cosecha general en toda la región, el emprendimiento que los Marín-Cárdenas tenían con una familia amiga se vino a pique.

–Malas nuevas, Eloísa –le dijo Rafael a su esposa –aunque la verdad es que tan nuevas no son, aunque sí bastante malas.

La mujer dejó los quehaceres que estaba realizando en la humilde casa en la que continuaban desarrollando sus vidas, agarró en sus brazos al bebé con su año de vida recién cumplido en este nuevo invierno, y se sentó observando preocupada a su marido;

–Arranque Rafael, y no gaste tiempo en vueltas –reclamó la esposa a su marido –largue de una sola vez cual es el problema.

Rafael se sentó sobre unas mantas que había en el costado derecho de la habitación, y que con el paso de los años se había convertido en su lugar para estar cuando se encontraba en la casa; el recinto en el que estaban era el único cuarto que conformaba la vivienda, por lo que era a la vez cocina y dormitorio, entre otras cosas. En su esquina, y apoyado en la pared, el labriego resopló y empezó con el análisis solicitado:

–El problema es que como usted bien sabe, el campo que nos viene dando el sustento lo tenemos arrendado a “riesgo y aventura”, y en esta mala cosecha que acabamos de malvender el riesgo fue mayor de lo que aventurábamos; podemos llegar a pagar el arrendamiento que debemos y subsistir unos meses más, pero no nos alcanza para poder volver a trabajar en este año que estamos recién comenzando.

–Mierdas –respondió Eloísa, usando una palabra que rara vez se escuchaba de sus labios, que no estaban acostumbrados a utilizar ciertas expresiones, las que habitualmente silenciaba, y hasta ella misma se sorprendió de su expresión por lo que rápidamente tapó los oídos del niño como si sus palabras no hubieran ya ingresado a la mente del pequeño, que de todos modos y por suerte para él, nada entendía de lo que estaba pasando ni de lo que se decía.

La nueva crisis de subsistencia estaba haciendo pasar uno de los peores inviernos a la mayor parte de los habitantes del lugar, los que estaban tomando la más drástica de las decisiones para poder sobrevivir; se estaban yendo del pueblo rumbo a América, sin importar a cuál de los varios destinos que desde el otro lado del océano les ofrecían trabajo y hasta tierras para colonizar en algunos casos. En los primeros años del siglo XX estaban dejando el pueblo uno de cada diez habitantes, por lo que era natural ver a familias partirse, con algunos de sus miembros subidos a un carro o, aunque sea, a una mula prestada para partir rumbo a Málaga o a Cádiz, que eran los puertos más cercanos desde los cuales embarcar rumbo al nuevo mundo. Málaga quedaba bastante más cerca, casi a una tercera parte del camino que se debía recorrer para llegar hasta Cádiz; pero este último puerto, al encontrarse sobre el Atlántico y no sobre el Mediterráneo que bañaba las costas malagueñas, tenía muchos más barcos que zarpaban hacia el poniente, por lo que las chances de elegir un destino eran mayores allí.

Pero como el grueso de los campesinos ni siquiera pensaban en esa chance, estaban organizando bajar desde sus casas en las sierras alrededor del casco urbano hacia el centro para pedir algo de comida, no ya en carácter de limosna sino en forma de necesidad ineludible, y de obligación indeclinable de esas mismas autoridades que con sus acciones y omisiones los condenaban; era hora de que entregaran algo de lo tanto que venían acumulando a costa del lomo de los trabajadores. Estas definiciones pueden ser quizá discutibles en una charla filosófica sobre política y economía, pero se habían convertido en una urgencia que no reconocía los derechos de los demás ni las razones de una sociedad supuestamente civilizada; y así fue como los campesinos, desde distintos sectores del lugar, marcharon hacia el ayuntamiento a exigir comida.

El alcalde recibió a un pequeño grupo que pretendía representar a la gran cantidad de labriegos que ocupaban la plaza del lugar, pero las charlas y las explicaciones de la autoridad fueron en vano; no necesitaban explicaciones los trabajadores sino soluciones. Así, ante la falta de respuestas concretas de quien decía ser su representante, partieron rumbo a una panadería que se encontraba en las cercanías y, destruyendo el ingreso del salón, se llevaron todos los panificados que encontraron, los que devoraban mientras huían del lugar a sabiendas de lo complejo de su actitud; se habían transformado, de honestos trabajadores, en infractores de la ley. En la puerta del local y ya sin campesinos en los alrededores, sentados en el piso y llorando abrazados, los dueños de la que había sido una pequeña empresa hasta el día de la fecha lloraban desconsolados; el hilo nuevamente se cortaba por lo más delgado, y ahora esa pareja de trabajadores que a duras penas había logrado mantener a su panadería familiar en funcionamiento, estaba también en bancarrota.

Rafael no participó del evento, debido a que la desesperación aún no había llegado a su nueva y pequeña familia; y la solidaridad de la que estaba tan bien enseñado por sus padres estaba siendo acompañada en esta nueva etapa de su vida, por las necesidades que su pequeño bebé le traían en lo cotidiano. Pero al enterarse de lo ocurrido en el centro de la ciudad, se arrinconó en su esquina, y acurrucado en posición fetal lloró, como si fuera la primera vez que el ambiente en el que subsistía le daba un cimbronazo. Y si bien no era ni la primera ni la segunda paliza que le daba la vida, sí era la primera en la cual estaba a cargo de un pequeño.

–¿A usted le parece, Eloísa… –comentó Rafael a su esposa entre lágrimas –…que esto de ser padres nos aleje de lo que creemos, y no nos permita sumarnos solidariamente al pedido de nuestros vecinos?

La joven madre pensó un segundo y entregó su respuesta al marido mientras seguía revolviendo el guiso que les iba a servir de alimento en ese día:

–No sé la verdad qué me corresponde creer y qué no. No sé si está bien tener hijos o si debemos estar siempre disponibles para las necesidades de los demás; pero sí sé que ambas son compatibles solo en parte. En cierto momento debemos priorizar al pequeño que trajimos al mundo porque él tampoco puede defenderse solo. No creo que haya una respuesta correcta a la pregunta que usted me hace, Rafael, pero me parece que todos somos importantes para que la vida se siga desarrollando, y sé que cada decisión que uno toma es como un camino que se elige en una bifurcación; se deja de ir a un lugar para acceder a otros, y no tenemos ni cercanamente la capacidad de saber si alguno de esos caminos va al sitio correcto, porque al momento de decidir no vemos el destino. Solo hay que vivir, esposo mío, intentando ser buenas personas y colaborando con los demás dentro de lo que se pueda; y mientras más se pueda, mejor, que esa colaboración ajena fue la que nos mantuvo vivos cuando a usted lo apalearon en la noche posterior a aquellas elecciones, y eso es algo que nunca voy a olvidar.

Rafael escuchó a su esposa con la boca abierta como si fuera por entre sus labios, y no por sus oídos, por donde ingresaban semejantes definiciones de vida. A veces se supone, cometiendo un error de dimensiones catastróficas, que las personas humildes que no han tenido acceso a los altos grados de la educación formal pasan por sus vidas con conceptos simples en sus cabezas; pero lo cierto es que solo cada persona sabe qué es lo que está pasando por su mente a cada momento, y el hecho de que a veces no pueda ser expresado ni escrito, no implica que el concepto no está allí, y que no vaya a ser quizá dicho en el momento justo, en un tiempo de definiciones como el que los campesinos estaban atravesando por primera vez en pareja.

Por esos días, llegó al pueblo una noticia que parecía ser esperanzadora; a principios de marzo partiría desde Málaga un barco inglés con rumbo a las islas de Hawaii, ubicadas a la altura del trópico de Cáncer al igual que la isla de Cuba que Rafael conocía, pero sobre el océano Pacífico en vez del Atlántico que regaba las caribeñas costas cubanas. De todos modos, Hawaii y Cuba tenían más coincidencias de las que deberían haber correspondido; desde fines del siglo que acababa de terminar, ambos archipiélagos habían pasado a ser protectorados con ciertamente poca independencia de Estados Unidos, el nuevo y poderoso gran país del norte que ya empezaba a convertirse en la potencia mundial que dominaría al siglo XX.

Pero la noticia que llegaba a los oídos de los campesinos no era tan explícita, sino más bien todo lo contrario; se les ofrecía viaje gratis y trabajo en la cosecha de caña de azúcar, tareas que Rafael había visto desarrollar en su paso por el Caribe, por lo que comprendía la rudeza del trabajo y las complicaciones que el clima tropical aparejaba. De todos modos, la joven pareja tomó la necesaria decisión; partirían rumbo al Mediterráneo a embarcarse hacia el calor hawaiano a cosechar caña de azúcar, si es que eso podía llegar a depararle un mejor futuro al pequeño Rafael Marín Cárdenas, que mientras tanto y sin sospechar que de su porvenir se trataba la cosa, se entretenía llevándose a la boca cualquier objeto que estuviera a su alcance.

–Este niño no tiene problemas de comida –bromeó amargamente Rafael mientras le quitaba a su vástago una pequeña piedrita que estaba chupando –si aprendiéramos a alimentarnos de piedras, nos podríamos quedar a vivir aquí por siempre.

–No le dé más vueltas al asunto –dijo Eloísa como cerrando la charla –está decidido, nos vamos a cosechar caña de azúcar, o lo que sea que se coseche y por lo que tengan a bien pagarnos.

Aunque ellos ni tan siquiera lo imaginaban, el viaje desde España hasta Hawaii debía literalmente recorrer medio planeta; el canal de Panamá que tanto disminuyó los trayectos de navegación estaba aún en construcción, por lo que en el viaje hasta el Pacífico norte se recorrían alrededor de veinticinco mil kilómetros por mar, yendo hacia el sur la mitad del viaje hasta pasar por el tormentoso y frio cabo de Hornos al sur de Argentina, para virar luego con rumbo norte en la segunda mitad del viaje. Más de un mes y medio deberían estar los migrantes arriba de un barco, pasando en ese tiempo desde el invierno que aún reinaba en el puerto de salida hacia el calor tropical, para luego volver a sufrir el frío intenso del paso por el sur de Sudamérica, y con posterioridad, en pocos días, volverían a llegar hasta el clima tropical y caliente del puerto de Honolulu, su destino final.

Varias personas del pueblo, así como también del resto de la región, empezaron a organizar su partida para el mismo crucero, y una vez más como tantas se habían visto y tantas se verían a lo largo de los próximos años, se observaba a familias despedir a sus seres queridos con rumbo a la costa mediterránea, en la que abordarían al famoso barco que les prometía llevarlos a la felicidad. Eloísa y Rafael comentaron primero a sus padres su decisión, a quienes de todos modos no les tomó muy de sorpresa la cosa.

–Hace años que espero a que me venga a contar esta historia –respondió Crisanta resignada, entre lágrimas, sabiendo que luego de partir no volvería a ver a su hijo ni a su nieto nunca más en la vida –me alegro de que la decisión se haya demorado lo suficiente como para permitirme conocer a mi nieto Rafaelillo.

Estuvo a punto de cerrar la frase con un “vayan con dios”; pero lo cierto es que ni Crisanta ni su hijo eran de invocar mucho a quien, de todos modos, consideraban como su creador. No sentían la presencia cotidiana de ese dios en sus vidas, por lo que la mujer no creía entonces que fuera pertinente, aunque de todos modos era lo habitual, utilizar para cerrar una frase de ese tipo la expresión de mandar a los viajeros con la compañía de quien debería haber sido su guía.

–Madre, le dejaremos algunas pesetas que nos han quedado de la cosecha –dijo Rafael a su progenitora que, aunque apenas llevaba transcurrido algo más de medio siglo de vida, parecía como si toda la historia de la humanidad hubiera estado reposando sobre sus hombros –los padres de Eloísa la van a acompañar también, si fuera necesario.

–Vayan con dios –cerró finalmente Crisanta, ahora que la emoción le impedía pensar con claridad.

Ramón Cárdenas y María Ramírez, padres de su esposa, le habían jurado a Rafael que cuidarían de su buena madre hasta tanto ellos regresaran. Porque, aunque era altamente improbable, las partidas en general se realizaban con la esperanza de volver después de “hacerse la América”, expresión que pretendía declarar la necesidad de que, de una vez por todas, la hormiga matara al tigre y se realizara lo que parecía imposible; los hijos volverían con recursos económicos al pueblo, para poder compartir con sus padres y demás parientes la abundancia que les estaba siendo esquiva en su propia tierra. Nadie había regresado aún, a pesar de que desde hacía más de diez años los lugareños partían incesantemente al nuevo mundo, pero de todos modos la promesa al partir era siempre la misma.

Llegada la fecha señalada, y con el soporte logístico de un vecino que llevaba en su carro hasta Málaga a varios emigrantes además de trasladar a Eloísa con sus dos Rafaeles, la joven familia vio como el pueblo de sus vidas se perdía a sus espaldas, mientras las lágrimas les ocultaban los detalles; la primavera aún no llegaba, pero el clima ligeramente cálido acompañó a los viajeros hasta su primer destino, junto al Mediterráneo.

Málaga no era un buen recuerdo para Rafael. A pesar del cariño con el que lo habían tratado cuando llegó de regreso desde la guerra, allí era donde había dejado el cuerpo de su amigo José Sordo, por lo que no había forma de que viera a la ciudad con buenos ojos. Al llegar a la costa, la inmensidad del barco anclado frente a ellos los dejó perplejos; el vapor de más de ciento sesenta metros de largo, esperaba en el muelle mientras miles de personas lo abordaban.

En el puerto, Eloísa y Rafael vieron situaciones desesperantes, similares a las de un grupo de refugiados que intentaran escapar de una guerra. Una madre pedía desesperada por su hija de tan solo once años que al parecer había embarcado sola y pretendía abandonar en tierra a toda su familia; fue descubierta escondida por las autoridades del barco, quienes la devolvieron a su desconsolada progenitora. A metros del lugar, otra madre rogaba a algunos de los emigrantes que aceptaran a su bebé y se lo llevaran en busca de un futuro mejor que ella no podía ya darle; sus ruegos no fueron escuchados por los campesinos que a duras penas podían cargar con tan solo sus propias almas. Al borde del barco, y por una de las escaleras por la que miles de personas trataban de subir, los encargados de la migración bajaron a tierra a una mujer renga y a otra que estaba privada de la vista; no eran consideradas aptas para las tareas que se esperaba realizaran al llegar a destino, y no había humanidad que aceptara sus verdades de hambre y desesperación.

Rafael y Eloísa, junto al niño que contaba con tan solo algo más de un año de vida, se pusieron en la larga fila de ascenso. Nada llevaban además de sus almas, pues nada de todos modos tenían; luego de una larga espera, lograron finalmente subir a la nave que, aunque inglesa, estaba contratada por los norteamericanos, quienes pagaban por el viaje completo desde el gobierno de su país, pues pretendían que la presencia de hombres blancos superara en Hawaii a los asiáticos. Y al parecer, eso era lo que de ellos principalmente se esperaba. Una vez en el barco, Rafael Marín y su familia se ubicaron en unas literas que estaban ubicadas en un gran salón sin ningún tipo de ventilación, y sin ni tan siquiera las más mínimas comodidades. Desde el puerto llegaba el sonido, aunque cada vez más lejano, de los gritos de los integrantes de las centrales obreras de Málaga que protestaban contra el gobierno, ya que facilitaba la emigración de sus propios ciudadanos; echar a los pobres y que sean problema de otros, parecía ser la respuesta de la corona española ante el hambre de la ciudadanía.

Pero, aunque ya en el vapor, las condiciones no estaban siendo del todo aceptables; Rafael notó que, aunque ya no quedaban literas disponibles, la gente seguía ingresando como si nada. Algunos de los presentes se empezaron a impacientar con la situación y desde el barco, para calmar las aguas y habiendo ya pasado el mediodía, comenzaron a repartir un brebaje a modo de almuerzo, que no hizo más que encolerizar a una mayor cantidad de campesinos; lo que se consideraba que iba a ser una comida saludable no era otra cosa que una pócima escasa y saturada de picantes. Varios de los viajeros tiraron sus platos y se armó una trifulca interesante a pocas literas desde las que ocupaban Rafael y Eloísa, quien solo atinó a cubrir con su cuerpo al pequeño que rompió en llantos, como tantos otros niños del entorno. La situación se les fue de las manos a las autoridades del crucero, que atónitos observaban cómo los migrantes se peleaban fieramente entre ellos, quedando al final de la jornada varios heridos de gravedad.

–Me parece que esta no es la vida que pretendíamos para nuestro hijo, Eloísa –refunfuñó Rafael –nos volvemos al pueblo, que más vale malvivir que morir aquí encerrados.

–Estoy de acuerdo –respondió la esposa, tristemente desencantada con la experiencia que estaban viviendo.

La partida del vapor se suspendió por unos días, y junto a la joven familia desembarcaron más de mil personas, que de todos modos no cabían en el barco. Las autoridades portuarias llegaron a un acuerdo con la empresa para sumar cocineros españoles a la tripulación, y algunos veedores que deberían garantizar ciertas condiciones mínimas para los viajeros que aún continuaban en el crucero.

–Pero será posible –se lamentó Rafael –la hormiga perdió otra vez contra el tigre.

–Ya llegará, esposo mío –lo consoló Eloísa –ya llegará.

La pareja seguía aún en España y no eran los únicos del pueblo entre los desembarcados, ya que varios de sus conciudadanos se habían unido a los labriegos, que abandonaron el muelle para quedar varados en la ciudad. Por suerte para ellos, la solidaridad malagueña se hizo presente una vez más; alumnos de uno de los institutos de la ciudad organizaron un espectáculo con el que recaudaron fondos, para poder dar alimento a esos andaluces que, como ellos, seguían en tierra firme mientras el vapor finalmente zarpaba.

Al día siguiente, y como pudieron, los migrantes desencantados volvieron en grupo a su ciudad de origen; allí los esperaban la sorna y el sarcasmo de quienes se alegran con las desgracias ajenas, y la preocupación de las autoridades que creían haber solucionado su propio problema al reducir la población necesitada. Pero sobre todo y principalmente, los esperaba la alegría de Crisanta Rodríguez, Ramón Cárdenas y María Eloísa Ramírez quienes, al menos temporalmente, estaba recuperando a sus hijos y a su nieto.

Rafael volvió diariamente a buscar trabajo de jornalero, y circunstancialmente algo conseguía, aunque la fama de republicano no hacía más que complicarle la cotidianeidad; ante la opción, los dueños de los campos preferían a trabajadores que no estuvieran vinculados con la sociedad obrera. Se ahorraban así un problema que podría llegar a ser importante si es que el cacique del pueblo los identificaba como que les estaban dando el sustento a esas personas que ellos consideraban revoltosas. Pero como de vivir básicamente se trataba su vida, los días de todos modos fueron pasando, transformados en meses y hasta en años; el trabajo escaseaba, y además los labriegos tenían como competencia a los ex obreros de varias minas de hierro que se habían cerrado, después de tan solo menos de un lustro de producción. 

Por si esto fuera poco, y aunque aún no era tiempo de elecciones, Rafael estaba en la mira de uno de los caciques del lugar quien, convencido de que el campesino iba a volver a ser un problema en el futuro cercano, mandó preventivamente a los bravos al pueblo para solucionar de una vez y sin más trámite el tema.

–Una de estas noches nos cargaremos al mocito ese al que tanto le gusta andar votando a los republicanos –comentó uno de los bravos en el bar de abajo del pueblo, entonado quizá por el exceso de caña, y por la impunidad que le daba el ser parte del equipo del cacique del pueblo.

Rápidamente corrió por la villa la noticia de que los bravos estaban esperando la oportunidad para atacar a Rafael, por lo que los compañeros de lucha del muchacho, apenas enterados, le llevaron las malas nuevas al jornalero.

–Pero será posible… –fue la única respuesta que escucharon sus amigos de la boca del trabajador, quien con la cabeza baja ocultaba lágrimas de impotencia, ante lo que parecía ser un negro futuro, si es que algún color tendría su porvenir.

Además de que las posibilidades de conseguir trabajo eran de por sí cada vez más difíciles, en la mente del labriego maduraba lo que ya más que una idea lejana era una necesidad; debía emigrar con su familia a América, apenas fuera eso posible. Rafaelillo tenía ya cinco abriles para el tiempo en que Rafael padre contó a su esposa las novedades, así como la condena que pesaba sobre su cabeza:

–Ya el niño está grandecito Eloísa, y hay un barco que al parecer parte en unos días para Argentina, que estaría a mitad de camino del otro viaje que no logramos emprender… y si no nos vamos del pueblo a la brevedad, mi pescuezo va a sufrir las consecuencias de…

–Que así sea, Rafael ¬–contestó la mujer sin permitirle terminar la frase –vámonos a esa Argentina a ver de qué se trata; mientras tengamos trabajo o al menos no lo anden persiguiendo por las calles, estaremos ya mejorando.

Argentina era para Rafael una palabra que solo había escuchado cuando le dieron aquel fusil Mauser al embarcarlo a Cuba con su amigo José Sordo; sus rifles eran Mauser modelo argentino, y fue esa herramienta de batalla la que acompañó a los hermanos de armas durante todas las escaramuzas que libraron en la isla caribeña. No es que la referencia a un fusil sea buena, pero para el labriego era también el recuerdo de su amigo Pepillo, a quien siempre tenía en su memoria; así fue que, cuando se enteró de ese barco que partía hacia un lugar denominado Argentina, lo tomó como un aviso del destino.

Las condiciones del viaje eran bastante aceptables, más teniendo en cuenta la urgencia que aquejaba al labriego; el gobierno de ese lejano país fomentaba la inmigración europea y a veces pagaba el pasaje de los viajeros, a quienes hasta hacía pocos años también les habían ofrecido tierras en propiedad para cultivar. Los gobiernos argentinos al parecer pretendían sumar sangre europea a su país, aunque en realidad habrían preferido europeos más del norte, imitando las políticas migratorias de Estados Unidos; pero últimamente estaban aceptando a cualquier persona que quisiera trabajar, por lo que embarcaban migrantes en puertos de Europa sin mayores pretensiones que la buena conducta de los postulantes. La Constitución argentina potenciaba la inmigración, y la elite gobernante, que estaba por esos años terminando de exterminar a los pueblos originarios del país, pretendía reemplazarlos por europeos que, al parecer, serían más trabajadores y más civilizados; sin contar con el hecho de que, aunque no estaba escrito, serían también de tez más blanca que los trigueños nativos masacrados.

Pero no solo Eloísa, Rafael y el niño emigraban; en las tres primeras décadas de ese siglo XX, más de siete millones de personas se trasladarían a la Argentina principalmente desde Europa y el cercano Oriente. Ese gran movimiento migratorio mermó durante la Gran Guerra que fuera luego llamada Primera Guerra Mundial, y fue finalmente detenido cuando la crisis del veintinueve paralizó al mundo. Los primeros migrantes españoles a mediados del siglo XIX habían llegado al país sudamericano desde Galicia, razón por la cual el gentilicio de esa región de España terminó siendo aplicado a todos los originarios de esa nación, sin importar si en realidad eran vascos, andaluces o catalanes; en Argentina, para cuando Rafael y Eloísa pretendían viajar con su niño, a los españoles se les decía “gallegos”, y no en forma despectiva, sino más bien cariñosa y familiar. De similar manera, los italianos eran identificados como “tanos” aunque no fueran napolitanos; los árabes como “turcos” porque los primeros habían llegado al país huyendo desde el imperio otomano, aunque con los años principalmente arribarían desde Líbano y Siria, y a los judíos se les decía “rusos”, sin importar que llegaran desde más allá de los dominios del zar, y hasta en más de una ocasión, huyendo de la persecución de las tropas imperiales de ese país.

Los andaluces Eloísa Cárdenas y Rafael Marín, desconociendo el hecho de que si llegaban a cruzar el Atlántico se convertirían automáticamente en gallegos, prepararon esta vez unos pocos bártulos para que los acompañaran en su precipitado viaje hasta Argentina.

–¿Y sabe usted a qué pueblo de Argentina es que iremos? –preguntó Eloísa a su marido mientras seguía ordenando los pocos elementos que los acompañarían en el viaje.

–La verdad es que no –contestó Rafael con honestidad –pero mientras más se parezca al nuestro, me parece que sería mejor, no sé usted qué opina.

–Por supuesto, Rafa –dijo la joven esposa –si es que vamos a extrañar a nuestra gente que no podemos llevarnos, al menos trasladémonos con nuestro clima, dentro de lo posible.

Rafael y Eloísa aún no lo sabían, pero la legislación argentina permitía a los migrantes que llegaban al país dirigirse a cualquier lugar del interior de la república con pasajes a cargo del Estado, si es que elegían instalarse más allá de los límites de Buenos Aires, que era al puerto al que arribaban. Al llegar a destino en el lugar del interior del país seleccionado, tenían hasta diez días de alimentos y alojamiento pagos, a la espera de que en ese tiempo consiguieran finalmente un trabajo que les permitiera continuar adelante con sus vidas. Las opciones entre las que podrían optar al llegar incluían climas secos, o con lluvias permanentes; en cuanto a las temperaturas, las mismas eran casi tropicales en el norte del país, de clima templado en la zona centro, y con frío creciente mientras más al sur se dirigieran.

Además de los elementos que los acompañarían en el viaje que, atendiendo a la escasez y simpleza de los mismos, cumplían con la regla general que indicaba que los inmigrantes llegaban a América con una mano atrás y la otra adelante y nada más que sus esperanzas, la familia tenía la necesidad de contar con la documentación de identidad de todos sus miembros en regla, incluida la partida de nacimiento de Rafaelillo, legalizada por el Juez Municipal del lugar, que acreditara que el niño era hijo de Rafael y Eloísa; por suerte, y atendiendo a que desde hacía un buen tiempo estaban en búsqueda de una oportunidad para abandonar España, ya tenían solicitada, y en su poder, la documentación necesaria.

No había sido de todos modos lo que podría considerarse un simple trámite la obtención de esa partida de nacimiento del niño; la pareja de campesinos, que no sabía leer ni escribir, debió acudir a una oficina pública con dos testigos, donde un empleado, de mala gana, les entregó un papel con timbre formal del Estado y por el carísimo precio de una peseta, valor que equivalía casi a los ingresos obtenidos por Rafael en todo un día de trabajo. Ese papel manuscrito, casi ilegible por la velocidad con que el notario escribía lo que le iba dictando el señor juez, era la única documentación que poseían para certificar, en cualquier lugar del mundo al que accedieran, que Rafaelillo era su hijo. Sus propias actas de nacimiento tenían, de todos modos, la misma forma y la misma validez; pero ellos eran adultos y capaces de sobrevivir indocumentados si es que algo les ocurría a sus papeletas. Distinta sería la suerte del niño, si algún burócrata de ultramar se llegaba a emperrar en complicarles la vida. Pero ese era un problema hipotético que podría considerarse menor atendiendo a que, al parecer, tenían los papeles en regla; aunque la verdad es que, desde su desconocimiento formal de la escritura, bien podrían haberles dado un papel con unos poemas de Bécquer, que los buenos campesinos no habrían notado la diferencia.

Cuando aún faltaba bastante para el amanecer, y apurados para lograr salir del pueblo antes de que los bravos dieran con ellos, Eloísa y Rafael terminaron de acomodar sus pocas pertenencias en el carro que don Ramón Cárdenas había conseguido para esta vez sí, lograr acompañar a su familia hasta el mismísimo último metro de tierra de esa tierra que los había albergado durante todas sus vidas, de tal modo que les fuera posible estar con sus seres queridos aunque fuera tan solo un minuto más antes de que partieran, quizá para nunca más volver.

–Rafael, esta es nuestra última noche bajo el cielo del pueblo –dijo Eloísa a su esposo –capaz que cae alguna estrella y podemos pedir buenos deseos para nuestro incierto futuro.

Los campesinos miraban insistentemente al cielo, aunque esa noche ninguna estrella parecía estar dispuesta a dejar su lugar en el firmamento para “caer” y permitir a los labriegos pedir sus deseos.

–Pero será posible… –repitió una vez más el campesino –¿ni una estrella va a caer hoy desde este cielo, con todo lo que la necesitamos?

Eloísa sonrió tiernamente mientras abrazaba a su marido:

–La hormiga esta vez va a matar al tigre Rafa. Nos va a ir bien en este viaje, y no hay cielo que pueda impedirlo; somos gente de trabajo, y en algún lugar del mundo debe haber una oportunidad para nosotros, y le juro, esposo mío, que cuando llegue esa chance, no la vamos a dejar pasar. Bastante hambre hemos pasado ya en esta vida, como para pagar por todos los errores que hayamos cometido y también por los que estemos aún por cometer; así es que dejemos de buscar señales en el cielo, que la solución a nuestros problemas no nos va a venir de arriba, sino desde abajo, desde la tierra que usted labre con el sudor de su frente, y desde la que florecerá una vida mejor para nosotros y para todos esos hijos con los que usted me tiene amenazada.

–Qué lindo que me habla usted, Eloísa –alcanzó a decir el labriego ente lágrimas mientras abrazaba a su esposa –parece que no hay mal que dure cien años, pero con usted a mi lado soy capaz de esperar el tiempo que sea necesario.

La joven pareja lloraba abrazada, angustiada, y preocupada ciertamente por lo que podía depararles el futuro; pero la decisión estaba tomada y Andalucía perdería, en pocas horas, a tres más de entre tantos de sus hijos que bien podrían haberla hecho aún mucho más grande si otras hubieran sido las condiciones.

Don Cárdenas estaba ya en el sitio del conductor del carro y con toda la familia ya arriba, el hombre arengó a la mula, apuntándola hacia el camino de salida del pueblo, con Rafael sentado a su lado; tomaron la ruta hacia Málaga en silencio y sin despedirse de ninguno de sus amigos, para evitar que los bravos se anoticiaran de la partida. De todos modos, para los matones que estaban esperando alguna oportunidad que les permitiera atacar al labriego sin quedar en evidencia, que Rafael y su familia dejaran para siempre el pueblo quizá terminara por solucionarles el problema sin tener que mover ni un dedo; al irse, el campesino dejaba de estar participando en las elecciones del lugar, que era lo que ellos finalmente pretendían.

Entre tanto Eloísa, su madre María y su suegra Crisanta, jugaban con el niño en la cajuela del carro. Varias horas tardarían en llegar hasta el puerto, y fue la jornada en que más disfrutaron las abuelas de su nieto; ante la inminencia de la pérdida de sus seres queridos, el tiempo pareció detenerse y el viaje se hizo eternamente largo y maravilloso, ya que nadie quería arribar a la ciudad que finalmente los separaría. A media mañana la familia detuvo la marcha, y al borde del camino comieron unos ricos chacinados que le habían dado a don Cárdenas en el cortijo en donde trabajaba, como parte de pago del mes pasado.

 Al llegar la tarde, los campesinos ya estaban nuevamente en la Málaga que no los había dejado partir en la ocasión anterior. Ramón Cárdenas cargó el equipaje mientras Rafael y Eloísa se encargaron del papeleo que les permitiría subir al vapor, para llevarlos más allá del horizonte; el barco era un poco más chico que aquel en el que habían embarcado hacía tan solo unos años para luego desembarcar y volver a su pueblo, pero el entorno se veía mucho más ordenado y tranquilo que la vez anterior. Algunas mujeres solteras que embarcarían a la brevedad bailaban por los alrededores de pura felicidad, mientras un malagueño tocaba en su guitarra unos acordes que intentaban poner alegría en la jornada.

En una escalera bastante más ancha, que se desplegaba a un costado de la prefijada para que subieran los migrantes que viajarían en tercera, subían los pasajeros de primera y segunda clase; entre ellos, algunos españoles que ya habían logrado algún pequeño éxito en el país de destino, lo que les había permitido volver a su país de origen a buscar a sus parientes que habían quedado en casa cuando partieron por primera vez. Esa vista de los emigrantes que habían sido exitosos en América y habían vuelto a buscar a sus familias, era la que daba esperanzas a los cientos que subían por la angosta escalera de la tercera clase; pero, aunque nadie quería notarlo, siempre eran muchísimos más los que no lograban el éxito suficiente, por lo que mientras solo unos pocos volvían, miles eran los que simplemente, sin retorno, partirían.

–La tercera es la vencida, Málaga –se dijo Rafael a sí mismo, recordando sus dos visitas anteriores a esa la ciudad –te dejé en tu tierra a mi hermano Pepillo la primera vez que pisé tu suelo, y me fui de vuelta a mi pueblo, con la cola entre las patas, la segunda; pero en esta, me voy por mar, y a gusto.

La familia finalmente embarcó, y dejó sus pertenencias en las literas que les correspondían, según marcaba el pasaje que les habían otorgado; una vez acomodados y como el barco aún no zarpaba, se fueron a cubierta a tener una última vista no solo de su país, sino sobre todo y principalmente de sus buenos padres que con tanto amor los habían criado. Allí estaban ellos, llorando en tierra, mientras su descendencia partía hacia un futuro indefinido. El vapor finalmente hizo sonar sus sirenas, y empezó a dejar el puerto. La costa se observaba cada vez más distante, y las personas en tierra fueron disminuyendo de tamaño a la vista de los viajeros hasta simplemente desaparecer ante sus ojos. Algunas horas después, y ya con los campesinos echados en sus literas, el vapor dejaba el Mediterráneo y encaraba al sur, por el anchísimo océano Atlántico, cargando en su lomo miles de esperanzas.

Eloísa Cárdenas abrazó a su esposo; entre ambos campesinos, Rafaelillo se movía molesto, mientras intentaba conciliar el sueño. La mujer miró al hombre de su vida, y tiernamente le dijo:

–La hormiga mató al tigre, Rafael. Fue posible. Nos estamos yendo. Una nueva y mejor vida nos espera en ese lejano lugar; se la debemos a nuestros padres, a nuestros amigos, y a todos los que no han logrado tener ni tan siquiera un solo día de paz sobre la tierra. Tenemos que intentar ser felices por nosotros, por nuestros hijos, pero también por todos los que no lo lograrán. Tenemos una ardua tarea por delante, esposo mío.

El vapor avanzaba en la atlántica noche con rumbo sudoeste y con su proa apuntando al continente de las esperanzas, desconociendo todos los futuros que se soñaban entre sus pasajeros; las estrellas fugaces, inconscientemente, caían desde el negro cielo sin que nadie las observara. Lo que fuera que ocurriera en los años siguientes estaba aún sin escribirse, y de todos modos ningún deseo que se pidiera habría quizá cambiado lo que pasaría. Pero la esperanza guiaba las almas de los migrantes, y eso era lo importante; la esperanza no iba a ser lo último que perdieran, porque siempre estaría con ellos.

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